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Arabia Saudí mide sus fuerzas con Irán

La creciente influencia de Teherán en Oriente Próximo refleja el cambio en el equilibrio de poderes en la región y provoca la inmediata reacción de Riad

Milicianos chiíes iraquíes exhiben sus armas en Tikrit el 20 de marzo.
Milicianos chiíes iraquíes exhiben sus armas en Tikrit el 20 de marzo.

Vuelve el fantasma de la medialuna chií. A medida que se acerca la posibilidad de un acuerdo nuclear con Irán, dirigentes y analistas árabes (suníes), en especial entre las monarquías de la península Arábiga, muestran un creciente nerviosismo por lo que ven como expansión iraní en la zona. La presencia de sus asesores en Irak y Siria, la consolidación de su aliado Hezbolá en Líbano, e incluso el reciente ascenso Huthi en Yemen, se perciben como parte de un plan del archienemigo chií. Aunque algunos temores parecen exagerados, hay consenso en que Oriente Próximo está viviendo un cambio de equilibrios.

“Irán se ha expandido por la región debido a los errores de Estados Unidos desde su invasión de Irak. Ha sido capaz de penetrar en ese país, en Siria, Líbano e incluso hasta Yemen, y ahora está sacando beneficio del posible pacto nuclear”, resume el politólogo emiratí Abulkhaleq Abdulla, haciéndose eco de una convicción bastante generalizada.

Sin embargo, para Luciano Zaccara, profesor investigador del Centro de Estudios del Golfo en la Universidad de Qatar, la alarma es excesiva. “Irán no controla más de lo que controlaba antes de la primavera árabe, e incluso en Irak y Siria ha perdido influencia territorial en favor del Estado Islámico y otros grupos opuestos a los gobiernos que apoya; además, la alianza de EE. UU. con los árabes no se va a romper”, señala.

Los temores no son nuevos. El rey Abdalá de Jordania causó un gran revuelo político en 2004 al advertir de que se estaba formando “una medialuna chií” que iba desde Teherán hasta Beirut, pasando por Bagdad y Damasco. En realidad, los recelos de los árabes suníes hacia Irán se remontan a la revolución de 1979 cuando muchos dirigentes, fueran dictadores militares o monarcas absolutos, intuyeron el peligro de un movimiento que utilizaba el islam para legitimar el cambio de régimen.

A partir de entonces, Irán y Arabia Saudí han apostado por contendientes enfrentados en todos los conflictos de la zona. Su pugna por liderar la región se ha imbuido además de rivalidad confesional. Mientras la República Islámica, el 90 % de cuya población es chií, se erigió en faro de esa rama del islam que sigue uno de cada diez musulmanes, el monarca saudí se proclamó abanderado del islam suní, aunque también entre sus súbditos tiene una minoría chií. Las diferencias sectarias, hasta entonces asunto de debate doctrinal, se convirtieron en seña de identidad.

En su libro The Shia Revival (El renacer chií), en 2006, el académico Vali Nasr llegó a la conclusión de que la lucha religiosa derivada del ascenso de la identidad chií en la región remodelaría Oriente Próximo. Ahora, el bombardeo saudí a los Huthi, la propuesta egipcia de formar una fuerza árabe y la creciente implicación regional de Emiratos, intentarían frenar esa transformación, en la que los árabes suníes se sienten perdedores.

“Es comprensible su decepción frente a la satisfacción de Teherán que ha aumentado su influencia a pesar del golpe que supuso que Arabia Saudí no respaldara el barril de petróleo a 100 dólares, algo que a menudo ignoran los comentaristas árabes; además, exageran la amenaza militar de Irán, que no es tal si se compara con la capacidad de disuasión [de las monarquías del Golfo] y su aliado EE. UU.”, explica sir Richard Dalton, antiguo embajador británico en Teherán y actual investigador en el centro de estudios Chatham House.

La mayoría de los analistas, incluidos quienes se alinean con las tesis más antiiraníes, coinciden en que el éxito iraní es sobre todo una cuestión de oportunismo. Teherán ha sabido jugar sus bazas frente a la parálisis de Arabia Saudí que, en su defensa del statu quo, ha encajado mal los cambios desatados por el derribo de Saddam Husein y la primavera árabe.

“Irán es oportunista. A mayor desintegración y desbarajuste de los vecinos, mayores oportunidades, pero su objetivo no es tragarse a esos países, como han denunciado [el primer ministro israelí, Benjamín] Netanyahu y los árabes del Golfo, sino avanzar sus intereses estratégicos”, señala sir Dalton.

Prueba de ello es también ha respaldado a grupos suníes como el Hamas palestino o los kurdos iraquíes, aunque a medida que sus rivales regionales han jugado la carta confesional, sus acciones también se han vuelto más sectarias.

“Los últimos acontecimientos evidencian el total fracaso de la estructura de seguridad existente en el golfo Pérsico y en todo Oriente Próximo, que se ha basado en una arrolladora presencia militar de EE. UU., el liderazgo regional de Arabia Saudí, y la exclusión y aislamiento de Irán”, interpreta por su parte Mehran Kamrava, director del Centro de Estudios Regionales de la Universidad de Georgetown en Qatar.

De ahí que la posibilidad de un “gran pacto” regional al hilo del acuerdo nuclear inquiete a las monarquías árabes. “Si se firma, y estamos en los últimos cinco minutos, Irán será reconocido como potencia regional, un Estado con capacidad atómica, y eso representa un reto estratégico enorme para Arabia Saudí y el resto de los países del Golfo”, advierte Abdulla.

Aunque el ascenso de Irán supone una pérdida de influencia en la región para los árabes, los analistas sugieren que la forma de abordar los cambios no es el enfrentamiento sino la cooperación, por ejemplo en la lucha contra el Estado Islámico (Kamrava). El temor, sin embargo, es que aumente el rechazo hacia Irán y, en consecuencia, “la desconfianza y represión sobre las minorías chiíes” (Zaccara).

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