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Yarmuk, la puerta de los yihadistas hacia Damasco

La guerra entre régimen e integristas amenaza con destruir el barrio palestino

Un hombre camina entre los escombros del campo de refugiados de Yarmuk, en Damasco.

Hace ya tiempo que Yarmuk dejó de ser un campo de refugiados para convertirse en un barrio más de la periferia de Damasco, la capital siria. Hace tan sólo cinco años, el bullicio de los comercios y de los 160.000 refugiados palestinos que lo habitaban saturaba diariamente las calles principales del campo. El bajo coste de los alquileres atrajo a muchos sirios trabajadores que durante el día realizaban el trayecto de los ocho kilómetros que les separan del centro de Damasco. Hoy, en la entrada del campo, la reciente embestida de los grupos yihadistas Frente Al Nusra y Estado Islámico, en una batalla abierta con milicianos palestinos y el Ejército regular sirio, ha convertido lo que fueron inmuebles de cinco plantas en una montaña de escombros.

A diferencia del Líbano o de Jordania, los palestinos disfrutan en Siria de los mismos derechos y obligaciones que los ciudadanos sirios. El acceso a la educación o a la salud pública hacían de Yarmuk una miniciudad, donde las nuevas generaciones seguían mirando hacia Jerusalén y clamando su derecho al retorno, pero viviendo una vida plenamente integrada junto a los sirios. Incluso los varones palestinos son llamados a realizar el servicio militar regular. Esa vida como ciudadanos de pleno derecho es lo que empujó a cerca de medio millón de palestinos de Siria a mantenerse neutrales durante el conflicto.

Yarmuk, la puerta de los yihadistas hacia Damasco

Pero la estratégica situación geográfica de Yarmuk ha acabado por precipitar al campo y condenarlo a las dinámicas del conflicto. El campo corta la autopista que circunvala Damasco. Transcurrido el primer año de guerra, cuando los rebeldes se hacían fuertes a las puertas de la capital y amenazaban con llegar al corazón del régimen, esta autopista sirvió de cortafuegos.

El 16 de diciembre, ignorando todos los acuerdos previos con las diferentes facciones palestinas, centenares de rebeldes islamistas entraban en masa por el empobrecido barrio de Hajar el Asuad, al sur de Yarmuk y feudo rebelde conservador. La aviación siria respondía bombardeando el campo.

Al igual que otros frentes entre tropas regulares sirias y rebeldes, este quedaba estancado con esporádicos intercambios de tiros y ataques de francotiradores. Pero las condiciones de vida dentro se deterioraban. “Ya no queda arroz, ni lentejas. Comemos hierbas hervidas, y hasta la carne de los gatos”, relataba a este diario Baraa, una habitante de Yarmuk en enero de 2014.

El lunes pasado, el cerco se cerraba de nuevo sobre los 18.000 civiles que permanecen en Yarmuk. Unos 200 lograban huir por la plaza de la Batija y a través de los controles de combatientes palestinos y del Ejército sirio. Al Nusra traicionaba a sus hasta entonces aliados combatientes palestinos que permanecen en el campo, al abrir el camino a los hombres del Estado Islámico. Los dos millares de milicianos palestinos estimados se ven aprisionados entre las tropas sirias apostadas en la entrada norte de Yarmuk, y el empuje de los yihadistas por el sur. “Ya no les queda munición apenas, y el campo está cerrado a cal y canto”, afirma Salah, del Frente Popular para la Liberación de Palestina, en una conversación telefónica.

Según los voluntarios, el Ejército sirio permanece apostado en la entrada norte del campo, con tanques y tropas en los edificios más altos que rodean Yarmuk. El régimen sirio no permitirá un avance yihadista a tan sólo ocho kilómetros a las puertas de su Palacio presidencial, y del corazón de la capital leal al régimen. Por este motivo, la comunidad palestina teme una destrucción total del campo a manos de la aviación siria. Aquellos que simpatizan con los rebeldes y los opositores al régimen sirio no entienden cómo los yihadistas arriesgan una condena de la comunidad suní internacional al atacar a los “hermanos palestinos” en Siria. “Si los yihadistas avanzan, Yarmuk se convertirá en un nuevo Naher al Bared”, repiten descorazonados un grupo de jóvenes palestinos en un café de Beirut. Hacen alusión al campo de refugiados palestinos de Naher al Bared, en el norte del Líbano, destruido por completo tras tres meses de combates en 2007 entre facciones yihadistas y el Ejército libanés. Las viviendas de 30.000 personas fueron reducidas a escombros. Siete años más tarde, tan sólo un tercio del campo ha sido reconstruido.

La sombra de Naher al Bared planea sobre muchos palestinos de Yarmuk que temen ser refugiados por segunda vez, esta vez de un conflicto ajeno, y perder todas las ventajas que les dio ese campo convertido en un barrio más de las afueras de la capital siria.