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Cuando Hillary empezó a ser Hillary

En Wellesley, la universidad donde dio sus primeros pasos en la política, la candidata demócrata es una figura venerada: una líder para los libros de historia

Hillary Clinton con Obama y el vicepresidente Biden en la Situation Room de la Casa Blanca el 1 de mayo de 2011 siguiendo la operación contra Bin Laden. Reuters-LIVE! / Casa Blanca

Hillary apoyaba entonces a los republicanos. Era una de sus primeras campañas electorales y reclutaba voluntarias en Wellesley College, la universidad donde estudiaba.

“La chica que no quiera salir a la calle a estrechar manos puede mecanografiar cartas o dedicarse al trabajo de oficina”, declaró Hillary Rodham a The Wellesley News.

La archivera de la universidad ha colocado en una mesa los volúmenes encuadernados de los años sesenta del semanario de Wellesley. Entre ellos, el ejemplar del 13 de octubre de 1966, con la noticia sobre la campaña para las elecciones locales y estatales de aquel año. También carpetas con recortes de periódicos. Y una copia de la tesis de final de carrera de su alumna más ilustre.

Hillary Rodham es hoy Hillary Clinton y se embarca en otra campaña. Esta vez la candidata es ella. Quiere llegar a la Casa Blanca.

Todo empezó aquí, en este campus de construcciones góticas en las afueras de Boston (Massachusetts), unos años antes de conocer a Bill Clinton, su futuro marido y presidente de Estados Unidos. En Wellesley, Hillary dejó de ser republicana y se convirtió en demócrata; su nombre salió por primera vez en los papeles; y, el 31 de mayo 1969, en el acto de graduación de su promoción, pronunció su primer discurso ante una audiencia de centenares de personas.

Ahora, profesores, alumnas y administrativos la veneran. Es una figura casi intocable. La exalumna con más éxito. La que, con su nombre, atrae a nuevos estudiantes y con la que siempre se asociará a este campus. La que aspira a ser, después de 44 hombres, la primera mujer presidenta de Estados Unidos.

Wellesley, ahora como hace medio siglo, es un lugar especial, una isla donde las mujeres pueden educarse y liderar sin la sombra de la discriminación 

En Wellesley, Hillary Clinton ya es presidenta.

“Pese a nuestras diferencias ideológicas, y pese a que discrepe en algunas cosas, es una mujer que ha logrado tantas cosas y ha hecho tanto por romper el techo de cristal que no puedo hacer más que respetarla”.

La estudiante Lizamaria Arias es miembro de la dirección ejecutiva del Partido Republicano en Wellesley. En sus primeros años aquí, Hillary Rodham fue la presidenta de las Young Republicans, la misma organización a la que pertenece Arias.

En un campus donde los progresistas son mayoría, Lizamaria, como Hillary en 1966, es una excepción. Ella dice que es republicana porque cree en la libertad del individuo para labrarse su propio camino.

Clinton en Wellesley College. Getty

¿Votaría por Hillary Clinton? “No estoy preparada para contestar. Pero sin duda lo consideraría”, responde. En tiempos de polarización política, encontrar en Estados Unidos a un republicano dispuesto a votar a Clinton es una anomalía. Sólo puede ocurrir en Wellesley.

Lizamaria Arias, nacida en 1995 en el estado de Maryland, es hija de un guatemalteco y una colombiana. Pertenece a la minoría latina, la más pujante del país con más de 50 millones en un país de más de 310 millones.

Es posible que, sin Hillary Clinton, Arias no hubiese estudiado en Wellesley. Explica que a los 16 o 17 años leyó ‘Historia viva’, sus memorias. Descubrió que la mujer que fue primera dama de Estados Unidos en los años noventa, senadora y candidata a la nominación del Partido Demócrata en la década pasada y secretaria de Estado después, fue alumna de Wellesley y que Wellesley forjó su carácter.

Para las alumnas de Wellesley, Hillary Clinton es una personalidad cercana y remota, un personaje para los libros de historia. Cuando Bill Clinton juró por primera vez el cargo de presidente, faltaban dos años para que Lizamaria Arias naciese. Cuando Bill y Hillary abandonaron la Casa Blanca al final del segundo mandato, tenía seis años. El drama por las relaciones de Bill con la becaria Monica Lewinsky, la guerra de Irak, la derrota ante Barack Obama en la nominación demócrata en 2008, son recuerdos lejanos o episodios que ha conocido por los libros o por personas mayores.

Clinton es pasado. Y es futuro: la esperanza de que sea ella quien rompa el techo de cristal de la presidencia, este límite que a simple vista parece inexistente pero que ninguna mujer ha franqueado en este país. Sus años en Wellesley forman parte de la memoria de la institución.

¿Publicar fotos de la tesis de Hillary Clinton? No sin permiso. “Le advierto de que la señora Clinton posee el ‘copyright’ de este material”, dice la archivera.

Como estudiante de ciencias políticas creo que una cosa es la política y otra la vida personal. Son cosas distintas”

¿El escándalo Lewinsky? Una representante del campus que supervisa una entrevista a dos alumnas tercia: “Creo que esto no entra en el ámbito de su papel como mujer afiliada a Wellesley”. Una alumna responde: “Como estudiante de ciencias políticas creo que una cosa es la política y otra la vida personal. Son cosas distintas”.

Wellesley, ahora como hace medio siglo, es un lugar especial, una isla donde las mujeres pueden educarse y liderar sin la sombra de la discriminación y la competición masculina. Es una de las ‘seven sisters’, o siete hermanas, la versión exclusivamente femenina de la Ivy League, la élite de la élite en la educación superior estadounidenses.

Sin Wellesley, Hillary nunca habría sido lo que es.

“El increíble aplomo y confianza en sí mismas es algo que no deja de impresionarme de las estudiantes de 18 o 19 años en Wellesley. En otros campus esto no existe”, dice Arias. “Aquí las mujeres son mujeres. No las describiría como chicas”.

Cuando Hillary Rodham, nacida en 1947, llegó al campus en 1965, era una muchacha de los barrios de clase media en el norte de Chicago, y Wellesley, una institución tradicional que formaba a buenas esposas y madres.

“La mayoría de mujeres que se graduaron en 1969, como la mayoría de mujeres que aquel año iba a la universidad, preveían trabajar sólo hasta que se casasen o tuviesen el primer hijo. Pocas se graduaron con objetivos y planes profesionales. La mayoría aún creía que es mejor que los hombres se ganen el pan y las mujeres sean esposas”, escribió, tres décadas después, la periodista Miriam Horn en ‘Rebels with white gloves’ (Rebeldes con guantes blancos), un libro sobre las mujeres de la promoción de Hillary Clinton.

Alan Schechter las conoce. Con Hillary Clinton se cartea y habla esporádicamente.

Conversar con Schechter, profesor emérito de ciencias políticas, es una inmersión en el Wellesley de los años sesenta, un momento de explosión social y política. “En 1962, el colegio no me habría contratado si yo no hubiera estado casado. Les preocupaban mucho los hombres solteros”, dice.

Wellesley era una burbuja. Este campus no era Berkeley: los ecos de las protestas estudiantiles, de Vietnam y del movimiento por los derechos civiles llegaban amortiguados.

Clinton, en el centro, durante su etapa universitaria. Corbis

“En la primavera de 1968, Hillary todavía era republicana, aunque moderada”, recuerda Schechter, que vio en ella “habilidades de liderazgo en pleno desarrollo”. El profesor le consiguió una beca para trabajar durante el verano con el grupo republicano en el Congreso, en Washington, con el congresista Melvin Laird.

Estados Unidos era un país en metamorfosis. Como Hillary. Las leyes sobre los derechos civiles, la incipiente lucha por la igualdad de las mujeres y las dudas sobre la guerra de Vietnam —miles de muchachos coetáneos suyos morían en la jungla del sureste asiático— contribuyeron a su transformación.

“Regresó en otoño de 1968 y me dijo: ‘Quiero escribir una tesis de final de carrera sobre la pobreza’”, dice Schechter. “Esto era un signo de que su ideología había cambiado”.

La tesis, de 88 páginas, lleva por título 'Sólo existe la lucha… Un análisis del modelo Alinsky'. Se trata de un estudio sobre el izquierdista Saul Alinsky, el activista de Chicago que años después inspiraría al joven Obama.

Hillary Rodham se había vuelto demócrata, pero no revolucionaria ni hippy. Cuando hubo que cambiar las normas que regulaban la entrada de chicos en Wellesley, prefirió el diálogo con las autoridades universitarias a la confrontación.

“Algunos estudiantes querían tomar el edificio de la administración. La visión de Hillary era: ‘Veamos cómo les convencemos de que nosotros tenemos razón y ellos no’. Es un enfoque pragmático”, dice el profesor. Pura triangulación, por usar la palabra que designaría los equilibrismos ideológicos del matrimonio Clinton en los años de la Casa Blanca.

Cuando hubo que cambiar las normas que regulaban la entrada de chicos en Wellesley, prefirió el diálogo con las autoridades universitarias a la confrontación

El paso de Hillary por Wellesley concluyó con el discurso de graduación. Por primera vez hablaba una estudiante, además del invitado de honor, que aquel año fue Ed Brooke, senador republicano (y negro) por Massachusetts. Brooke criticó en su discurso las “protestas coercitivas” de las nuevas generaciones. Hillary reaccionó improvisando y criticando al senador. Causó un pequeño escándalo.

“Ella se veía como una igual con Ed Brooke”, dice Schechter. El diario The Boston Globe y la revista Life se hicieron eco de sus palabras.

“Habla en nombre de su generación”, decían unos. “¿Pero quién se ha creído?”, se indignaban otros. “Los elogios y los ataques”, escribió Hillary Clinton en sus memorias, “anticiparon lo que vendría más tarde”.Hillary ya era Hillary. Tras graduarse en Wellesley, ingresó en la escuela de leyes de Yale. Allí conoció a Bill.

El Wellesley de 2015 es un lugar tan idílico y aislado como entonces. Sigue siendo sólo para mujeres (Vassar, otra de las ‘siete hermanas’, es mixta desde 1969). Pero Estados Unidos no ha dejado de transformarse. Como el campus.

“Wellesley aceptará peticiones de ingreso de mujeres trans”, se lee en la primera plana del número del pasado 11 de marzo de ‘The Wellesley College’. Las aulas se abrirán a cualquier persona que se identifique como mujer, aunque haya nacido hombre.

¿Una mujer presidenta? En 1969 habría sido casi tan difícil de imaginar como la admisión de transexuales.

¿Y una latina presidenta?

“Quien sabe lo que traerá el futuro”, responde la latina (y republicana) Lizamaria Arias a la pregunta sobre si se ve algún día en el cargo. “No puedo contestar en este momento. Si el país lo necesita, nunca voy a decir no a mi país. Pero tampoco es lo que me propongo ahora. Están bien lejos ahorita. Esto es lo bueno de este colegio. Ser presidente no es algo que esté muy fuera del alcance. Me encanta el mensaje de Wellesley”.

—¿Cuál es el mensaje? ¿Que todo es posible?

—Básicamente, sí. Con mucho trabajo.

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