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ALAIN WINANTS | Exdirector de los servicios secretos belgas

“No es realista pensar que podemos vigilar a sospechosos las 24 horas”

El exfuncionario explica que los recortes debilitaron al espionaje en Bélgica

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El exdirector del espionaje belga Alain Winants, en 2013 en Bruselas. AFP

Los servicios secretos y la policía belga están en el punto de mira tras la masacre de París. En Bélgica se prepararon los ataques y crecieron y se radicalizaron varios de los presuntos terroristas. Al menos uno de ellos, Salah Abdeslam, aún fugado, regresó a Bélgica tras los atentados. No es la primera vez que pesquisas antiterroristas apuntan a Bélgica, el país con el mayor número de europeos per cápita desplazados a Siria e Irak. Las cancillerías y la prensa de medio mundo se preguntan estos días cómo es posible que todo esto suceda en el pequeño país a espaldas de la policía y los servicios secretos. Las investigaciones internas detallarán hasta qué punto se han cometido errores. Alan Winants, al frente de los servicios secretos belgas hasta el año pasado y durante los últimos ocho, adelanta en una entrevista concedida a principios de mes algunas de las carencias del sistema en su despacho del palacio de Justicia de Bruselas, donde ejerce de abogado general.

Cuenta Winants que los recortes de los últimos años han dejado al espionaje belga en los huesos. Que los retornados de Siria e Iraq suponen una amenaza difícilmente controlable y que Bélgica acumula reformas legales pendientes, que tal vez ahora, tras los atentados de París vean la luz. Aún así, sostiene que “no hay espionaje en el mundo capaz de garantizar que no va a haber atentados ni con todos los agentes del mundo”.

La modernización de los servicios belgas ha tardado mucho en llegar. “Solo en 2010 se legalizaron las escuchas telefónicas como en cualquier servicios secreto moderno y hasta 1998 simplemente no había ninguna ley que regulara nuestras actividades”. Para Winants es un reflejo de que “aquí no hay una cultura de los servicios secretos. A los políticos y a los ciudadanos no les interesa o incluso desconfían del espionaje”. Poco a poco, la clase política belga se concienció de la necesidad de armar legalmente a los agentes y las competencias fueron llegando. El problema fue que acto seguido llegó la crisis financiera. “Se dejó de reclutar a gente y a los que se jubilaban no se les remplazaba. Llegó un momento en el que no era posible recortar más”. Winants dejó su puesto el año pasado, dejando claro que faltaban un mínimo de 120 agentes. Tras los ataques de París, los políticos han acordado una partida de 400 millones para los servicios secretos.

Especialmente complicado es el seguimiento de los retornados de Siria e Irak, unos 125 en Bélgica. Una de las reformas legales en curso consiste en encarcelar a los que regresen, porque hasta ahora, quedaban en libertad porque no había delito que se les pudiera aplicar. Surge el problema añadido de poner orden en unas cárceles convertidas en uno de los grandes focos de radicalización. Otra de las reformas, que ya ha superado el consejo de ministros, consiste en permitir los registros en domicilios durante la noche. Ahora están prohibidos entre las 21.00 y las 5.00, lo que impidió tras los atentados de París entrar en una casa en la que podría haber estado un sospechoso, según se ha sabido después. Se baraja también la vigilancia con brazaletes electrónicos o la pérdida de nacionalidad por actos de terrorismo. Algunas de las reformas difícilmente verán la luz en un país muy garantista y protector de las libertades individuales. “Tiene que haber un equilibrio y deben respetarse los derechos democráticos y la privacidad”, dice Winants, que cree también que los atentados de París han supuesto un antes y un después. “Ahora los políticos son conscientes de la amenaza, espero que lo sigan siendo”.

Winants cifra los efectivos del espionaje en 650 –la mitad que sus vecinos holandeses, asegura- y explica que eso incluye la protección de personalidades políticas destacadas en Bélgica, un país que alberga los cuarteles generales de la OTAN y de la UE. En cualquier caso, la lista de sospechosos de radicalización –unos 800- es tan larga, que, según Winants “no es realista pensar que con nuestros medios podemos vigilar durante 24 a los sospechosos”. Calcula que requeriría unas 15 o 20 personas por sospechoso. “La seguridad tiene un precio y si no estás dispuesto a pagarlo, tienes que asumir las consecuencias”.

Explica Winants que la radicalización en Bélgica se ha vuelto un proceso muy individualizado, que sucede entre familiares y amigos y a través de la Red. “Teniendo en cuenta el tamaño de nuestro país, estamos a la cabeza de la lista de combatientes en el extranjero. Antes iban a Afganistán, a Chechenia… , pero lo de Siria es otra dimensión. Ahora hay un claro sentimiento de nosotros contra ellos, de Occidente contra la yihad, que atrae a muchos jóvenes que dicen luchar por una causa noble y que no encuentran su sitio en el modo de vida occidental”. Y asegura que con Al Qaeda había líderes y objetivos claros, pero que ahora es mucho más difícil seguir a los lobos solitarios y a las células cada vez más pequeñas. “En Siria les adoctrinan para cometer algo, tal vez no un 11-S, sino pequeñas acciones aisladas. Vamos a ver más acciones como la del Thalys o la del museo judío aquí en Bélgica”.