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Berlín prohíbe exhumar a Lenin

El Gobierno regional deniega el permiso para desenterrar una estatua del líder comunista

La estatua gigante de 19 metros de Lenin preside la protesta organizada contra la guerra de Vietnam en Berlín en 1972.

La gran fiesta popular que tuvo lugar el 19 de abril de 1970, en la plaza de Lenin ubicada en el barrio de Köpenick, en Berlín Este, reunió a más de 200.000 personas, entre las que estaba toda la plana mayor de la nomenclatura comunista. Asistían a un acontecimiento histórico que debía realzar la eterna amistad entre la Unión Soviética y la República Democrática Alemania (RDA): la inauguración de una estatua de Vladímir llich Uliánov, Lenin, de 19 metros de altura y tallada en granito rojo. “La plaza y el monumento son un testimonio del amor y el respeto que siente la clase trabajadora por Lenin”, clamó ese día Walter Ulbricht, el jefe de Estado de la RDA.

Pero la historia le tenía reservado un destino diferente al coloso de granito, al igual que al socialismo que imperó durante 40 años en el territorio germano oriental. Tras la caída del muro de Berlín, la RDA desapareció como país el 3 de octubre de 1990. La estatua de Lenin aguantó solo un año más en pie. Su demolición fue laboriosa. Se emplearon tres meses de trabajos para cortarla en 129 trozos que fueron enterrados en un bosque en las afueras de Berlín, donde aún yacen cubiertos de maleza y tierra.

Hace cinco años, Andrea Thiessen, la responsable de la oficina de Cultura del Ayuntamiento de Spandau, se propuso remover la historia. Quiso convertir la histórica Ciudadela, una fortaleza militar construida en el siglo XVI, en un exclusivo centro histórico y cultural que albergara más de un centenar de monumentos y estatuas que han marcado la vida cotidiana de Berlín en los últimos dos siglos. La exposición tiene fecha —primavera— y título —Desvelados, Berlín y sus monumentos—, pero le falta una pieza fundamental, la estatua de Lenin, a la que el miedo institucional a remover el pasado quiere mantener bajo tierra.

Su demolición fue laboriosa. Se emplearon tres meses para cortarla en 129 trozos que fueron enterrados en un bosque en las afueras de Berlín

“Cuando confeccionamos una lista de los objetos que debían ser expuestos, pensamos de inmediato en la cabeza de Lenin para documentar la importancia política que tenían los monumentos construidos en la RDA y también el destino que tuvieron después de la unificación”, justifica Thiessen.

La directora escribió en marzo una carta a las autoridades responsables de Berlín pidiendo permiso para realizar un estudio geofísico de la “tumba” de Lenin a fin de localizar la ubicación de la cabeza. Para su sorpresa, la respuesta fue negativa, por lo que recurrió al ministro Michael Müller (SPD, socialdemócrata), que dirige el departamento de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente del Gobierno de Berlín, para pedir una explicación. Andrea Thiessen leyó con estupor la respuesta que le llegó a mediados de agosto. “Nos comunicaron que no había dinero suficiente para desenterrar la cabeza y que tampoco sabían dónde estaba enterrada. El tercer argumento fue aún peor. Nos dijeron que todas las piezas enterradas debían permanecer juntas”, relata.

“Fue, por decir algo, una decisión política, porque aún es demasiado pronto para mostrar esa cabeza al público. Las nuevas generaciones no están preparadas para confrontarse con lo que representaba Lenin”, justifica Petra Rohland, una alta funcionaria del Departamento de Desarrollo Urbano, al respaldar la decisión de no autorizar la exhumación de la cabeza. “Las autoridades españolas harían lo mismo con los monumentos construidos durante la dictadura de Franco”, añadió.

Traslado de la cabeza de la gran estatua de Lenin, en noviembre de 1991.

La decisión de no desenterrar la cabeza provocó una rara muestra de solidaridad de la prensa local, que criticó con ironía la decisión oficial del Gobierno, y causó irritación en las filas del partido La Izquierda. “En el Gobierno, al parecer, existe temor de que la excavación de la cabeza de Lenin podría revivir el comunismo en Berlín”, escribió el periódico Berliner Zeitung. “Por eso creen que es mejor que el líder comunista permanezca bajo tierra”.

“El Gobierno de Berlín le tiene pavor a Lenin, porque era un revolucionario y, peor aún, ruso”, dijo Wolfgang Brauer, portavoz para asuntos culturales del grupo de La Izquierda en el Parlamento regional de Berlín. “Le tienen miedo a las ideas revolucionarias de Lenin, como el diablo le tiene miedo al agua bendita”. “El monumento de Lenin pertenece a la historia de la RDA y la historia de la RDA es parte de la historia de Alemania”, recalca el líder de ese grupo, Gregor Gysi, quien escribió una carta al alcalde gobernador de Berlín, Klaus Wowereit, que aún no ha tenido respuesta.

Pero la historia la escriben los vencedores. Poco después de la unificación de Berlín, todos los monumentos dedicados a recordar la memoria de Lenin desaparecieron de la ciudad, incluido un busto esculpido en mármol que adornaba la entrada principal de la fastuosa Embajada rusa en la avenida Unter den Linden.

Aun así, Andrea Thiessen aún no pierde las esperanzas de poder exhibir, en un futuro, la famosa cabeza, que mide un metro y medio de altura. Si al final la cabeza de Lenin no llega a tiempo, los visitantes se encontrarán una base diseñada para soportar sus 3,5 toneladas en una nave de nueve metros de altura donde también serán expuestos dos monolitos de piedra con textos grabados de Ernst Thälmann, líder del Partido Comunista Alemán, y Erich Honecker, el antepenúltimo jefe de Estado de la RDA, y una escultura dedicada a los guardias fronterizos, que tenían la sagrada misión de disparar contra los compatriotas que deseaban abandonar el paraíso socialista.