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La fiebre argentina de los barrios amurallados

La sensación de inseguridad fomenta que más de 300.000 personas vivan en un millar de áreas vecinales vigiladas

El lago en torno al que se distribuye el barrio cerrado de Nordelta, a 40 kilómetros del centro de Buenos Aires, el 13 de diciembre.
El lago en torno al que se distribuye el barrio cerrado de Nordelta, a 40 kilómetros del centro de Buenos Aires, el 13 de diciembre.

En octubre de 2012 fue detenido en Argentina el narcotraficante colombiano Henry de Jesús López Londoño, alias Mi Sangre. Vivía con su mujer y sus hijos en un barrio cerrado de la llamada ciudad-pueblo de Nordelta. Ahora se encuentra encarcelado en Argentina. El pasado marzo le preguntaron en una entrevista por qué había elegido Nordelta. Y respondió: “Lo único que busqué como seguridad es un barrio cerrado. La seguridad de Nordelta funcionó a la perfección. Policías de Colombia entraron al país de forma ilegal, disfrazados de turistas. Vinieron a asesinarme y se encontraron con la barrera de protección. No pudieron pasar”.

Nordelta es el exponente máximo del fenómeno de los barrios privados. En realidad, no es un barrio, sino una ciudad-pueblo situada a una hora en coche hacia el norte de Buenos Aires. Cuenta con barrera de entrada en cada uno de sus tres accesos, muros y alambradas en su perímetro, 340 vigilantes privados, 300 cámaras de seguridad, servicio propio de emergencia, hospital, hotel de cinco estrellas y 140 habitaciones, uno de los mejores campos de golf del país, cinco colegios con 4.500 alumnos y 17 barrios con sus correspondientes barreras y vigilancia a la entrada de cada uno. Cada barrio está gobernado por una sociedad anónima sin fines de lucro cuyos accionistas mayoritarios son los propietarios de las casas. Mide 1.700 hectáreas. Solo su lago central, con sus cerca de 500 amarres para embarcaciones de paseo, abarca 180 hectáreas, o sea: más de la mitad que Central Park en Nueva York (340 hectáreas) y más del doble que todo el parque de El Retiro, en Madrid (118 hectáreas).

En 2011 había 700 barrios privados en Argentina donde vivían casi 300.000 personas

“Nordelta es un lugar seguro”, señala su promotor, Eduardo Constantini, el hombre que entregó la primera casa en 2000 y aspira a poblarla en un futuro no lejano con 100.000 habitantes. Ahora viven unas 30.000 personas. “Puede haber un hecho o dos hechos aislados, pero la seguridad no tiene nada que ver con otros barrios abiertos”.

Constantini es consciente de que hay toda una discusión filósofica sobre este tipo de urbanizaciones. Hay quienes consideran que son el “último crimen de los urbanicidas”, que fomentan la exclusión de los más pobres y el miedo a lo desconocido. “Hay un Estado que en su discurso se opone al barrio cerrado, pero en realidad no invierte para suplantarlo”, dice Constantini.

A los lugares como Nordelta se les llama en Argentina countries. El primero de ellos, Tortugas, nació en 1930. Era un club de campo que las familias de antiguo abolengo eligieron como lugar de recreo para los fines de semana. En la década de los noventa, bajo el mandato de Carlos Menem, se produjo un boom. Y muchas casas en los clubes de campo se convirtieron en residencia permanente. En 2011 había 700 barrios privados en Argentina donde vivían casi 300.000 personas, según la Federación Argentina de Clubes de Campo (FACC). En la actualidad estos barrios privados ascienden a 1.000, según indicó a este periódico la FACC. De ellos, unos 800 se encuentran en la provincia de Buenos Aires.

Las carreteras de Nordelta están llenas de pantallas con radares que reflejan la velocidad a la que viaja el automovilista. Las multas por exceso de velocidad se cargan en los gastos de comunidad mensuales. Y si el infractor es de fuera, paga la persona que lo invitó a entrar. “El problema”, indica Diego Moresco, gerente de la inmobiliaria Nordelta, “es que la cultura argentina del desapego a las reglas está entrando en Nordelta. Finalmente, somos argentinos. Y no respetamos los límites de velocidad. Cuando vivíamos 5.000 personas no se notaba, pero ahora que somos 30.000 se nota muchísimo”.

Las calles suelen estar limpias en estos barrios cerrados, no hay cartoneros recogiendo basura como en la capital

La novela más leída en Argentina en la última década es Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro. Está ambientada en un country en plena crisis económica de finales de los noventa. Piñeiro se ha convertido en la gran cronista del universo de los barrios cerrados. Vive en el country de Highland, uno de los de más solera, con los árboles más vetustos. “Yo duermo en mi casa con las puertas abiertas. Y los autos están siempre con las llaves puestas. Pero en este country también han robado”, asume Piñeiro.

Cada vez que alguien entra o sale de la mayoría de los countries se le registra la parte trasera del coche. Claudia Piñeiro está en desacuerdo con ese tipo de medidas que sufren a diario los empleados domésticos. “Cuando vienen periodistas alemanes o suecos a entrevistarme se quedan impresionados con las medidas de seguridad a la entrada. Creo que las hacen para que pensemos que acá no nos va a pasar nada. Pero no me gusta, porque se fomenta la paranoia. Sin embargo, es verdad que hay gente que no estaba en principio de acuerdo con estas medidas y se vinieron porque fueron asaltadas en la capital”.

Las calles suelen estar limpias en estos barrios cerrados, no hay cartoneros recogiendo basura como en la capital, ni mendigos durmiendo en colchones. Un residente anónimo declaraba en mayo a la revista Noticias por qué eligió Nordelta: “La educación pública falló; entonces, mandamos a nuestros hijos al colegio privado. La policía falló; contratamos seguridad privada. Acá la gente que no levanta la caca de su perro es poquísima. En la capital no se aguanta el olor a mierda. Triunfamos donde falló el Estado”.

El crimen de los urbanicidas

Hay barrios cerrados bien modestos que solo cuentan con una garita para el guardia y apenas 50 viviendas. También hay decenas de countries con lagunas, supermercados y colegios. Existe en la provincia de Buenos Aires una liga de polo y otra de golf intercountry, tres ligas de fútbol, dos ligas de tenis, una liga de baloncesto, una de hockey sobre césped femenino y hasta una liga deportiva de fútbol y hockey para menores, de 3 a 16 años. Y no paran de crecer estas urbanizaciones. Su gran reclamo es la supuesta seguridad que ofrecen.

Hay gente como Raúl Wagner, profesor de Urbanismo en la Universidad de General Sarmiento, que creen que son la antítesis de lo que debería ser una ciudad: “Bajo la excusa de una mayor seguridad de unas élites se acentúa el individualismo y el temor al otro. Hay algo muy extraño en esa arquitectura de casas que parecen tortas de chocolate, hechas con una arquitectura de Disney World. Lo urbano es socialización y esto es todo lo contrario. Cuando caminás por una ciudad abierta te mezclas con gente distinta”.

Wagner invoca la figura del urbanista catalán Jordi Borja, referente en Argentina de muchos detractores de los barrios cerrados. Borja declaró en una entrevista en Tiempo Argentino en noviembre de 2013 que los barrios cerrados “son el crimen de los urbanicidas”. Borja comentó que son criminales “los que los hacen, los que los permiten, los que los diseñan y los que viven allí”, señaló.

“Hace un año”, señaló Jordi Borja, “tuve una reunión con el equipo de Gobierno de la provincia de Córdoba. Casi todos vivían en barrios cerrados. La clase política tiene que dar el ejemplo. Creo que son unos irresponsables, habría que inhabilitarlos para siempre. […] Si en ciudades desiguales metemos barrios cerrados, acabaremos en una guerra”.