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El pulso por la sucesión agita el escenario político de México

Peña Nieto cumple tres años de mandato con la popularidad por los suelos y un tablero electoral en plena ebullición

Peña Nieto, tras asumir el cargo en 2012. AFP

México ha entrado en un nuevo ciclo político. Cumplidos los tres primeros años de mandato de Enrique Peña Nieto, un aire de fin de reinado ha empezado a recorrer el país. La aceptación del presidente sigue bajo mínimos, las encuestas sucesorias se multiplican y toda una constelación de candidatos busca su lugar en el escenario. Aunque la verdadera lucha de poder aún se libra entre bambalinas, la carrera por la sucesión presidencial en 2018 ya ha dado comienzo. 

El cambio de ciclo arrancó en junio pasado. Las elecciones intermedias, en las que se decidía la composición de la Cámara de Diputados y de nueve gobernaturas, dieron cierre a la etapa reformista y mostraron el profundo cambio operado en la sociedad mexicana. Los grandes partidos, aunque mantuvieron su primacía, fueron castigados y perdieron perímetro electoral. Frente a su declive, la indignación ciudadana impulsó las candidaturas independientes. En el panorama surgieron elementos disruptivos como Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, un político de discurso llano y áspero que contra todo pronóstico se hizo con la gobernatura de Nuevo León, el segundo estado más rico de México. 

Tras esta tormenta, el presidente quedó varado. Con excepción de la batalla educativa, las iniciativas presentadas desde entonces han carecido del fulgor de sus primeros años. Para muchos analistas, ahora dedica más tiempo a la defensa de su legado reformista que a la apertura de nuevos horizontes. Y los golpes no dejan de caer. 

Ahora dedica más tiempo a la defensa de su legado reformista que a la apertura de nuevos horizontes, según los analistas

Desde que a finales de 2014 su popularidad se desplomase con la tragedia de Ayotzinapa y el escándalo inmobiliario de su esposa, Peña Nieto no ha encontrado un momento de paz. La crisis del petróleo ha lastrado el crecimiento económico, la esperpéntica fuga de El Chapo ha dañado su credibilidad, y la propia configuración del sistema electoral, que tan buenos réditos le dio al principio, ha empezado a pasarle factura. “El momento de Peña Nieto es malo; no ha logrado recuperarse de su caída de popular y su tendencia es declinante”, señala el experto en encuestas Roy Campos. “No tiene un problema de gobernabilidad, pero sí de cuestionamiento; la desaprobación es del 60%”, añade el especialista demoscópico Francisco Abundis.

La debilidad presidencial no es una sorpresa. México crea jefes de Estado con los pies de barro. Al carecer de segunda vuelta, los comicios se deciden con mayorías exiguas. En el caso de Peña Nieto, su victoria se obtuvo con un 38% de los votos emitidos, lo que sobre el censo apenas representó el 25%. A esta debilidad congénita se suma la imposibilidad de reelección. Enclaustrados en un solo mandato, los jefes de Estado ven cómo el paso del tiempo juega en su contra. El síndrome del pato cojo se agudiza y las ambiciones presidenciales emergen dentro y fuera del partido gobernante. 

México crea jefes de Estado con los pies de barro. Tienen un poder enorme, pero una autoridad limitada

Los primeros signos de esta efervescencia ya son visibles. Incluso algunos jugadores han saltado ya al campo de juego. El primero ha sido el dos veces aspirante presidencial Andrés Manuel López Obrador. Al mando de su propio vehículo electoral, Morena, este carismático aspirante parece llamado a desarbolar al PRD, hasta ahora la fuerza hegemónica de la izquierda, pero cuyo candidato natural, el jefe del Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, atraviesa horas bajas. “A López Obrador le conoce un 97% del electorado, casi tanto como al presidente. Mancera está 35 puntos por debajo”, explica Abundis. 

En la derecha, la batalla también está abierta. Enfrentada a la cúpula de su partido, Margarita Zavala, esposa del expresidente Felipe Calderón (2006-2012), ya ha proclamado su deseo de representar al PAN en las presidenciales. Y en caso de no lograrlo, ha amenazado con una candidatura al margen de su formación. Un cisma que debilitaría al único partido que hasta la fecha ha sido capaz de apear del poder al PRI. 

En esta última fuerza, la lucha se libra en la sombra. Nadie se ha movido públicamente. Pero en todos los rincones se escuchan pasos. No hay día en que uno y otro alto cargo no figure en los medios como posible sucesor. Entre ellos destaca el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, un especialista en atravesar incendios sin quemarse. Ni la tragedia de Iguala ni la fuga de El Chapo, dos asignaturas suspendidas por su departamento, han hecho mella en sus posibilidades. Las encuestas le sitúan en primer lugar. 

Otro aspirante en trayectoria ascendente es el antiguo jefe de la Oficina del Presidente y actual secretario de Educación, Aurelio Nuño. Considerado el delfín de Peña Nieto, ahora mismo libra la batalla de mayor envergadura política del Gobierno: la reforma educativa. Si vence el pulso con los sindicatos rebeldes, sus opciones se dispararán. 

A derecha e izquierda, los movimientos y codazos se multiplican. Es lo habitual tras el pistoletazo de salida. Pero esta vez, la refriega será distinta. En el universo político mexicano ha surgido un nuevo factor: las candidaturas independientes. Un 63% de la ciudadanía se manifiesta dispuesta a darles el voto. El favorito es El Bronco, quien ya ha advertido que pretende saltar al ruedo "si la gente se lo pide". Los especialistas consideran que de presentarse sólo un independiente, podría aglutinar el enorme descontento nacional. “No hay ningún partido-ferrari, y eso les abre espacio”, señala Campos. Por primera vez, la partidocracia mexicana se enfrenta a un enemigo real. La batalla no ha hecho más que comenzar.