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Una yihad con el sello de África

Grupos como Boko Haram y Al Shabab son capaces de atacar en varios países

Las fronteras porosas facilitan la extensión del salafismo

Dos hombres llevan a un herido del asalto de Al Shabab al hotel Al Mukarama de Mogadiscio, el pasado 27 de marzo.
Dos hombres llevan a un herido del asalto de Al Shabab al hotel Al Mukarama de Mogadiscio, el pasado 27 de marzo. REUTERS

El patrón se repite: un joven de veintitantos, universitario, inteligente, sociable, poco sospechoso de radicalismo, que un día desaparece y al tiempo asesina a punta de fusil. Ese es, grosso modo, el perfil de uno de los autores tunecinos del ataque del mes pasado al museo del Bardo, Yassine Abidi, de 27 años; pero también lo es de Mohamed Abdirahim Abdullahi, de 24 años, uno de los terroristas del grupo Al Shabab que perpetró el 2 de abril el asalto al campus universitario de Garissa, en el este de Kenia.

Ambos atentaron a las órdenes de una organización transfronteriza liderada por extranjeros: Abidi, según las autoridades tunecinas, bajo el sello de Okba Ibn Nafaa, dirigida por argelinos; Abdullahi, keniano, cumpliendo con los planes de la milicia somalí. Los dos mataron a compatriotas en suelo nacional. Y lo hicieron, pese a los casi 8.000 kilómetros que les separa, bajo el mismo paraguas, el de la todavía influyente red de Al Qaeda. Así es el yihadismo regional que atraviesa África de este a oeste y en torno al Sahel.

“Estos grupos no forman parte aún de una yihad global”, señala el teniente coronel Jesús Díez Alcalde, del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), “pero sí de una yihad regional porque pueden atentar fuera de sus fronteras y cuentan con milicianos de países vecinos”. Organizaciones como Al Shabab, instalada en el sur de Somalia, Boko Haram, en el noreste de Nigeria, o Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), debilitada en el Sahel tras la ofensiva francesa en Malí en 2012, no tienen sobre el papel la capacidad para atentar en Occidente que logró el fallecido Osama bin Laden o la que pretende ahora el grupo sirio-iraquí Estado Islámico (EI). ¿Están coordinados estos grupos africanos? “Ni están coordinados ni centralizados todavía, pero sí hay conexiones, mantienen reuniones entre ellos y han compartido entrenamientos”, apunta Díez Alcalde. El analista del IEEE recuerda la suerte de paz alcanzada en 2012 en Malí entre AQMI y una de sus escisiones, Mujao, en presencia de milicianos de Boko Haram.

Periodistas presentes en marzo de aquel año en la ciudad maliense de Gao pudieron ver cómo decenas de pick-ups llegaban a la ciudad. Era una ofensiva con presencia de combatientes tuaregs, pero liderada por yihadistas de AQMI y de sus grupos satélite Mujao y Ansar Dine. En la Dirección General de la Juventud se instaló un grupo armado que hablaba hausa. “Eran nigerianos”, asegura Moussoudou Oyahitt, director de la emisora local La Voz de los Jóvenes. “Con el tiempo nos enteramos de que eran miembros de Boko Haram”. El analista somalí Abdi Samad lleva años señalando la presencia de milicianos de Boko Haram en Somalia, mientras que los servicios de inteligencia estadounidenses saben que el cerebro del atentado de 2011 contra la sede de la ONU en Abuya, la capital nigeriana, el camerunés Mamman Nur, obtuvo refugio y entrenamiento en campos somalíes.

La atomización de AQMI —escisiones como Jund al Khalifa se han unido incluso al EI— en el norte magrebí y la guerra a Boko Haram y Al Shabab no han evitado que el terrorismo africano de corte salafista, ideología que comparten con sus colegas de Mesopotamia —con los que difieren en otras cosas, como el uso de amuletos de guerra— sitúe la alerta en el continente en su grado más alto. Analistas y Gobiernos coinciden en señalar los mismos condicionantes: la porosidad de las fronteras, la ausencia del Estado allí donde se levantan santuarios yihadistas, y un desierto incontrolable. El analista camerunés Martin Ewi, del Instituto para el Estudio de la Seguridad (IES), añade algo más a la ecuación: “Hay causas domésticas en la base de cada uno de estos grupos violentos”.

La ofensiva militar en el noreste de Nigeria ha hecho que la secta islamista liderada por Abubaker Shekau perdiese la mayor parte de las localidades que controlaba en los Estados de Borno, Yobe y Adamawa. No obstante, Boko Haram, ligada ya oficialmente al EI y a las órdenes por tanto del califa Abubaker al Bagdadi, ha demostrado en los últimos meses capacidad para cruzar la frontera y golpear en Níger y Camerún. De este último país, Shekau ha sacado también hombres para sus filas.

También ha perdido fuerza la milicia somalí Al Shabab desde que en agosto de 2011, la operación militar de las tropas de la Unión Africana le obligase a abandonar la capital, Mogadiscio, para centrarse en gobernar el sur —e instaurar allí una versión muy rigorista de la ley islámica— y en atentados tanto contra objetivos diplomáticos dentro del país como contra los vecinos Kenia y Uganda. “Los terroristas buscan terrenos donde vender su ideología”, apunta Ewi. Y Al Shabab ha encontrado tierra fértil en el vecindario, lo que explicaría el boom de los “milicianos extranjeros”, entre ellos kenianos, yemeníes, tanzanos, árabes con pasaporte estadounidense, británicos, noruegos… Kenia es, sin embargo, su principal foco de atracción y destrucción. “La dureza militar contra la milicia”, afirma Ewi, “ha salpicado a la numerosa comunidad somalí de Kenia, que se siente tratada injustamente”. El analista del IES cree que esto y la “pérdida de poder en Somalia”, han disparado “los alistamientos en Kenia”.

Hace dos años y medio que Al Shabab perdió el puerto de Kismayo, desde donde se beneficiaba, por ejemplo, del comercio de carbón vegetal, una fuente de financiación de peso también para la despiadada milicia fundamentalista cristiana Ejército de Resistencia del Señor, de Joseph Kony. Los fondos del terrorismo africano comparten vías. “Puede haber sin duda conexión”, señala Díez Alcalde, “en las rutas del crimen organizado, en el tráfico de personas, armas… Si entra droga por Guinea Bissau hacia Malí, y de ahí va al sur, los diferentes grupos de la región lo sabrán”. Como muchos supieron del arsenal abandonado por los gadafistas en la ofensiva de la OTAN.

Precisamente Libia es considerado hoy el principal santuario yihadista en el norte de África. Hacia allí se han dirigido muchos de los miembros de AQMI huidos de Malí. Por allí se ha visto, según publica el semanario Jeune Afrique, al argelino Mokhtar Belmokhtar, uno de los principales líderes terroristas de la región, hoy líder del grupo Al Mourabitoun. Y también allí, en la franja costera norte, el EI ha decidido construir su mayor filial fuera del califato sirio-iraquí.

Con información de José Naranjo y Gemma Parellada.

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