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OPINIÓN

Los campos de concentración

Esta zona oscura de la historia del siglo XX debe salir a la luz, para que no vuelva a repetirse

Que Manuel Valls, el primer ministro francés, inaugure el Memorial de Rivasaltes, es una noticia muy saludable para la historia, así como es desconcertante la ausencia de autoridades españolas, en ese acto lleno de connotaciones para los dos países. Porque las zonas oscuras, deliberadamente ocultas de la historia, desfiguran el pasado y perturban el horizonte, y sin ese horizonte bien despejado resulta difícil, si no imposible, proyectar un futuro decente, es decir, sin los errores, las torpezas, los abusos que ya se han cometido una o varias veces.

Es muy importante la presencia del Gobierno francés en Rivesaltes, en ese espacio que sirvió de campo de concentración, donde estuvieron prisioneros miles de republicanos españoles que cruzaron la frontera en 1939, y después, a lo largo del siglo XX, fueron encerrando a judíos, apátridas, inmigrantes sin papeles e indeseables en general. Es muy importante porque significa que esa zona deliberadamente ignorada de la historia, ha sido por fin reconocida después de 76 años.

Muy cerca de Rivasaltes estaba otro campo de concentración, Argelès-sur-Mer, donde había más de 100.000 soldados republicanos españoles, que en el mes de febrero de 1939, dormían a la intemperie, a temperaturas bajo cero, y trataban de sobrevivir sin leña para hacer fuego, sin mantas, sin comida. En ese campo de concentración, en esa playa, murieron miles de españoles de frío y de enfermedades mal atendidas. Para conciliar el sueño en aquella playa infernal, escarbaban agujeros en la arena y se turnaban para hacer guardias: uno despertaba a los demás, cada cinco minutos, para evitar que murieran congelados durante el sueño. Hoy en la playa de Argelès-sur-Mer, exactamente ahí donde murieron miles de españoles, hay una importante infraestructura turística, bares, restaurantes, hoteles, camastros donde los ciudadanos franceses, que ignoran que ahí hubo un campo de concentración, exponen durante el verano sus cuerpos al sol.

Argelès-sur-Mer, y el resto de los campos de concentración que había alrededor, sigue en la zona oscura y quizá, a partir del gesto que ha tenido el Gobierno francés con el Memorial Rivasaltes, comience a integrarse en la historia el vergonzoso capítulo de esos campos que hasta hoy, en pleno siglo XXI, la mayoría de los franceses y de los españoles ignoran. Fue muy desconcertante, como decía al principio, la ausencia de autoridades españolas, porque ese capítulo vergonzoso atañe directamente a los dos países: uno encerró en campos de concentración al medio millón de republicanos que expulsó el otro, como si perder la guerra no hubiera sido ya castigo suficiente. Esos campos de concentración deben salir a la luz, integrarse a los libros de historia y enseñarse en las escuelas, para que a nadie se le ocurra volverlos a implantar.