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El 57% de las personas con VIH en el mundo aún no reciben tratamiento

La OMS recomienda que se medique a todos los infectados desde el primer momento

Centro de tratamiento del VIH de Médicos sin Fronteras en Lingana (República Democrática del Congo) el lunes 30 de noviembre. AFP

La tranquilidad relativa con la que se afronta la infección por el VIH en los países occidentales no es extensiva al resto del planeta, que es donde se da la mayor parte de los casos. La clave está en el acceso a la medicación, esa combinación de fármacos que ha conseguido que la mayoría de las personas infectadas que la reciben hayan cronificado la enfermedad. En España, por ejemplo, el Ministerio de Sanidad calcula que más del 92% de las personas diagnosticadas están en tratamiento. Pero en el mundo, según los datos de Onusida, el panorama cambia: hay 16 millones de personas medicadas, lo que representa el 43% de los infectados. El resto, 21 millones (el 57% de los afectados) aún no tiene acceso a los antivirales.

España se borra de la lista de donantes

España está desaparecida de la lista de donantes al Fondo Mundial contra el Sida, la Malaria y la Tuberculosis. La crisis acabó con una cooperación que entre 2001 y 2013 supuso una aportación de más de 600 millones de euros. En 2011, a rebufo de una crisis de confianza en la organización por el mal uso de los fondos en algunos países, el Gobierno de Rodríguez Zapatero suspendió las aportaciones. Dejó incluso a deber los últimos 150 millones de euros comprometidos. Más tarde España anunció nuevas aportaciones. No lo cumplió.

Hace un año, Onusida calculaba que más del 50% de los afectados que la necesitaban ya recibían medicación. Era un gran logro. Y no es que haya habido un retroceso. Lo que ha ocurrido este año es que los criterios de la propia OMS han cambiado: ya no se establece que hay que tratar a partir de un determinado deterioro del sistema inmunitario (el que se destruye por el efecto de VIH). Ahora la evidencia científica ha demostrado que lo mejor es medicar desde el principio. Es preferible afrontar los posibles efectos secundarios de las pastillas que el deterioro del sistema inmunitario. Este lleva al sida, la inmunodeficiencia que causa que el afectado sufra múltiples infecciones, hasta llegar a un debilitamiento general que le ocasiona la muerte. Al cambiar los requisitos, ha aumentado el número de personas que deben ser tratadas. Y, de nuevo, hemos vuelto a que sean menos de la mitad de quienes lo necesitan.

Esta es la mayor novedad este año. En cifras generales, la epidemia mantiene su caída paulatina. Aunque aún se está lejos de controlarla. En 2014, último año con datos, aún hubo 1,2 millones de muertes asociadas al sida. Son muchas, pero confirman el descenso de los últimos años. En 2005 esta cifra alcanzó su máximo, con 2,2 millones. De las ocho regiones en que Onusida divide el planeta, en seis ha habido una disminución desde 2011, por ejemplo. Y ello incluye al centro y sur de África, donde se concentran los fallecimientos (790.000, el 65% del total), Asia-Pacífico y Latinoamérica, con 42.000 muertes, un 31% menos que en 2001, cuando la región llegó a su máximo. 

La disminución de los fallecidos ha supuesto que cada vez haya más personas que viven con el VIH. Estas son ya 36,9 millones. Esto, en sí, es una buena noticia, pero supone, sobre todo en países menos ricos, un importante esfuerzo para mantenerles la medicación. No solo económico, sino de infraestructuras.

También el número de nuevos infectados va en descenso. Ello se debe a las campañas de prevención y, sobre todo, al aumento de personas que siguen tratamiento antiviral. Este ha demostrado ser un eficaz freno para la propagación de virus. Las personas que lo toman y a las que les hace efecto —la mayoría— consiguen reducir la cantidad de VIH en su sangre tanto que se vuelven no infectivas. Pese a ello, el último año hubo dos millones de infecciones. Muchas, pero un 41% menos que los 3,4 millones de 1984.

Donde no se ven avances es en el número de personas que siguen sin saber su estado. En eso los países ricos y los pobres muestran la misma tendencia, con una pequeña diferencia: el porcentaje de personas que no saben que tienen el VIH se calcula que ronda el 30% en Occidente, y el 50% en África, por ejemplo.

Este dato es especialmente importante si se quieren cumplir los objetivos de tener controlada la epidemia en 2030. Para ello la OMS se ha fijado un objetivo intermedio: que, en 2020, el 90% de los infectados sepan que lo están; que, de ellos, el 90% reciba medicación; y que, de estos últimos, el 90% llegue a controlar el virus hasta mantenerlo indetectable en su sangre. Como se ve, un objetivo ambicioso a cinco años vista, que solo un mayor esfuerzo político y la ayuda de los genéricos, que han abaratado el tratamiento de los 6.000 euros anuales a 300 en los países más pobres, pueden conseguir.

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