Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Goliat al rescate de David

El mito del enemigo ha terminado, empieza la difícil realidad de la convivencia. Y algunos no saben qué hacer con sus consignas antiimperialistas

Ampliar foto
Estudiantes cubanos participan en una marcha oficial por la excarcelación de los espías presos en EE UU, el pasado 30 de septiembre en La Habana. efe

En uno de mis recuerdos infantiles más antiguo, estoy en el patio de la escuela alrededor de una hoguera. Los chiquillos chillan y saltan cerca del fuego, mientras la maestra atiza las llamas donde quemamos un ridículo muñeco del Tío Sam. El miércoles, mientras escuchaba los discursos de Raúl Castro y Barack Obama sobre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, esa imagen de mi niñez volvió nítida a mi mente.

Varias generaciones de cubanos hemos crecido bajo el constante bombardeo de la propaganda oficial contra Estados Unidos. En la misma medida que las palabras dichas desde las tribunas contra el vecino del norte se hacían más agresivas, crecía la curiosidad y el magnetismo que ese país provoca en la población cubana. De ahí que las reacciones ante el anuncio del miércoles pasado haya que buscarlas por separado en las posiciones políticas y en la gente común.

Quienes reciben remesas o ayudas frecuentes de familiares en Estados Unidos muestran satisfacción por el anuncio, como Sara, maestra en una escuela primaria del municipio Plaza de la Revolución. Sin la ayuda económica que le envía su hija cada mes no podría sobrevivir. “Ahora todo será más fácil, sobre todo porque aquí se podrán usar tarjetas de crédito y débito norteamericanas y mi hija me piensa enviar una donde me va a poner una ayudita cada vez que pueda”. Su lógica es directa y simple, pero muy extendida.

La sociedad civil debe aprovechar la nueva etapa, elevar su voz y probar
los nuevos límites de la represión y la censura

La misma maestra tiene adornada el aula con un cartel que incluye cinco rostros. Son espías cubanos. Ahí están los tres que han sido recientemente liberados y son considerados por la propaganda oficial como héroes. “Yo les enseñé a mis alumnos a escribirles cartas a la cárcel y les poníamos flores también”, cuenta Sara sin sonrojarse. “Ahora ya están de regreso, así que tendremos que cambiar el mural”, asegura con una mezcla de emoción y alivio. Toda la maquinaria propagandística en relación con la llamada Campaña por los Cinco se ha quedado en el aire, a la espera de una nueva batalla a las que destinar recursos enormes y horas televisivas.

Agobiados por las precariedades materiales, desilusionados porque las llamadas reformas raulistas no lograron aliviar los bolsillos ni los platos, los cubanos se aferran al respiro material que puede llegar desde el otro lado del estrecho de la Florida. Como si a la gastada metáfora de David y Goliat le hubieran agregado una nueva escena, donde no hay honda ni sangre ni pelea, sino la sonrisa agradecida de un hombre diminuto hacia el grandullón que acaba de abrirle la bolsa de las monedas. El mito del enemigo ha terminado, empieza la difícil realidad de la convivencia.

Sin embargo, la tensión duró tanto tiempo entre ambos Gobiernos que ahora algunos no saben qué hacer con sus consignas, su puño alzado contra el imperialismo y su enfermiza tendencia a justificar todo, desde la sequía hasta la represión, con el argumento de que se está demasiado cerca del “país más poderoso del mundo”.

Los que peor parados han quedado son los militantes más recalcitrantes del Partido Comunista, esos que se morirían antes que masticar un chicle, tomarse una Coca-Cola o poner un pie en Disney World. El secretario general de su organización acaba de traicionarlos. Ha pactado con el adversario entre bambalinas y durante 18 largos meses.

Al no pronunciarse, Fidel Castro está confirmando su muerte política, más simbólica que la muerte física

Otros, sin embargo, se frotan las manos. Bonifacio Crespo ayuda a un hermano con la contabilidad de su restaurante privado en La Habana. Ambos ya habían hecho un plan de negocios pensando en este día. “Tenemos los contactos para empezar a importar materia prima, especias y muchos productos para el menú, sólo nos faltaba que ampliaran el envío de paquetes desde allá”, y señala con el dedo hacia un punto cardinal que él cree que es el norte.

El jueves el periódico se demoró en llegar a los estanquillos. A veces se retrasa cuando Fidel Castro publica uno de sus delirantes textos sobre la inmensidad de la galaxia o la memoria de Hugo Chávez. En los largos minutos de espera, muchos especularon que el diario Granma llegaría con alguna reflexión del comandante, pero nada. Ninguna evidencia que permita saber si está de acuerdo o en contra del arriesgado paso que acaba de dar su hermano. Muchos han leído este silencio como una señal de su delicado estado de salud… pero lo cierto es que al no pronunciarse, está confirmando su “muerte política” que es incluso más reveladora y simbólica que la muerte física.

La disidencia, por su parte, ha tenido muy diversas reacciones ante el nuevo camino, en el que apenas se ha dado el primer paso. Figuras de la talla de José Daniel Ferrer aseguraron que con la flexibilización asumida por Obama, el régimen de La Habana “pierde la coartada” para la represión política y el control económico sobre la sociedad. Desde Pinar del Río, la revista independiente Convivencia ha saludado el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Otros han visto la jugada política como la peor acción, en el peor momento.

Algunos líderes opositores se han aprestado a señalar la carencia de una agenda pública de los pasos que emprenderá el Gobierno de Raúl Castro. Aluden a que de la negociación sólo se conocen los que dará la Casa Blanca, pero el secretismo se extiende sobre los compromisos asumidos a partir de ahora por la Plaza de la Revolución. Como tantas otras veces, se le ha escamoteado a la sociedad civil el conocimiento completo de la hoja de ruta que se ha escrito por allá arriba.

La ocasión ha servido para traer a primer plano cuatro puntos de consenso que han ganado fuerza en los últimos meses dentro de sectores representativos de la sociedad civil cubana. Se trata de un paquete de demandas que no deberían quedar fuera de una conversación de consensos porque, de lo contrario, sería como “extenderle un cheque en blanco” al totalitarismo más largo de este hemisferio.

La liberación inmediata de los presos políticos y de conciencia que queden tras las rejas después de la recién anunciada excarcelación es uno de ellos. Según la Comisión Cubana de Reconciliación Nacional, que dirige Elizardo Sánchez, la cifra podría superar el centenar en estos momentos. Otra de las exigencias pasa por la ratificación de los Pactos de Derechos Humanos, Sociales, Políticos, Culturales y Económicos y la posterior adecuación de la legalidad cubana para que empiecen a regir en el interior del país.

Sin embargo, son los dos últimos puntos los que exigirían un mayor talante democrático por parte del régimen de Raúl Castro. El fin de la represión, anunciado públicamente como un compromiso en el que se incluya la terminación de los oprobiosos actos de repudio, los arrestos arbitrarios, la satanización social del que piensa diferente y la vigilancia policial sobre los activistas, como parte del desmantelamiento del aparato que penaliza la discrepancia.

Por último, el reconocimiento de la sociedad civil dentro y fuera de la isla. El Gobierno cubano debe aceptar la existencia de estructuras cívicas que tengan derecho a opinar, decidir, cuestionar y elegir. Mientras esas voces no aparezcan representadas de alguna manera en la actual negociación entre los Gobiernos de Cuba y de Estados Unidos, estaremos hablando de negociaciones a nivel de palacio, de cancillería o de estadistas.

La oportunidad se ha dado, a pesar de las válidas críticas de muchos que cuestionan a un Tío Sam que ha cedido demasiado ante la tacaña actitud de su contraparte para tributar con gestos políticos. No obstante, una nueva etapa ha comenzado y le corresponde a la sociedad civil aprovecharla, elevar su voz, probar los nuevos límites de la represión y la censura para ver si se han movido algo desde el pasado 17 de diciembre.

Cada cual está viviendo este cambio a su manera. Sara, soñando con su nueva tarjeta de débito, Bonifacio que especula con los platos que logrará incluir en sus ofertas a partir de los nuevos ingredientes que importe, y José Daniel Ferrer que aprovechará la nueva coyuntura para hacer crecer el activismo en el oriente del país. Para todos ha empezado un nuevo tiempo, que aún no podemos confirmar que será mejor, pero al menos será distinto.

En mi caso, al menos sé que ningún otro niño cubano tendrá que gritar consignas alrededor de una hoguera, donde un muñeco esperpéntico se quema y la maestra hunde —con saña— el sombrero de rayas rojas en las llamas.

Más información