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Se apagó la cámara, se apagó el activista

El fotógrafo Rubén Espinosa apenas usaba el celular, cambiaba de casas para dormir y nunca le contó su problema a sus padres

Rubén Espinosa, en Jalapa en enero de 2014
Rubén Espinosa, en Jalapa en enero de 2014 REUTERS

Uno de los primeros trabajos de Rubén Espinosa en Veracruz fue hacerle fotos a Javier Duarte. El entonces candidato del PRI a gobernador del Estado contrató en 2009 al joven fotoperiodista para aquella campaña electoral que ganó con holgura. Tenía 25 años. Y pronto abandonaría su puesto de fotógrafo de cámara para curtirse en el peligroso zafarrancho del periodismo local.

Seis años después, el pasado junio, Espinosa se tuvo que ir de Xalapa, capital de Veracruz. Sintió que su vida corría peligro. Unos desconocidos armados habían empezado a seguirlo. Hacían guardia en la puerta de su casa, le sacaban fotos, dijo que llegó a sentir su aliento a un palmo. Denunció las amenazas y apuntó directamente a aquel hombre que algún día fotografió, Javier Duarte.

La salida iba a ser un paréntesis. Tenía pensado volver a Veracruz. Allí había dejado a su novia, a sus amigos, a su casa y con las prisas por ponerse a resguardo en el Distrito Federal, a su propio perro. El cadáver de Espinosa apareció el viernes pasado, con dos tiros en el pecho y uno en la cabeza, junto con otras cuatro mujeres asesinadas, en un apartamento de la ciudad que pensó que lo podía salvar.

Su cadáver apareció el viernes pasado con dos tiros en el pecho y uno en la cabeza junto con otras cuatro mujeres asesinadas

En la capital se sentía más protegido, menos vulnerable. Había regresado a casa de sus padres, en la zona de Santa Fe, y algunos amigos periodistas habían tejido una red de apoyo para arroparlo. “Siempre estaba muy nervioso, todos lo notábamos. No había bajado la guardia. Estaba tomando ayuda psicológica”, cuenta una amiga. “Seguía muy tenso y le costaba relajarse. Pensaba que todo el mundo le vigilaba. Él mismo llegó a pensar que estaba paranoico”. Espinosa había contactado con organizaciones de derechos humanos del DF y ya estaba en marcha una campaña de denuncia sobre la situación límite que sufre la prensa en Veracruz, donde han muerto 15 periodistas en los últimos cuatro años. Entendía que al hacerse visible, quedaría más blindado.

Ese permanente estado de alerta le había llevado a esconder ante su familia los motivos de su vuelta a casa. “Decía que solo se lo había contado a su hermana, pero que no quería que sus papás supiesen nada”. Rara vez dormía tres noches seguidas en la misma casa y apenas usaba el teléfono móvil. Según el relato de sus amigos, el jueves por la noche había ido a casa de una amiga de Veracruz. Nadia Vera, miembro del movimiento estudiantil de Xalapa, fue una de las cinco víctimas. La investigación del multihomicidio por parte de la Fiscalía del DF está de momento envuelta en hermetismo.

Su entorno le recuerda como un chico tranquilo, enamorado de la fotografía y con una fuerte conciencia social. Le gustaban los legendarios grupos españoles de punk de los noventa. “Venía a veces con camisetas de La Polla Records, Eskorbuto, y así”.

Como fotoperiodista freelance Espinosa estaba especializado en la cobertura de movimientos sociales y protestas estudiantiles. Veracruz se convirtió en 2012 en uno de los focos más activos del movimiento universitario #YoSoy132. La figura del gobernador Duarte encarnó sus reclamaciones de más calidad democrática ante las elecciones federales de aquel año, que coincidieron además con el asesinato de la veterana periodista Regina Martínez, que investigaba las supuestas conexiones entre las mafias del narcotráfico y el poder político local.

Trabajaba como freelance para una dos agencias y el semanario Proceso. Pero desde su regreso al DF, sus ingresos habían adelgazado

“Rubén no cubría temas de seguridad o de crimen organizado, más allá de alguna nota de actualidad. Pero sí trabajaba en las protestas sociales. Además, desde los primeros asesinatos a compañeros participó activamente en las movilizaciones de periodistas para exigir justicia. Se había convertido en un fotógrafo incómodo para el gobierno. En los últimos tiempos no le dejaban entrar siquiera a los eventos institucionales”, explica Pedro Valtierra, director de la agencia mexicana de fotoperiodismo Cuartoscuro, una de las empresas con las que colaboraba Espinosa.

Trabajaba también para una agencia local veracruzana y para el semanario Proceso. Pero desde su regreso al DF, sus ingresos habían adelgazado. “Estaba angustiado por asuntos económicos. Con unos 5.000 pesos al mes no le alcanzaba. Quería volver a Xalapa pero a la vez estaba tanteando trabajos por aquí”, cuenta otro amigo fotógrafo. “Era técnicamente bueno, con mucho entusiasmo por los temas. La semana pasada llamó a la agencia para que le diéramos chamba. Habíamos quedado en vernos y cerrar los detalles. Estaba listo para empezar a trabajar”, añade Valtierra.

Hay una foto de Espinosa que su entorno señala como paradigmática. Es una portada de febrero de 2014 de la revista Proceso, caracterizada por su línea editorial contra el poder político mexicano. Aparece Javier Duarte en primera plana, de perfil, camisa blanca, gorra azul de policía. Mira a la cámara. Veracruz: estado sin ley era el título de aquella portada.

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