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La OTAN busca misión

La cumbre de la Alianza debate esta semana su nuevo papel entre amenazas múltiples y presupuestos menguantes

Infantería de la fragata Cristóbal Colón, buque insignia de la OTAN contra la piratería.

El personal de la OTAN dispone de dos ordenadores para realizar su trabajo. Uno de ellos es convencional, para gestionar lo que la mayor organización político-militar del mundo denomina información no clasificada. Un cartel pegado a esos aparatos advierte de que su contenido no está protegido por el secreto de la OTAN. El otro ordenador es más delicado: sin conexión a Internet, alberga una red propia por la que circula información secreta de operaciones atlánticas. La doble herramienta de trabajo es solo una de las múltiples peculiaridades que encierra la sede central de la Alianza Atlántica en Bruselas, un edificio concebido en 1967 como emplazamiento provisional y que solo ahora, en 2016, será sustituido por una nueva sede. El del cuartel general no es el único cambio que deberá afrontar la organización en los próximos meses. El fin de la misión en Afganistán, la mayor desplegada nunca por la OTAN, la vuelta de Rusia como adversario y nuevas amenazas como el yihadismo obligan a redefinir el papel de esta organización para el siglo XXI.

La seguridad es la principal seña de identidad en el mastodóntico complejo de la OTAN, con reglas cercanas a lo novelesco: las reuniones de los altos mandos políticos y militares de la organización se celebran en una planta noble del edificio, en salas sin luz natural ni móviles (ni siquiera apagados) para preservar al máximo la confidencialidad de las conversaciones. Y al final del día nadie puede dejar papeles sobre la mesa; deben quedar guardados bajo llave. Pero más allá de mantener el sigilo, la organización deberá idear nuevos métodos para vencer en los nuevos conflictos, alejados de las guerras clásicas para las que se preparó la OTAN.

Barack Obama pedirá a sus aliados apoyo a los bombardeos sobre Irak, un avispero en el que la OTAN recela intervenir

Uno de esos retos que la organización se resiste a aceptar es la convulsión en Oriente Próximo, con el yihadismo como la mayor amenaza tanto para la región como para Occidente. Los jefes de Estado o de Gobierno de los 28 países aliados deberán tratar los problemas de Irak, Siria y Libia en una cena el próximo 4 de septiembre, primera jornada de la cumbre que celebrará la Alianza Atlántica en Cardiff (Gales). En ese encuentro, el presidente estadounidense, Barack Obama, se dispone a pedir apoyo —político y puede que más práctico— a los bombardeos sobre Irak, un avispero en el que la OTAN recela intervenir, según fuentes diplomáticas.

Los aliados darán a Obama ese respaldo político, aunque resulta poco probable que, más allá de la colaboración de algún socio, la Alianza Atlántica se implique militarmente. La intervención en Libia en 2011 —país ahora sumido en el caos— ha dejado pocas ganas de volver a aproximarse a la zona, una actitud evidente desde el inicio de la guerra en Siria, donde la organización rehusó involucrarse.

Más interés tendrán los aliados en hablar de la confrontación con Rusia. Aunque esta crisis represente una vuelta a los orígenes de la organización, fundada en 1949 para proteger a Occidente del entonces bloque comunista, la pugna por Ucrania también fuerza a renovar las estrategias. “Ya no va a haber guerras clásicas, con columnas de tanques que van de una ciudad a otra. Son guerras híbridas, que incluyen ciberataques, grupos insurgentes con estructura militar, pero que no son ejércitos… En Ucrania resulta evidente que hay una guerra de propaganda”, argumenta una fuente aliada. Para todos esos retos, que la organización abordará la próxima semana en Cardiff, los recursos de los presupuestos militares son menguantes, una carencia que estará también presente en esas discusiones.

Tras muchos años centrada en misiones ajenas a sus fronteras (Kosovo, Afganistán, Libia...), la pugna con Rusia ha reavivado a un órgano cuyo papel genera dudas una vez acabada la Guerra Fría. Pero sus miembros son conscientes de que Moscú no es la única —ni probablemente la mayor— amenaza para la seguridad global. “Hoy tenemos un entorno de amenaza múltiple. Es ilusorio pensar que resolviendo un problema se resuelven los demás. Tenemos que equilibrar nuestros esfuerzos, desarrollar más la solidaridad entre los miembros. En el pasado los europeos solían mirar hacia Estados Unidos para ver qué pasos daba. Pero la crisis de Ucrania ha sido una llamada de atención para Europa. Tenemos que desarrollar un mayor sentido de disuasión, no tanto el llamado poder blando que se ha ejercido hasta ahora”, expone Jamie Shea, uno de los asesores del secretario general de la OTAN para los desafíos de seguridad.

La relevancia de Ucrania en la cumbre del 4 y 5 de septiembre quedará reflejada en el invitado de excepción que tendrán los jefes de Estado y de Gobierno: el presidente ucranio, Petró Poroshenko. Los líderes le ofrecerán una mayor cooperación financiera y de asesoramiento para sus fuerzas armadas, sin vulnerar el compromiso de no suministrar armas a ese país.

Ese acercamiento a Kiev va parejo al alejamiento de Moscú. Uno de los asuntos principales que tendrán que decidir los mandatarios aliados será la relación que quieren tener a partir de ahora con Rusia. Tras la caída del muro de Berlín, la OTAN desarrolló una política de acercamiento a Moscú, que en 1997 se convirtió en socio clave de la organización, con estatus especial. La frustración de quienes han visto evaporarse todo este trabajo con la crisis ucrania resulta evidente. “Nos hemos esforzado tanto en atraerlos hacia nuestra visión del mundo y habíamos avanzado tanto…, todo se ha ido ahora por la ventana. Teníamos una relación única con Rusia que nunca más recuperaremos”, lamenta una fuente de la OTAN implicada en la cooperación con Moscú.

Teníamos una relación única con Rusia que nunca más recuperaremos”, lamenta un miembro de la OTAN

Aunque es muy improbable que los Estados aliados decidan en Cardiff suspender el consejo bilateral que mantienen con Rusia, la organización admite que ese diálogo es ahora inexistente. “Estos días se dice que todas las decisiones están ya tomadas excepto las relativas a Rusia, lo que indica que es el asunto más candente de la cumbre. Habrá que encontrar un equilibrio para condenar duramente la actitud rusa sin romper las relaciones institucionales”, sugiere Claudia Major, investigadora del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP por sus siglas en alemán).

Lo que sí prosperará será el refuerzo de la presencia atlántica en el Este de Europa, una idea controvertida porque bordea los acuerdos firmados con Rusia en 1997, que excluían las bases permanentes en los antiguos países comunistas. Para incrementar el peso sin violar esos compromisos, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, ha sugerido esta semana a varios diarios, entre ellos a EL PAÍS, el establecimiento de tropas semipermanentes —es decir, despliegues rotatorios para realizar maniobras— que den mayor seguridad al flanco oriental. Algunos de los países que sufrieron la dominación de Moscú sienten ahora su amenaza tras el apoyo que el presidente ruso, Vladímir Putin, ha prestado a la rebelión en las regiones rusófonas de Ucrania.

Con todos estos desafíos sobre la mesa, los dirigentes de la Alianza Atlántica son conscientes de que mantener la credibilidad de la organización requiere invertir en defensa. La mayoría de miembros de la OTAN nunca han cumplido el compromiso de destinar el 2% del producto interior bruto (PIB) a gastos militares, una meta que se ha alejado aún más con la crisis económica. Solo Estados Unidos, que duplica ese objetivo, Reino Unido, Grecia y Estonia superan el nivel. La cumbre intentará fijar metas y ligarlas al crecimiento económico de cada país, aunque será difícil que los países asuman compromisos estrictos en tiempos de austeridad. Más allá de la cuantía de la inversión, los expertos de la Alianza piden un gasto de calidad: que al menos el 20% se destine a equipos y tecnología, frente a salarios y pensiones. Solo Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Turquía superan esa meta.

“La OTAN es como un seguro de vida: ojalá nunca haya que utilizarlo, pero hay que tenerlo. Su sentido es la disuasión. El problema es que ha perdido mucha credibilidad por la caída en las inversiones militares. Esta discusión es fundamental. Y si no se pacta llegar al 2% de gasto, al menos se debería acordar que no bajara del 1%”, sugiere Borja Lasheras, del European Council on Foreign Relations, una casa de análisis europea. Ian Anthony, director del instituto de estudios para la paz Sipri, con sede en Estocolmo, se muestra aún más escéptico: “Ese objetivo lo han señalado muchas veces y nunca lo han cumplido. En la práctica, sería más creíble que decidieran al menos no recortar más el presupuesto de defensa”.

Los datos son inequívocos. Aunque Estados Unidos en solitario tiene menos riqueza que los otros 27 miembros de la Alianza juntos, su gasto en defensa representa el 73% del total. Y de la inversión de esos 27 Estados, la mitad la aportan apenas tres países: Francia, Alemania y Reino Unido. Washington cree que ha llegado el momento de acabar con esa supremacía estadounidense y presiona fuertemente para que otros Estados asuman su responsabilidad.

El elemento que más claramente marcará el cambio de era en la OTAN será el fin de la misión de Afganistán, que culmina en diciembre de este año, sin que esté claro aún el contingente de la Alianza que permanecerá en ese país para garantizar una transición armoniosa hacia un nuevo mando militar, enteramente afgano. La intención es mantener una misión de dos años, pero todo debe pactarse con los nuevos gobernantes afganos, aún por designar tras las elecciones presidenciales del pasado junio.

La gran operación de combate en Afganistán, un contingente de 44.000 soldados desplegados por 48 países, quedará como principal legado de Rasmussen, que dirige la organización desde 2009 y dará el relevo al noruego Jens Stoltenberg en octubre. Con la cita de Cardiff, su última cumbre, Rasmussen cerrará un ciclo que comenzó con un discurso de acercamiento a Putin y termina con palabras gruesas hacia un dirigente que, en su opinión, “ha dejado de considerar a la OTAN un aliado”.

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