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La controvertida ayuda de Arabia Saudí frente al Estado Islámico

Riad formará milicianos para combatir a yihadistas a los que sirve de inspiración

En su territorio se cortan cabezas, se amputan manos a los ladrones y las mujeres sólo pueden salir a la calle si van tapadas de arriba abajo. ¿El Estado Islámico? Sí, pero la descripción también vale para Arabia Saudí, el aliado clave de Estados Unidos para combatir a ese grupo terrorista que cuestiona el orden internacional y ya ha ocupado un tercio de Irak y de Siria. Al conocerse que el Reino del Desierto va a acoger campos de entrenamiento para los “rebeldes sirios moderados” con los que Washington quiere hacer frente a los yihadistas, muchos en la región se han mostrado escépticos, y no sólo por la dificultad de identificar a tales tropas.

Por un lado, los rivales políticos de Arabia Saudí, con Irán a la cabeza, le acusan de haber financiado a los mismos grupos radicales que ahora se muestra dispuesto a combatir. Por otro, y aunque los dirigentes saudíes condenan sus acciones violentas y se distancian de su discurso fanático, comparten con ellos la ideología que está en la base de su visión intransigente y sectaria del mundo.

Arabia Saudí, cuyo jefe del Estado se atribuye el título de Custodio de las Dos Mezquitas Sagradas y que reclama el Corán como su Constitución, está gobernada por una monarquía que se adhiere a la misma rama del islam que los extremistas del Estado Islámico (EI). El wahabismo (por Mohamed Abdel Wahhab quien en el siglo XVIII respaldó a Mohamed Ibn Saud en la formación del primer Estado saudí) es en realidad una forma de salafismo, la puritana interpretación del islam suní que ha alimentado el islamismo del que han surgido los grupos yihadistas.

El avance de los islamistas radicales a partir de los años ochenta del siglo pasado, desde Afganistán hasta Nigeria, ha tenido la huella del proselitismo religioso y el dinero saudíes. Sus petrodólares sufragaron a los muyahidín afganos y las madrazas (escuelas coránicas) en Pakistán y otros países islámicos que luego ayudaron al surgimiento de Al Qaeda. Sin olvidar que su fundador, como 15 de los 19 terroristas que ejecutaron los atentados del 11-S era saudí.

Cuando estalló la primavera árabe en 2011, el reino se opuso a las protestas populares que aspiraban a cambiar el statu quo. Sin embargo, en el caso de Siria, a diferencia de en Egipto o Bahréin, respaldó la revuelta contra Bachar el Asad. Dado que la mayoría de los sirios siguen el islam suní y el clan gobernante es de confesión alauí (una minoría remotamente emparentada con el chiismo), el conflicto enseguida adquirió un tinte sectario y se asumió que Riad intervenía a favor de sus hermanos suníes. Pero el enfado saudí con El Asad venía de antes; está ligado a su alineación con Irán y Hezbolá, y el enfrentamiento que con ellos mantenía en Líbano, Palestina y otros frentes regionales.

De ahí que Riad viera la oportunidad de ayudar a los sublevados y se enfadara con la decisión de EEUU de no intervenir en Siria siquiera como había hecho en Libia creando una zona de exclusión aérea. Aunque nadie ha presentado pruebas de su apoyo directo al EI, la financiación saudí a los grupos islamistas sirios ha contribuido indefectiblemente a reforzar el frente yihadista. En la sopa de letras de esa insurgencia resulta difícil controlar a quién ha ido a parar la ayuda, en especial cuando muchos combatientes cambian de grupo en función de los éxitos de éste o de sus propios intereses.

Los gobernantes saudíes, como el resto de los monarcas suníes de la región, ven a las huestes del EI como una amenaza. La idea de un califato que borra fronteras y desconoce los Estados soberanos surgidos en el siglo XX es una perspectiva inquietante. Sus portavoces han condenado a esos terroristas, detenido a presuntos simpatizantes y donado fondos para combatirlos. Sin embargo, no sólo Arabia Saudí tiene un concepto peculiar del terrorismo (que incluye a cualquier opositor e incluso a los ateos), sino que tal como pone de relieve Brian Whitaker en Arabs Without God, ha exportado durante años la intolerancia religiosa en la que han bebido los yihadistas. Mientras el reino (y sus vecinos) no renuncie a usar la religión con objetivos políticos, hay pocas esperanzas de acabar con el EI y con el sectarismo que plaga Oriente Próximo.