Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Las víctimas de La Bestia exigen ayudas al Gobierno de México

Una asociación de emigrantes hondureños discapacitados llega al DF para ver a Peña Nieto

Buscan ayuda económica y la creación de una visa humanitaria para poder cruzar el país

Ver fotogalería
José Luis Hernández (28 años), presidente de la AMIREDIS (Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad).

Norman Saúl Varela intentó llegar de Honduras a Estados Unidos hasta tres veces en el año 2005. La última perdió una pierna al ser arrollado por La Bestia, el infernal tren de carga que recorre México desde Chiapas o Tabasco (sur) hasta el norte del país. Este hombre, vicepresidente y portavoz de la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (Amiredis) dice tener 42 años, pero su aspecto refleja al menos 20 más. La gorra naranja tapa buena parte de un cabello aclarado por el paso del tiempo y los disgustos. El vocero explica que la asociación, sin dinero, ha viajado hasta la capital de México para pedir apoyo al Gobierno mexicano. Han venido 15 pero en todo el país hay 432 personas mutiladas que forman parte de Amiredis. “Queremos ver al presidente Enrique Peña Nieto para que nos ayude a sensibilizar a nuestras autoridades, así como obtener alguna compensación por lo que nos ocurrió”.

Entre las propuestas del grupo se encuentra la creación de una “visa humanitaria”. El permiso, de unos 30 días, serviría para el libre paso de los emigrantes por México durante ese periodo. “No nos iremos hasta ver al presidente”, asegura Varela. La organización ya se reunió este viernes con la subsecretaria de Gobernación, Paloma Guillén, pero quieren ser recibidos por el máximo mandatario.

Cada hora 12 hondureños cruzan la frontera de su país para alcanzar el sueño americano. En la actualidad hay 500 emigrantes desaparecidos y tan solo en lo que va de año, 9.162 personas han sido deportadas antes de llegar a su destino. “Pretendemos que las autoridades entiendan esta tragedia humanitaria” Norman lleva veinte años casado y tiene cuatro hijos. El mayor de 17 y la pequeña de diez. “No tengo casa en propiedad”, dice. “Emigré para que los niños estudiaran, para poder pagar su educación y comprar un solar donde construir mi hogar”. Sin embargo, el 29 de octubre de 2005, La Bestia se lo llevó todo. “Había estado viajando durante 16 días y el tren se detuvo durante más de hora y media en la estación de Villahermosa. Llegó la migra –policía de migración- y todos empezaron a correr. Yo también, pero solo se me ocurría pasar por debajo del vagón, porque estaba parado. En ese momento arrancó la máquina llevándose mis sueños, mi fortaleza y mi futuro”. Norman Varela estuvo en varios hospitales hasta que lo trasladaron “como a un animal” a un lugar donde lo tuvieron semanas antes de deportarlo. “Me soltaron en la frontera, pero nadie me dio muletas y en el Consulado no quisieron ayudarme. Estuve en la calle pidiendo durante cuatro días”. En este momento Norman se detiene, porque aún le duele su propia historia.

-Sin muletas, ¿cómo podía trasladarse?

-Arrastrándome, como culebra. Solo pensaba en suicidarme.

Un amigo lo encontró y le prestó ayuda, por lo que finalmente logró regresar a casa. La ciudad donde vive –él y los 14 que lo acompañan en el viaje- se llama El Progreso porque en su día experimentó un crecimiento demográfico e industrial muy rápido. Pero las oportunidades, hoy, no son iguales para todos. “No tenemos dinero y es muy difícil conseguir el pan en estas condiciones”. Cuando se le pregunta a Norman por su experiencia en el tren es muy claro: “Cuando uno lo ve y se monta, es una alegría porque sabe que va caminando hacia delante, pero no imagina lo que viene: saltar del tren obligado, esconderse en el monte, infectarse de garrapatas, ensuciarse y espinarse”. Las bandas criminales y también las autoridades, asegura, roban a los emigrantes. “Recuerdo un día, en una estación antes de llegar a Lechería, donde los policías municipales nos asaltaron a mí y a dos mujeres más. Yo llevaba una mochila con dos bolsas de tortillas que me habían regalado, agua, un suéter, mi pasta de dientes, mi cepillo, dos calzoncillos y 35 pesos. Me lo quitaron todo y me rociaron con un líquido en los ojos. ‘¡Échate agua, pendejo, con eso se te quita, para que no vuelvas a cruzar!’, gritaron antes de huir. En aquel lugar esperamos dos días más hasta que pasó otro tren y nos volvimos a subir”. Además de la pierna, en aquel viaje, Norman perdió la dignidad.

Tan solo en El Progreso, Amiredis tiene un total de 43 asociados, 11 de ellos mujeres. “El 80% de las hondureñas que llegan a México son violadas por más de un hombre”, asegura su presidente, José Luis Hernández. “Hemos venido hasta aquí para que Peña Nieto nos escuche. Es muy importante para nosotros, necesitamos que algo cambie”. Este joven de hermosos rasgos y cabello oscuro se fue de Honduras con 18 años para tratar de probar suerte en EE UU. Le gustaba el fútbol y tocar la guitarra. El tren le cortó una pierna, un brazo y tres dedos de una mano. El adiós a la música. “Llevaba veinte días en el tren y ya había llegado hasta el norte, Chihuahua. Cerca de Juárez me desmayé y me caí. Fue por el hambre y el cansancio, había corrido mucho para escapar de la policía”. La Cruz Roja lo llevó al hospital y permaneció ingresado recuperándose dos años. Después salió de México y volvió a casa de sus padres. Hoy José Luis tiene 28 años y una cicatriz que recorre su antebrazo izquierdo. “En realidad hay varias como esa”, dice levantando la playera para mostrar otra junto al ombligo. “Para ganar dinero canto música religiosa y doy charlas como presidente de la asociación”.

-¿Se puede creer en Dios después de una experiencia tan dura?

-Sí. Dios crea un destino para cada ser humano. Si uno lo sigue, no le va a pasar nada. Yo no seguí el mío.