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ANÁLISIS

Una lluvia fina populista

El populismo arrecia a medida que la fecha de las elecciones europeas se aproxima

La líder alemana Angela Merkel durante una reunión de este miércoles en la Cancillería en Berlín. Ampliar foto
La líder alemana Angela Merkel durante una reunión de este miércoles en la Cancillería en Berlín. AFP

La lluvia fina populista arrecia a medida que la fecha de las elecciones europeas se aproxima. La marea antiinmigración también cala hondo incluso en Alemania, el país de los trabajadores invitados, los gastarbeiters, y en el que a diferencia de Francia u Holanda no hay un gran partido de extrema derecha. Los gobernantes alemanes han enviado un mensaje claro a aquellos europeos que estén pensando en abandonar sus países y asentarse en Alemania en busca de un futuro mejor. Solo podrán quedarse aquellos que consigan encontrar trabajo en un plazo de entre tres y seis meses. La inspiración viene de la mano de la CSU, el ala bávara y más conservadora del partido de la canciller Angela Merkel. Y la idea que subyace es el mantra que recorre Europa y que exige acabar con el “fraude” de los inmigrantes, considerados una suerte de parásitos que se nutren de los generosos subsidios de los Estados de bienestar de la rica Europa del norte.

Confundir la parte por el todo y convertir al conjunto de emigrantes europeos en defraudadores en potencia parece haberse convertido en la fórmula de moda entre buena parte de una clase política agarrotada por el auge populista. Nunca la palabra fraude había estado tan asociada a la inmigración, al margen de que haya, o más bien no haya, datos que refrenden los miedos que impregnan el discurso político.

La gran coalición de Gobierno alemana trata, al igual que otros Ejecutivos europeos, de alcanzar un complicado equilibrio. Por un lado, pretenden rentabilizar en las urnas las ansiedades de un electorado temeroso de los efectos de la debacle económica de algunos países de la UE y supuestamente deseoso de blindarse ante el que viene de fuera. Por otro, tratan de preservar y respetar la sacrosanta libre circulación de trabajadores, uno de los grandes pilares de la Unión, de la que en parte dependen sus economías. El resultado son una serie de contorsiones políticas y lingüísticas evidentes. El anuncio de este miércoles del Ministerio de Interior alemán resultó ser un buen ejemplo. Por un lado anunció que eliminaría subsidios para trabajadores europeos que no cotizaran y que no otorgarían la residencia a los que no encuentren trabajo. Por otro, el texto del informe establecía que “la inmigración europea es bienvenida en Alemania”.

Los suizos, que no pertenecen a la Unión, pero que mantienen una privilegiadísima relación de convivencia con el bloque europeo, se atrevieron el pasado febrero a golpe de referéndum a dinamitar la hasta hace poco venerada libre circulación de trabajadores europeos. Los adinerados suizos optaron por restringir con cuotas la entrada a su país de trabajadores de la UE. Sentían que en sus pueblos y ciudades había demasiados inmigrantes. Y como el reino de los sentimientos no acostumbra a obedecer a razones, lo sentían sobre todo aquellos que menos lo padecían, es decir, aquellos en cuyos cantones apenas trabajan inmigrantes.

A falta de referéndum, los políticos europeos hacen sus pinitos con la vista puesta en las temidas elecciones europeas, sin que de momento hayan surgido voces con fuerza suficiente para dar la vuelta al debate. Para proponer, por ejemplo, alternativas a la concentración de inmigrantes en ciertas ciudades, algo de lo que se quejó ayer el ministro alemán de Interior. O para reforzar infraestructuras y servicios saturadas por la llegada de trabajadores europeos. La única solución posible parece ser la de levantar barreras migratorias. Mientras Reino Unido airea todo tipo de medidas disuasorias para los aspirantes a inmigrantes, Francia se enfrenta a la Comisión por la repatriación de gitanos y Bélgica expulsa a los europeos que representen una “carga excesiva” para el sistema.

Dicen los analistas que las elecciones europeas están plagadas de interrogantes. Uno de ellos desde luego será ver si una vez contados los votos, amainará la tormenta o si por el contrario, el fortalecimiento de las fronteras nacionales pasa a formar parte del ADN de los grandes partidos europeos.

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