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El dilema del carbón en Polonia: polución o dependencia energética

La negativa del país a recortar la minería toma el debate electoral y lo enfrenta a Bruselas

Unos mineros protestan en Ruda Slaska (Polonia), el 13 de octubre de 2015.
Unos mineros protestan en Ruda Slaska (Polonia), el 13 de octubre de 2015. AFP

Entre la niebla se acerca "el hombre que ama el acero". Así llaman sus compañeros del Museo Silesio a Piotr Sworzen, un arqueólogo industrial, aficionado a los recuerdos militares y diseñador de tanques, que recorre las minas de la región negociando adquisiciones para el museo. Su pieza estrella es una máquina de vapor. Los cuidadores abren la nave para mostrarla porque está cerrada al público. "Hace demasiado frío y no tenemos calefacción", cuenta uno. El museo se inauguró en junio en una mina cerrada en 1999. Se reparte por torres de extracción de carbón y naves del siglo XIX a medio rehabilitar. Muchas piezas conseguidas por Sworzen se mojan aún bajo la fina lluvia.

Esta instalación, dedicada a la historia industrial de una región donde se concentran 37 de las 38 minas del país, es parte de un gran proyecto para recuperar el brillo de Katowice (301.000 habitantes), una ciudad deslucida por el hollín y los aires de grandeza pasada. En pocos años se han inaugurado auditorios, centros comerciales, se ha potenciado como centro universitario, el paro en la región ha bajado del 13% al 8%... "Katowice está cambiando mucho", asegura una estudiante.

La razón de este esfuerzo por repensar la ciudad es que la minería en Polonia (la mayor de Europa) se hunde, y no sin hacer ruido. Su colapso ha sido una de los protagonistas de la campaña electoral, que se cierra este domingo con una votación en la que el partido ultraconservador Ley y Justicia parte con una ventaja de 14 puntos sobre la derecha liberal de la Plataforma Cívica. El país se debate entre la razón económica (abandonar un sector no productivo y altamente subvencionado) y la estratégica (usar el carbón para frenar la dependencia de gas ruso); entre los compromisos internacionales (la Unión Europea le exige cortar las emisiones de CO2) y las presiones nacionales (la fuerza de los mineros). En este contexto, los dos partidos han entrado en una espiral de promesas al sector, que parecen difíciles de mantener.

Entre las cuatro minas de la compañía pública KHW está la más icónica de la ciudad, la Wujek (apelativo cariñoso para "tío"). Con 14.400 trabajadores, la empresa lucha por sobrevivir mientras los precios han caído el 20% en un año. Wojciech Jaros es su portavoz. "Por ahora el carbón es la única fuente de energía real en Polonia", explica. "En los próximos años el 50% de la producción eléctrica del país saldrá de su combustión", asegura, aunque no se hace ilusiones: "Entendemos que su importancia y rentabilidad se está reduciendo, pero en las próximas décadas el carbón aún tendrá su papel". Como responsable de una empresa pública, Jaros no critica al Gobierno, y asegura que su compañía está consiguiendo hacer más rentable el negocio con progresivos recortes de personal, "pero es que los objetivos han cambiado demasiado rápido: antes no se trataba de ser rentable sino de explotar hasta el final nuestra gran riqueza nacional".

Desde 2014 las minas le han costado al Estado 750 millones de euros. Polonia incluso importa carbón de países como Australia, de extracción más barata, y algunos expertos aseguran que un sector rentable no podría tener más de 10 minas, frente a las 38 existentes. Todos los Gobiernos han evitado reestructurar una industria que escapó a la terapia de choque poscomunista, en parte en reconocimiento por su resistencia durante la ley marcial, cuando en 1981, en la misma Wujek, nueve trabajadores murieron por tiros del ejército.

La Plataforma Cívica ha permitido el recorte de empleos (quedan 96.000, la mitad que en 2001) pero siempre a base de huelgas. Una de ellas llevó este jueves a miles de mineros que protestaban contra la caída de precios. La primera ministra Ewa Kopacz ha aprobado antes de elecciones un plan multimillonario en la región que incluye exenciones fiscales para empresas que usen carbón y préstamos para modernizar las plantas energéticas.

Ley y Justicia es todavía más firme en la necesidad de invertir en el sector y, dentro de su estrategia de reindustrialización del país, quiere construir ocho gigavatios de plantas eléctricas alimentadas por carbón. Y desliza que presentará a Bruselas una propuesta de exención de las obligaciones de recortar emisiones de CO2 (la exigencia de la UE es reducirlas en 2030 un 40% respecto a los niveles de 1990). "Nuestro proyecto económico rechaza el dogma de la descarbonización", declaró recientemente Piotr Naimski, responsable de la política energética del partido.

Gane quien gane el domingo, la apuesta es firme. El Estado ya está en proceso de creación de un campeón carbonífero en Katowice a partir del cadáver de la Kompania Weglowa. Ante la perspectiva de que ésta, la minera más importante de Europa, se quede sin liquidez para pagar a 40.000 trabajadores, el Gobierno anunció hace unas semanas que la incluirá en un fondo de inversión público junto a varias plantas energéticas y que, hasta que aparezca un supuesto comprador, transferirá 325 millones de euros a ese fondo para ayudar a la mina sin levantar la ira de los reguladores de competencia de la Unión.

El sindicato Solidaridad, el mayor del país, considera el plan un "insulto" ante el convencimiento de que la Comisión Europea lo tumbará. Slawomir Lukasiewicz, responsable de la plataforma Przerobka, tiene más matices. Sentado en su despacho entre fotos de piquetes y un calendario de mujeres en bikini, se alegra porque todos los partidos apuesten por "cuidar" su sector. En una opinión común en la región, Przerobka cree que el carbón de Silesia debería ser casi considerado una energía limpia. "Es tan bueno que contamina muy poco", insiste, "y con los avances tecnológicos lo hará menos". Lukasiewicz cree que prescindir del carbón sería un suicidio geoestratégico, y que no hay que someterlo a la lógica del mercado. Tampoco a la del cambio climático, que en Polonia se considera un problema secundario.

"La gente aquí siempre estuvo orgullosa del carbón. Trabajaban duro y veían que el dinero que producían iba a Varsovia", se despide en el Museo de Silesia otro de sus cuidadores. Pero puede que la distancia con el mundo de las mina no se mida sólo en kilómetros: apenas a 80, en Cracovia, el Ayuntamiento acaba de anunciar que prohibirá las calefacciones de carbón, responsables del 88% de la contaminación no industrial en el país. Cracovia es la tercera ciudad de la UE con más polución, según la Agencia Medioambiental Europea. La medida ha infundido esperanza entre los escuetos sectores ecologistas del país, que espera que pequeñas administraciones actúen donde el Gobierno tiene demasiadas hipotecas. En Silesia no celebran la noticia.