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Por qué no podemos vivir sin ellos

Los inmigrantes son indispensables para la economía europea

Los inmigrantes son indispensables para los sectores estratégicos europeos, como el ingeniero informático Alexander Novikov, el médico brasileño Renato Lupinacci, el agricultor marroquí Abdel Kader Faradi y el pizzero egipcio Khalil.

La siembra extracomunitaria

 Abdel Kader Faradi, marroquí de 47 años, llegó a España en 1992. Durante los últimos 22 años ha trabajado en el mismo lugar: los invernaderos de Miquel Martí en Almàssera (Valencia). Casado y con un hijo, con una situación laboral estable y una vida de plena integración, Abdel Kader se nacionalizó hace unos años. Junto a los invernaderos que él mismo levantó hace 20 años, ahora llenos de semilleros de los que nacen pequeños brotes, relata cómo pasó de ser estudiante a ser agricultor, fontanero, electricista, albañil, soldador… “¡De todo!”, ríe arrugando los ojos.

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Abdelkader Faradi, inmigrante marroquí que vive y trabaja en la agricultura en España desde hace 23 años.

“Estudiaba literatura árabe en la universidad en Casablanca. Nunca había trabajado salvo alguna semana en bibliotecas para ayudar un poco en casa. Dos de mis amigos habían emigrado y decidí intentarlo yo también. Era un verano. Aproveché las vacaciones y vine más que nada para ver. Pero luego me quedé”, cuenta en la antigua cocina de una alquería rodeada por miles de hectáreas de huertos en periodo de siembra.

Sin inmigrantes en España, el sector agrícola perdería a casi uno de cada cuatro empleados. A finales de 2013, trabajaban en los campos españoles 808.500 personas, de las que 190.300 eran extranjeras, según los datos de la Encuesta de Población Activa del cuarto trimestre del año pasado —es tradicionalmente el periodo con un mayor número de trabajadores agrícolas—.

Uno de cada cuatro agricultores en España procede de países no miembros de la Unión Europea

“Salí de Marruecos con el hermano de un amigo. No sabía ni dónde iba. Estaba cagado de miedo. Al hermano de mi amigo no le dejaron pasar en el control de fronteras y le metieron en un cuarto de cristales. Desde dentro me hacía señales con los brazos y me decía “¡vete! ¡vete!”. Y ponía una cara… como si yo estuviera logrando algo grande… Y me fui”, relata pausado. “Al salir no sabía dónde ir. Escuché a otros migrantes que hablaban de encontrar trabajo en Almería y me fui allí”, recuerda apoyado en una antigua mesa de madera.

Sin saber el idioma, las costumbres, ni el oficio, Abdel Kader se empeñó a fondo en salir adelante. “Vivía en la calle. Ahora solo de pensarlo ni me lo imagino. Era verano y por suerte con unos cartones en el suelo podía dormir. A veces me levantaba llorando… Fue muy fuerte. A mi familia no le decía nada por no hacer daño a mi madre”, recuerda. “Como no sabía el idioma, iba a buscar trabajo y decía “trabajo buscar”. Y aunque me dijeran “vuelve mañana”, si no lo entendía nada pues quizá no iba!”, ríe.

El ciclo de las cosechas llevó a Abdel Kader a Aragón y después a la Comunidad Valenciana, donde hizo las temporadas del melocotón y la naranja. Jamás había cogido una manzana de un árbol cuando consiguió su primer trabajo. “Cuando vine a Valencia mi primer sitio fue el río Túria. Jamás he pedido porque no me gusta. Dormía en la calle. Después encontramos una cuadra en Puzol y dormíamos allí 14 marroquíes. El dueño y nos dejó dormir allí si lo limpiábamos y así hicimos nuestra vida. No había agua y la buscábamos en una casa cercana que tenía un pozo. La calentábamos y nos duchábamos como podíamos. En aquellos días cocinábamos y comíamos juntos pero luego cada uno salía a buscarse el trabajo”. Sin medios de transporte propios y sin la posibilidad de gastar dinero en ello, caminar se convirtió en la única manera en la que desplazarse. “Íbamos a pie a todas partes. Kilómetros y kilómetros”, relata.

Pese a las dificultades, viviendo sin agua, sin luz, comiendo poco y durmiendo con una sola manta y entre ratas (ríe cuando recuerda cómo les caían encima durante la noche), asegura que fue feliz. “¿Te digo la verdad? Disfruté tanto de esa experiencia, que fueron los mejores días de mi vida. Te lo juro, no exagero. Esta experiencia ha sido la mejor de mi vida. Esos recuerdos son buenísimos. Era como irse de viaje con amigos pero sin tener nada. Ahora hacen programas sobre eso en la tele. Fíjate”, sonríe.

Abdel Kader recuerda como si fuera hoy mismo el día en que “el destino”, como él lo llama, decidió darle el empujón definitivo. “Aquí llegamos dos chicos. Era un sábado. Habíamos caminado 25 kilómetros desde el Puerto de Sagunto. Miguel estaba montando los invernaderos y ofrecía trabajo para sábado y domingo. Dos días”. Cerca de 23 años después de aquel día, Abdel Kader irradia un optimismo que le ha permitido llegar más lejos de lo que imaginó cuando su compañero se quedó tras los vidrios policiales. “Estoy muy satisfecho con la vida que he tenido, lo que he vivido y lo que he conseguido. Todo lo que sé lo aprendí de Miguel y todo lo que tengo es gracias a él. Miguel no es mi jefe, es mi maestro”, explica agradecido. “De él aprendí mucho, también a enseñar. Me hace el trabajo fácil, diverso y me respeta”, explica poco antes de terminar una jornada laboral que le permite ir a la mezquita.

Aunque Abdel Kader es consciente de que otros compatriotas no han tenido tanta suerte, pone los pies en el suelo y se resiste al desánimo. “Nosotros no nos creemos eso de la crisis. Crisis es lo que hay en Marruecos, donde vivimos una crisis permanente. Aquí la gente habla de crisis por el móvil, tiene una casa...”, critica. Para él, emigrar no supone un drama. “Yo jamás pensé en trabajar en la agricultura, un trabajo además mal visto en Marruecos. De mi país salen profesores y estudiantes constantemente que trabajan las cosechas de verano y luego regresan. España ha sido un país de emigrantes que se levantó con el dinero de vuestros abuelos que estaban fuera. Emigrar es tan natural como la vida misma”, reivindica.

Para este marroquí, el parado español solo tiene una opción: luchar. “Al parado le diría que busque. Si me siento a llorar y esperar el trabajo no va a venir solo. No me cabe en la cabeza es cómo se atreve la gente a decir que no puede vivir sin trabajo y está sentado. Si no es aquí, en otro país. Las fronteras son mentira. Un pájaro se levanta por la mañana y no tiene nada. Y se va a buscarlo donde esté y migra. Es tan natural como vivir”.

“Aunque la crisis económica ha llevado a muchos parados españoles a buscar trabajo en el campo, la mayoría no tiene experiencia y yo sigo prefiriendo a los peones marroquíes con los que llevo trabajando muchos años”, defiende un empresario agrícola miembro de la Federación de Cooperativas Agrarias de Murcia, que prefiere no decir su nombre por “si algún vecino se enfada”.

Su cautela no es baladí. La agricultura, y sobre todo las actividades agrícolas de temporada, como la recogida de la fresa o de la aceituna, se han convertido en un refugio para los parados españoles, que han desplazado a la mano de obra extranjera. A pesar de que la población empleada en el sector agrario aumentó el año pasado en 6.900 personas, “la población inmigrante ocupada rompió la tendencia creciente y ha disminuido su presencia en 8.300 efectivos, llegando a cifras históricamente bajas”, asegura la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) en su último informe. No obstante, insiste, los inmigrantes suponen todavía “más del 23% de los efectivos globales que se dedican a la agricultura”.

Desde la Fundación Alternativas, ligada al PSOE, defienden la necesidad de borrar la idea “peligrosa” en tiempos de escasez de que los inmigrantes ocupan puestos de trabajo que podrían emplear a españoles. El aumento de la mano de obra extranjera en la agricultura procede, según estiman, de su conversión en un modelo de negocio basado en la intensificación de la producción, lo que ha aumentado la demanda de mano de obra y ha fomentado la contratación de inmigrantes.

Y si las crisis empieza a remitir, es poco probable que los españoles quieran regresar al campo, sostienen las asociaciones de inmigrantes, que continúan impulsando el empleo de los extracomunitarios en la agricultura, donde actualmente trabaja el 9% de los extranjeros. En 2014, ha sido el tercer sector, por detrás del trabajo doméstico y de la hostelería, donde Red Acoge ha logrado un mayor número de contratos para inmigrantes en su programa de inserción laboral.

Pilar Almenar y Patricia R. Blanco, EL PAÍS

La pizza de los nuevos italianos

“¿La pizza? Los egipcios la hacemos bien, y hay un motivo para ello: Egipto fue durante mucho tiempo un gran país agrícola, con el Nilo como un regalo de Dios y la tradición y la sabiduría necesarias para manejar el agua y la harina”. Es el matrimonio entre dos tradiciones lo que ha llenado de manos árabes y rostros medio orientales muchas pizzerías de Italia. Lo explica Khalil, al que todos llaman Franco. Un egipcio de 52 años, que llegó de su país hace más de 25 y desde hace 10 es dueño de la pizzería La Stiva en Milán, en la zona de la vía Padova, la más multiétnica de la ciudad.

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Khalil, un pizzero egipcio en Milán.

Pero no es un caso aislado. Como tantos otros oficios tradicionales y prácticos, amasar, rellenar y hornear el plato simbólico de la cocina tricolor es hoy prerrogativa de los nuevos italianos, los que han llegado de otros países. Entre ellos, pocas dudas: los maestros son los hijos del Nilo. Con manos sabias y rostro sonriente, recrean a diario la magia de la pizza, la masa crujiente y digerible, el perfume y el sabor originales. Distinguir entre una pizza “a la italiana” y otra “a la egipcia” es hoy imposible.

En Italia escasean los cocineros napolitanos, pero hay más de 120 de origen egipcio

Según datos de finales de 2013, en Italia viven más de 76.000 personas de origen egipcio, y algo menos de la mitad (34.000) residen en Milán. La ciudad de la moda y la prisa. Y de la Expo 2015, el acontecimiento que atraerá a miles de visitantes de todo el planeta para hablar de comida y nutrición. Aquí es donde los egipcios se han convertido en una colonia especializada e insustituible. Dice Khalil: “Aprendí a hacer pizza nada más llegar, de un señor napolitano de 65 años. Sus hijos habían regresado al sur y él me enseñó su oficio. Hoy, a pesar de ser el propietario, soy yo quien hace siempre la masa. Así estoy seguro de que la pizza va a estar buena”.

En Milán escasean los pizzeros auténticamente napolitanos, una decena o poco más. Hay más de 120 de origen egipcio. Amasan y hornean de la mañana a la noche. Muchos llegaron hace 10 años o más y, como Khalil, son ya dueños de sus propios negocios. Hoy se quejan de la recesión y de la competencia de los chinos. Son italianos hasta en eso. “Cuando llegué la situación era distinta, había menos extranjeros. Y la crisis ha cambiado todo”, dice Khalil-Franco, que resiste, con una mujer que ayuda en el restaurante y cuatro hijos nacidos en Italia. “Tengo a cinco miembros de la familia que dependen de mí, todos italianos, por voluntad propia. No puedo estar desagradecido: debo y quiero restituir algo de todo lo que he recibido”.

Stefano Rizzato, La Stampa.

Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

Samba en los quirófanos de París

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Renato Lupinacci, cirujano brasileño en París.

Es brasileño y tiene también pasaporte italiano, pero Renato Lupinacci trabaja como cirujano del aparato digestivo en París, en la Pitié-Salpêtrière, el mayor grupo hospitalario público de la capital y un establecimiento de prestigio. A los 28 años, se unió a los 20.000 médicos y cirujanos poseedores de diplomas extranjeros, un grupo en constante aumento que constituye hoy casi el 10% de la profesión médica en Francia.

Un 10% de los médicos de los hospitales de Francia provienen del extranjero

¿Por qué Francia? Con un padre también cirujano digestivo, después de estudiar y hacer su residencia en la prestigiosa facultad de São Paulo, en Brasil tenía asegurado un camino espléndido ante sí, pero prefirió irse lejos. Pensó en Estados Unidos, pero allí habría tenido que empezar por dedicarse a la investigación. De modo que optó por Europa. ¿Italia, Francia, Alemania? Con la primera ya no le unía ningún lazo, y el alemán le parecía demasiado difícil. Así que escogió París, porque la cirugía digestiva francesa es toda una referencia y porque su facultad tiene un partenariado con el organismo que agrupa a los hospitales públicos de París. Eso le facilitó la obtención de trabajo, vivienda y visado.

Llegó en 2006; al principio ocupó un puesto "con funciones de interno" y más tarde de cirujano asociado. Mientras esperan a obtener la autorización para ejercer en Francia —un examen difícil—, los médicos inmigrantes trabajan con una categoría y un salario inferiores a los de sus colegas franceses. Es una situación que puede prolongarse durante años.

Pero Renato Lupinacci emprendió otra vía. Gracias a sus abuelos, que habían emigrado de italia a Brasil, adquirió la nacionalidad italiana, lo cual le concedió el acceso al espacio Schengen. En 2007 se examinó para obtener la convalidación de su título en su propio idioma, en Portugal. Gracias a ello, tuvo derecho a someterse a un procedimiento simplificado para ejercer en Francia, adonde regresó en 2011, después de haberse casado con una francesa.

Tras un año de trabajar a tiempo parcial, encontró el puesto que ocupa en la actualidad. Todo parece haber salido bien. Por supuesto, ha tenido que adaptarse a las prácticas médicas y a sus conceptos, "muy franco-franceses". Y superar el principal obstáculo, el de la lengua, que no es problema para sus colegas llegados de África o el Magreb. Se ha esforzado al máximo: "Hugo, Zola, me leí 40 libros en un año".

El lado "fútbol y samba" de los brasileños, como dice él, le permite beneficiarse de un "capital de simpatía" entre los pacientes. "A mí me resulta fácil", dice, "no estoy seguro de que sea siempre así". Algo más de la mitad de los médicos inmigrantes que trabajan en Francia proceden, como él, de países de fuera de Europa: el 55% del Magreb, sobre todo Argelia (42% del total); el 10%, de Siria. Los 9.000 médicos con títulos de otros países europeos vienen sobre todo de Rumanía (33%) y Bélgica (22%). Los hospitales contratan a las dos terceras partes de estos médicos extranjeros fundamentalmente en urgencias y en cirugía. Sin ellos, la sanidad pública francesa tendría problemas para funcionar.

Laetitia Clavreul y Elise Vincent, Le Monde.

Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

Informática en dos idiomas

Echa de menos el mar. Naturalmente que lo echa de menos. Ahora le queda tan lejos como los familiares rompeolas, las barcas y los puentes levadizos de la ciudad, que por la noche se abren uno tras otro para que los grandes barcos también puedan surcar las aguas del Nevá. Alexander Novikov es natural de San Petersburgo, en Rusia. Hace tres años que vive en Múnich. Como tantos otros emigrantes en las dos últimas décadas, abandonó el gran país oriental para trasladarse a Alemania. Desde entonces, en Múnich y en sus alrededores es frecuente oír hablar ruso, lo mismo que en Berlín, Colonia o Hamburgo. Muchos de ellos son rusos de origen alemán descendientes de aquellos que, en el pasado, bajo el reinado de Catalina la Grande, fueron llamados a asentarse en Rusia. Y también judíos del denominado contingente de refugiados acogido por Alemania. Para Novikov, todos son clientes en potencia.

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Alexander Novikov, ingeniero ruso en Múnich.

Este petersburgués de 29 años es informático, estudió ingeniería y es administrador de sistemas. Pero, al principio, nada de esto le fue muy útil en su búsqueda de empleo en Alemania. Hablaba poco alemán y nada de inglés, así que empezó tirando con las más diversas ocupaciones, incluida la de empleado de supermercado. Luego Alemania le ofreció una oportunidad, o, mejor dicho, la vislumbró él mismo. Novikov se estableció como autónomo. Ya llevaba dos años en Alemania, pero, al ser ruso, no se le había ocurrido enseguida. Cómo se le iba a ocurrir. “Sin contactos, en Rusia no tienes prácticamente ninguna posibilidad de crear una empresa”, dice. Pero en Múnich, sí. “Diez minutos, 40 euros, y ya se podía decir que tenía mi propia empresa”, relata. “En Rusia jamás hubiese sido tan fácil y tan rápido”, debido también a la burocracia.

Los rusos en Alemania aprovechan la lengua para prestar servicios a sus compatriotas

Novikov no se plantea en ningún momento la cuestión de la integración. Está casado con una alemana. Ahora habla alemán con fluidez, tanta, que ya le empezaba a preocupar olvidarse cada vez más del ruso. Pero ahora el ruso es algo así como su lengua profesional. Desde hace un año, trabaja como especialista en informática reparando ordenadores portátiles y de mesa, instalando sistemas operativos, recuperando máquinas infestadas por virus, asesorando, conectando equipos y manteniéndolos. Su clientela está formada por empresas ruso-alemanas, rusos y rusos de origen alemán que hablan ruso. En un tema complicado como este, todos se alegran de tener en Alemania a alguien que hable su idioma. Él sabe que en ruso el ordenador no se “cuelga”, sino que se “frena”. Lejos de la patria común, esto genera rápidamente proximidad y confianza. Por eso hace publicidad de su empresa en los dos idiomas.

La comunidad rusa de Alemania es grande, y por supuesto, Alexander Novikov es uno más del ejército de informáticos de San Petersburgo, Moscú o Ekaterimburgo que trabajan en Europa. No todos se dirigieron hacia el oeste por una mujer alemana. Para otros el dinero también ha sido un factor. En Rusia los salarios siguen siendo comparativamente bajos para los profesionales cualificados. “En Estados Unidos, un programador, trabajando ocho horas diarias, puede ganar diez veces más que en Rusia”, dice Novikov. ¿También en Europa, en Alemania? “Mis precios son un poco más bajos”, reconoce con una sonrisa. “Pero, en todo caso, mucho más altos que en mi país”.

Le gustaría expandirse, contratar a su primer colaborador. Hay que tener sueños. Pero hay uno que él no tiene: volver a Rusia algún día. “No me lo puedo imaginar. Aquí la calidad de vida es muy alta”, confiesa. Tampoco Hasenbergl, el barrio de Múnich donde vive, que tiene fama de ser una zona pobre de la ciudad, despierta en Novikov el más mínimo deseo de regresar. “Me siento integrado, a gusto”. Puede que para los alemanes el barrio sea una especie de gueto, señala, “pero el portero limpia todas las mañanas”.

Frank Nienhuysen, Süddeutsche Zeitung.

Traducción: News Clips.

Un caso científico

En un mundo que trata amenazas como las enfermedades y el cambio climático de manera caprichosa, Trevor Lawley afirma que los científicos deben poder moverse también a voluntad. El canadiense se trasladó hace siete años al Reino Unido para ocupar un puesto en el principal instituto británico de genómica, el Sanger Institute, e insiste en que no podría haber trabajado en el desarrollo de un nuevo “medicamento bacteriano” sin sus colegas internacionales.

“Los científicos suelen vivir en muchos países”, dice Lawley. Su equipo está formado por indios, iraníes, británicos y australianos, todos ellos con contratos de tres años, y está formando a un investigador nigeriano. “También tenemos la esperanza de que algunos puedan volver a sus países para dirigir allí investigaciones”.

Los investigadores extranjeros como Lawley constituyen una minoría importante entre los mil trabajadores que componen el personal del Wellcome Trust Sanger Institute. Alrededor de la quinta parte son europeos y uno de cada siete es de países más lejanos. Los investigadores del Sanger proceden de 61 países.

La diversidad es fundamental. “La experiencia que han vivido unos colegas de Kenia con los que trabajé en enfermedades infecciosas es muy diferente. Seguramente saben mejor lo que son las fiebres tifoideas, y sienten más pasión. A mí me resulta valioso ver cómo funcionan los hospitales en Nairobi. Es una llamada de atención. Este tipo de interacciones no puede sino ser beneficioso”.

Muchos de los colegas de Lawley, como él mismo, han pasado por Estados Unidos; ¿es condición indispensable? “En el mundo científico es lo normal. Si uno quiere llegar hasta lo más alto, pasar cierto tiempo en las mejores instituciones le otorga prestigio y la calidad de la labor científica es positiva para su currículum vitae”.

En la ciencia, las fronteras permanecen abiertas gracias a las personas. “El contacto con gente de mentalidad similar es parte del atractivo de cambiar de país. Yo vine a Cambridgeshire para trabajar con alguien a quien había conocido en Stanford. Mi mentor es muy conocido y disponía de los fondos necesarios para que yo pudiera establecerme. Es una comunidad de investigadores; a medida que uno cumple años, el círculo se va haciendo más estrecho.

Trevor Lawley, candiense, trabaja en el instituto británico de genómica. Afirma que los científicos deben poder moverse a voluntad

“Siempre estás aprendiendo nuevas técnicas, debes estar alerta. Aquí hay un señor de 80 años con una mente increíblemente ágil. En parte, gracias a la vida que ha llevado, siempre retándose y superándose. Es lo que hacemos todos en ciencia. Lo importante son las personas de las que te rodeas”.

En 2010, varias figuras destacadas de Sanger declararon que las restricciones a la inmigración impediría que pudieran venir a trabajar en el futuro los mejores científicos. Sanger dejaría de ser líder mundial y perdería terreno ante sus rivales en Estados Unidos y China. Cuatro años después, el instituto dice que la situación está más clara. El Sanger Institute es Patrocinador Preferente de Visados e Inmigración al Reino Unido en las categorías 2 y 5. Lawley acaba de firmar un contrato nuevo y va a solicitar la residencia.

“Mucha gente quiere volver a su país. Ese era mi plan, pero las cosas me van bien aquí. Tiene un coste personal, porque en Canadá se quedaron familiares y amigos, pero soy feliz”.

Nabeelah Shabbir, The Guardian.

Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia.

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