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La muerte del fiscal sume en una grave crisis al Gobierno argentino

Fernández sostiene que el fiscal que la denunció fue asesinado para perjudicar al Ejecutivo

La gestión del caso provoca duras críticas

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Cristina Fernandez en una rueda de prensa en Berlín en 2010. Bloomberg

La muerte del fiscal Alberto Nisman, cuatro días después de denunciar a la presidenta del país por encubrimiento de los autores del atentado terrorista perpetrado en 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), está golpeando al Gobierno argentino de una forma devastadora. Mientras los más críticos exigen una política a la altura de la gravedad de los hechos, la presidenta se ha limitado esta semana a escribir dos cartas en su cuenta de Facebook. En la primera, redactada el mismo lunes en que se confirmaba la muerte de Nisman, Fernández se preguntaba: “¿Qué fue lo que llevó a una persona a tomar la terrible decisión de quitarse la vida?”. En esa misma línea, el secretario de Seguridad, Sergio Berni, ya había sido el primero en declarar que todo apuntaba al suicidio. Y después le siguieron el secretario de Presidencia, Aníbal Fernández, y otros miembros del Gobierno. Pero este jueves, Fernández volvió a escribir otra carta en Facebook donde decía estar “convencida” de que no se trataba de un suicidio. Y a partir de ahí, Berni declaró que la tesis del suicidio está cada vez más lejos.

"Deje de actuar como una adolescente", espeta un político opositor

La presencia del secretario de Seguridad en el piso de Nisman antes de la llegada del juez, además, ha motivado una denuncia contra él ante la justicia del dirigente peronista Juan Ricardo Mussa por delitos de “incumplimiento de los deberes de funcionario público” y “encubrimiento de homicidio”.

El Gobierno se mostró paralizado tras la muerte de Nisman. Y ha ido actuando al rebufo de los acontecimientos y las manifestaciones. La última de ellas fue convocada el miércoles por las principales asociaciones judías argentinas. A la sede de la AMIA acudieron miles de personas con carteles que reclamaban justicia. Y cuando el presidente de este organismo, Leonardo Jmelnitzky, habló en su discurso de muerte en “circunstancias dudosas” fue interrumpido por gritos de “¡asesinato!”.

Ahora, en un giro repentino, el Gobierno se suma a la tesis del asesinato, sin evidencias. “No tengo pruebas, pero no tengo dudas”, escribió la presidenta.

Mientras tanto, la denuncia de Nisman pasa a segundo plano y es la muerte de Nisman la que ocupa todas las horas de la televisión. Fernández sostuvo en Facebook que la denuncia nunca fue en sí misma la verdadera operación contra el Gobierno porque “se derrumbaba a poco de andar”. Según su tesis, la “verdadera operación” consistía en matar al fiscal después de haberla acusado a ella con informes falsos. ¿Y quién fraguó esa operación contra el Gobierno, quién le dio a Nisman el rastro de pistas falsas? Fernández no lo dice de forma explícita pero señala hasta en ocho ocasiones a quien fue hasta diciembre jefe de Operaciones de los Servicios de Inteligencia, Antonio Stiusso.

“Si Stiusso era el que le daba toda la información que Nisman pedía y tenía”, escribió la presidenta, “es más que evidente que fue el propio Stiusso el que le dijo (¿o le escribió?) que Bogado e Yrimia eran agentes de inteligencia”. […] “El Fiscal Nisman no sabía que los agentes de inteligencia que él denunciaba como tales, no lo eran. Mucho menos que uno de ellos había sido denunciado por el propio Stiusso”, añadió.

Desde la oposición, las críticas contra Cristina Fernández no tardaron en llegar. El diputado opositor Francisco de Narváez espetó en la radio: “Señora presidenta: usted no tiene el derecho de intervenir con la independencia de la justicia. De esta tragedia, usted por haber hecho o dejado de hacer es responsable. Le pido que deje de actuar como una adolescente que usa el Facebook para condicionar a quienes están investigando”.

En los medios más críticos, la atención al caso es permanente. Marcelo Longobardi, uno de los periodistas estrella de Radio Mitre, del Grupo Clarín, dijo que esta manera “estrafalaria” de gobernar acaba de colapsar. “Y el cadáver de Nisman es la fotografía de ese colapso”, señaló.

Mientras tanto, la investigación avanza sobre pequeños detalles: la hora en que llegaron los médicos; el allanamiento del departamento vecino a la casa de Nisman, alquilado a un extranjero; la facilidad o no con la que pudo abrirse la puerta de servicio; la persona que le prestó la pistola a Nisman un día antes de que muriese… Todos esos detalles van generando un ruido del que el Gobierno no consigue escapar, ni siquiera sumándose a la tesis del suicidio. Sea suicidio o asesinato, la muerte de Nisman arroja mucha luz sobre los pozos más oscuros de los servicios secretos. Y lo que se está viendo es muy preocupante.

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