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Salazar, el dictador sin huella

Al cumplirse 44 años de su muerte, la figura del portugués no provoca entre sus compatriotas la animadversión que han generado otros déspotas

António de Oliveira Salazar, en 1958.
António de Oliveira Salazar, en 1958. Getty

Hace unos años, la televisión pública portuguesa RTP, al igual que antes habían hecho BBC en Reino Unido y RTF en Francia, buscó al personaje nacional más popular de todos los tiempos. Los británicos se inclinaron por Churchill; los franceses por De Gaulle, en el caso de Portugal no hubo rival. Ni Vasco de Gama ni la fadista Amalia Rodrigues ni siquiera el futbolista Cristiano Ronaldo. El portugués universal por amplísimo margen de votos era el dictador António de Oliveira Salazar.

Este domingo se cumplen 44 años de su muerte, provocada al caerse de una silla, un infortunio tan insulso como la huella que dejó en la memoria de sus ciudadanos, entre quienes no levanta pasiones, ni en un sentido ni en otro. “Si comparamos con España, efectivamente Portugal no tiene Píos Moas ni una derecha antisistema”, explica Filipe Ribeiro de Meneses, biógrafo del dictador. “No hay un antagonismo cerval ni en la calle ni en el mundo académico”.

La ausencia de odios no significa desinterés. El austero dictador, solterón y casero, conserva su tirón como lo prueba que el semanario Expresso reparta durante todo el verano su biografía en fascículos.

Aparte de una hagiografía del ministro Franco Nogueira, hasta 2010 no se había publicado monográfico alguno sobre la vida de Salazar. La obra de Ribeiro de Meneses, profesor de la Universidad de Dublín, tuvo una buena acogida entonces (13.000 ejemplares vendidos a unos 35 euros).

Contemporáneo de los tiranos Mussolini, Hitler y Franco, Salazar (1889-1970) gobernó Portugal de 1932 a 1968, aunque cuatro años antes ya dirigía con mano de hierro el Ministerio de Economía. “Ciertamente si la comparación de la opinión pública es respecto a España o Alemania, Salazar juega a favor”, dice Ribeiro de Meneses. “Aquí no hubo guerra civil, no conquistó el poder como Franco. Hubo represión, sí; pero no dividió al país ni a sus familias con muertos de uno y otro lado”.

El 41% de todos los votos emitidos en aquel programa televisivo de 2007, vísperas de la gran crisis, fueron para Salazar. “José Saramago se quedó patidifuso”, recuerda su viuda Pilar del Río, directora de la fundación del escritor en Lisboa. “Pero entendió que ser el más popular no era necesariamente bueno. Había gobernado casi medio siglo, normal que influyera en la vida de muchas generaciones”.

Al autor de Levantado del suelo y El año de la muerte de Ricardo Reis, novelas donde describe la crueldad del régimen, le chocaron al llegar a España los libros de texto. “Me preguntaba cómo habíamos sobrevivido a esa doctrina del nacional-catolicismo”, recuerda Del Río. “Salazar siempre tuvo clarísima la separación de la Iglesia. No hubo Santa Cruzada en Portugal... existía el divorcio... y eso se sigue notando”.

Entre dictadores, parece —según Paul Preston— que Franco tenía cierta admiración por Salazar, nada correspondida. “Para Franco, Salazar era demasiado modesto, de una simplicidad exagerada; y Salazar siempre vio con recelo al español, sobre todo durante la II Guerra Mundial por una posible entrada en el conflicto, lo que arrastraría a Portugal".

Salazar era un economista graduado en la universidad con 19 puntos sobre 20. “Se pasaba el día y la noche trabajando, conocía toda la maquinaria diplomática; él personalmente otorgaba los permisos de navegación a los británicos durante la guerra. Las vacaciones eran de días y en su pueblo natal [Vimeiro, donde está enterrado]”. Nada de yates ni salmones pescando su caña. A la hora de cesar a un ministro, enviaba una pluma.

En otro estudio de la Fundación Gulbenkian y del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, el 51% de los encuestados señaló que lo más importante de la historia del país había sido la Revolución del 25 de abril de 1974; muy por delante del golpe del 5 de octubre de 1910 (fin de la monarquía), con el 11%; la entrada en la Unión Europea (6%) o la independencia de España (5%). Pese a la mayor rigurosidad del estudio, resulta igual de chocante que 40 años de dictadura no dejen rastro.

En el centro del eximperio, la plaza del Comercio de Lisboa, discuten (mejor, debaten) de Salazar el empresario Paulo y el joven autónomo João. Ya solo los matices de ambos son un choque radical respecto a otros dictadores. “Yo nací con la Revolución del 25 de Abril”, dice João. “Estoy con la Revolución, pero veo que no resolvió todos los problemas”. “La Revolución nos trajo la Coca-cola”, recuerda Paolo, en la cincuentena, para subrayar la complejidad del personaje. “Una vez condenada su dictadura, hay que decir que Salazar era un intelectual. Sus discursos son muy interesantes. Nació pobre y murió pobre, que es algo muy portugués. Estaba en contra del consumismo, por eso prohibió la Coca-cola, pero no era antiyanqui pues Portugal fue miembro fundador de la OTAN”.

A su muerte, nadie enarboló el salazarismo. Su herencia ideológica es tan pírrica como la económica. “En los años treinta”, recuerda Ribeiro, “el Diario de la Mañana empleó la palabra salazarismo, y el dictador llamó para que se prohibiera la expresión". Él era anticomunista, republicano, y nacionalista, un nacional-pesimista. “No tiene gran confianza en el talento de los portugueses ni del mundo en general. Su idea era que los ciudadanos fueran cada día a trabajar y que por la noche regresaran con sus familias. La responsabilidad de las grandes decisiones la asumía él”.

Quizás es el personaje, más que su ideología, lo que habla de su singularidad. Su relación con las mujeres, la importancia de su ama de llaves, las gallinas empollando en medio de la residencia presidencial...

“Su arrogancia intelectual y orgullo le impidieron ver que estaba llevando a Portugal por un camino que cada vez le alejaba más del resto del mundo, sobre todo después del 45”, dice su biógrafo. La Guerra Fría le permitió alargar su régimen sin reformas, sin concesiones y con el imperio colonial; pero no encaró la transformación”.

La reciente crisis económica, la llegada de la troika (con lo que significó de pérdida de soberanía nacional), los recortes salariales, la dos intervenciones del FMI desde la Revolución del 25 de Abril, han hecho rememorar a los portugueses que eso, con Salazar, no habría ocurrido. Se encontró el país en bancarrota y cuadró las cuentas, algo inédito en la historia de Portugal. Para sorpresa de Estados Unidos, Salazar se empeñó en devolver el dinero del Plan Marshall. Fue el único país que lo hizo.

Ribeiro de Meneses no le excusa.“Se recordará de él que impidió el desarrollo económico y cultural del país. En los sesenta, en pleno avance de su vecina España, pronunció una frase lapidaria: 'El pueblo que no tenga miedo a la pobreza será imbatible'. Su herencia fue un país subdesarrollado con el mayor analfabetismo de Europa. El precio que se pagó por tener tranquilidad política fue altísimo”.

Ni Salazar confiaba en que quedara algo de sus 40 años de gobierno, como recoge Nogueira en sus diarios. Pensaba que había trabajado mucho, pero en demasiadas pequeñas cosas. Este pesimista compulsivo depositaba sus esperanzas de recuerdo en el puente rojo sobre el Tajo, el puente de Salazar. El mismo al que hoy se le conoce como el del 25 de Abril.