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El clima en torno a un hombre tranquilo

Laurent Fabius, el hacedor de un acuerdo histórico, ha logrado el respeto de los negociadores gracias a su talante prudente, cortés y refinado

El ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius, en la Cumbre del Clima. EFE

El calentamiento global no estaba en el área de intereses de Laurent Fabius. El acuerdo histórico sobre este problema mundial es, sin embargo, el broche de oro de la carrera de un político que lo ha sido todo en su país. Este parisino de 69 años de porte elegante y fino sentido del humor ha hecho el equivalente de la vuelta al mundo cada mes como ministro de Exteriores de Francia desde que en septiembre de 2012 recibió el mandato de presidir la Cumbre de París. Desde entonces ha hecho proselitismo climático tejiendo alianzas para facilitar el acuerdo final. Se ha ganado el respeto de los negociadores. Contaba con el apoyo sin fisuras de su antiguo rival político, el presidente François Hollande. Francia se ha jugado su propia imagen en esta empresa y Fabius ha sido su estandarte.

Los dramáticos atentados del 13 de noviembre que costaron la vida de 130 personas y han dejado gravemente heridas a otras tantas, obligaron a Francia a mantener un pulso arriesgado que ha ganado. Al margen de la ambición del acuerdo, celebrar sin contratiempos la Cumbre del Clima, una de las grandes apuestas del Gobierno de Hollande, ha sido ya un triunfo. Jugaba con cierta ventaja: ha sido la primera vez que un país miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU organiza una cumbre mundial sobre el clima. Entre bambalinas, el ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, el más veterano del gobierno, ha facilitado, además, un acuerdo universal que se preveía complicado.

Mientras fuera se ha mantenido un impresionante despliegue policial con 120.000 efectivos controlando fronteras y lugares sensibles, dentro, en el parque de exposiciones de Le Bourget, Fabius se ha mantenido al pie del cañón durante trece días, siempre impecable y diplomático, huyendo de la confrontación. Después de esta cita histórica le espera, probablemente, la presidencia del Consejo Constitucional, un puesto digno, pero mucho más tranquilo, para un político de su talla.

Fabius fue durante muchos años un colaborador de la plena confianza del ya mítico presidente François Mitterrand. Formado en la Escuela Nacional de Administración, donde se preparan las élites funcionariales y políticas de Francia, ha sido primer ministro (entre 1984 y 1986) y cuatro veces ministro, además de presidente de la Asamblea Nacional y primer secretario del Partido Socialista francés. Disputó (y perdió) las primarias para la candidatura al Elíseo frente a Ségolène Royal (ahora ministra de Energía y Ecología) en 2007.

El escándalo de la sangre contaminada, el hundimiento por parte de espías franceses del barco de Greenpeace Rainbow Warrior, su rechazo a la malograda Constitución Europea en 2005 y su público enfrentamiento con Hollande antes de llegar al Elíseo son los casos que empañan su biografía. Contra todo pronóstico, Hollande le nombró ministro de Exteriores tras ganar las presidenciales de 2012. “Era demasiado peligroso dejarle suelto. Mejor, tenerlo controlado”, explica un diplomático.

Fabius, que había sido el primer ministro más joven de la República, volvía en 2012 a la primera línea de la política con la opinión pública de su parte y en un puesto en el Quai d’Orsay que siempre ambicionó. “Encarna para los franceses una forma de experiencia, de autoridad y de aplomo que no tienen sus colegas”, explicó entonces a Le Monde un próximo al político.

La edad no ha mermado su capacidad de trabajo. Asegura dormir bien sin ayuda de pastillas incluso en el avión, en sus constantes desplazamientos; muchos de ellos al lado de Hollande. En la Cumbre de París ha generado una corriente de respeto y simpatía, a pesar de que resulta evidente que dispone de piel de elefante y una buena dosis de cinismo. De vuelta de todo, presume de no dejarse llevar por los oropeles. “Conozco la fragilidad de todo esto porque lo he experimentado varias veces en mi vida”, dice. Cuando esta semana, en el plenario, un negociador oficial le dijo estar dispuesto a proponerle para el Premio Nobel de la Paz si lograba un acuerdo en París, el político, fiel a sí mismo, respondió: “Me he sonrojado tanto que no me reconozco”.

Fabius eligió un método de trabajo que facilitaba el acuerdo final. “Hemos hecho el trabajo de abajo arriba”, ha explicado siempre, “al contrario que el método hasta ahora seguido”. Propuso iniciar la Cumbre del Clima con el trabajo ya hecho: 186 países (de los 195 participantes) llegaron a París con sus planes nacionales para reducir emisiones ya aprobados y convocó a los presidentes de Estado y de Gobierno para el primer día (no para el último) para asegurar un fuerte impulso a las negociaciones. El compromiso previo y los atentados obraron el milagro: 150 mandatarios juntos en París. Lo nunca visto.

Como veterano, se permite la disidencia. Se niega a pronunciar la palabra “guerra” en la lucha antiterrorista y es la voz más inflexible contra el presidente sirio Bachar el Asad, el gran aliado del ruso Vladímir Putin. Opta, al mismo tiempo, por evitar ciertos riesgos reclamando un acuerdo parcialmente vinculante para poder encajar el puzle de tantos países con intereses encontrados. Su dogma ha sido siempre situar a Francia en el mapa como una potencia nuclear y diplomática capaz de mantener un nivel de interlocución con todos los países, incluida Rusia.

 

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