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'IN MEMORIAM'

Douglas Tompkins, un filántropo incomprendido

El fundador de The North Face y Esprit compró medio millón de hectáreas en la Patagonia chilena para dedicarlas a la conservación

Douglas Tompkins, fotografiado en sus tierras en 2009. Ampliar foto
Douglas Tompkins, fotografiado en sus tierras en 2009. AFP

En Chile ha quedado un sabor amargo tras la muerte del empresario ecologista Douglas Tompkins a los 72 años. Pero no solo porque el norteamericano falleció por un motivo trágico, un accidente. Con su muerte el martes pasado por la tarde, después de que su kayak volcara cuando navegaba en el gélido lago General Carrera, entre los chilenos ha quedado la sensación de que se le trató con poca justicia. Radicado en el país desde comienzos de los noventa, se dedicó los últimos 25 años de su vida a comprar tierras de la Patagonia para asegurar su conservación. En Chile llegó a poseer unas 500.000 hectáreas de bosques, ríos y montañas para contribuir a la protección de estas áreas silvestres de la Tierra y combatir la crisis de extinción global. En el país, sin embargo, siempre se le vio con cierta desconfianza. Y tanto las autoridades de los primeros Gobiernos democráticos como parte de la sociedad nunca creyeron del todo que su objetivo último fuera donar las tierras al Estado, como lo comenzó a hacer en vida.

El exmandatario Ricardo Lagos (2000-2006), en cuya Administración mejoró la relación del Estado con el ecologista, señaló que “a ratos la labor de Tompkins fue incomprendida”. La presidenta Michelle Bachelet lo calificó como “un hombre innovador y generoso en la protección del patrimonio natural del planeta”. “Desde el principio dijo que los parques y santuarios que él tenía en Chile pasarían a ser bienes públicos, como ya lo hizo con el parque Yendegaia. En nombre de Chile le queremos agradecer su espíritu ecológico y visionario”, señaló la jefa de Estado.

Nacido en Ohio en 1943, visitó por primera vez Chile en 1961, a los 18 años. Pero aunque se dedicó durante buena parte de la juventud y adultez a las empresas, fundando las exitosas compañías The North Face y Esprit, volvió en múltiples ocasiones a la zona más austral del planeta para escalar, esquiar, navegar en kayak y hacer excursiones. En los años noventa, sin embargo, el norteamericano tomó la decisión de dedicarse a la conservación a gran escala y abandonar el mundo de los negocios: “No fue una epifanía, no es que me haya despertado un día y lo dejé. Simplemente seguí lo que siempre quise hacer”, recordó Tompkins el año pasado.

Como consideraba que la Patagonia era una zona vasta y remota del planeta amenazada por el desastre ecológico, comenzó a formar su imperio verde con la adquisición de tierras en Chile y Argentina. Lo primero que compró en 1991 fue una finca de 17.000 hectáreas, el Campo Reñihué, cuyo bosque nativo y virgen se hallaba amenazado por la tala de árboles. Fue el comienzo del Proyecto Pumalín, la joya de Tompkins. La primera área protegida privada de Chile, actualmente es un parque de unas 300.000 hectáreas y, administrada a través de una fundación, tiene acceso público. Para incentivar las visitas a estos paisajes únicos en el planeta el ecologista construyó cabañas, sitios para acampar y senderos.

Fanático deportista, fotógrafo, aviador y responsable de inventos como la tienda de campaña iglú, Tompkins fue un filántropo incomprendido. Algunas autoridades de la década de los noventa lo acusaron de presionar a los colonos para vender sus tierras, consideraron que no respetaba las leyes locales y llegaron incluso a planificar su expulsión. Hubo quienes sospecharon que pretendía dividir a Chile en dos. Pero aunque terminó reconciliándose con los presidentes y llegó a tener excelentes relaciones con Lagos, Bachelet y el centroderechista Sebastián Piñera, nunca dejó de ser un hombre de batallas. El norteamericano se opuso en reiteradas ocasiones a proyectos locales y de trasnacionales en la Patagonia. Con el apoyo de organizaciones, asesores y nexos con el mundo político ecologista, que conquistó con el paso de los años, Tompkins fue uno de los principales activistas contra el megaproyecto eléctrico HidroAysén, que finalmente Chile desechó en 2014.

En una entrevista reciente anunciaba su plan de retiro de la actividad ambientalista y señalaba que no le tenía miedo a la muerte. “Nada de temor. No pienso en eso, pero últimamente le presto más atención a mi reloj biológico. Tic, tac, tic, tac”, contó a comienzos de noviembre. Pero antes de que su kayak se volcara y él sufriera una hipotermia tras permanecer por más de una hora en las frías aguas del lago, el filántropo había alcanzado a abrir una negociación con el Gobierno chileno para cumplir su palabra y entregar sus tierras al Estado. A cambio de su donación, solicitaba que el fisco decretara áreas protegidas otras 1.000 hectáreas en la zona sur de Chile. Su abogado, Pedro Pablo Gutiérrez, afirma que la oferta se mantiene vigente y defiende el legado de este norteamericano controvertido que se enamoró de Chile: “No hay nadie a nivel mundial que haya hecho las donaciones realizadas por Douglas Tompkins en el siglo XXI”.

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