Cómo unos desconocidos de Río ‘salvaron’ a un joven desaparecido

Vecinos de un barrio carioca consiguen reunir a un hombre sin hogar con su madre

Victor Soares, de 20 años, deambuló durante días por las calles del barrio de Catete, en la zona sur de Río de Janeiro, bajo la mirada esquiva de todos. Caminaba descalzo, sucio de pies a cabeza, sin camisa y dormía allá donde se desplomase como un peso muerto, a veces en mitad de la calzada, a veces desnudo y escondido entre los coches. El chico pedía comida y dinero para, decía, entrar en un cibercafé y contactar a su familia. Victor podría haber sido uno más de las centenas de sin techo que habitan las calles cariocas, pero una vecina, Paula Menezes, decidió desafiar la indiferencia y dos días antes de Navidad publicó su foto en Facebook.

“¿Quién está despierto con los gritos de alucinaciones de este muchacho? Llamé al Ayuntamiento, y me dijeron que pueden tardar hasta 15 días en recogerlo y solo si él quiere... Llamé a Emergencias porque grita y se golpea la cabeza en el suelo, pero dijeron que no van a quedarse circulando con la ambulancia para buscar un chico desorientado y que eso es competencia social. Llamé a la policía porque estaba desnudo y agresivo y me dijeron que llamase a Emergencias", denunciaba Paula en un grupo de vecinos de la región con más de 11.000 participantes.

A partir de ese día, decenas de personas desconocidas, pero miembros de esa comunidad virtual, comenzaron a dar de comer al chico y acompañar sus pasos, del barrio de Flamengo hasta el de Gloria. No era fácil. Victor, que trabajaba reparando ascensores, pero padece problemas psiquiátricos aún sin diagnosticar, se escabullía como una anguila cada vez que alguien se acercaba e intentaba retenerlo.

El sábado, Juliane Jacinto, otra vecina del barrio, buscó en internet con los pocos datos que había conseguido hasta entonces y descubrió el perfil de Victor en Facebook. Y el de su madre, Rejane. Descubrió entonces que la mujer vivía desesperada hacía cinco meses, cuando Victor tuvo lo que parecía un brote psicótico y desapareció de la casa familiar en São Paulo. Era la segunda vez que sucedía. Rejane, de 43 años, llegó a imprimir 2.000 carteles con el rostro de su hijo y los repartió por la megalópolis sin éxito. Rejane no daba crédito a que un enorme grupo de personas, que hasta hacía poco tiempo hablaba solo sobre asaltos, perros perdidos o podas de árboles, hubiese encontrado y cuidado de su hijo durante casi dos semanas. Compró un billete de autobús y viajó hasta Río, sin saber muy bien como el chico había recorrido solo esos 400 kilómetros.

Espontáneamente, mientras la madre llegaba, los miembros del grupo publicaron minuto a minuto el paradero de Victor. Nadie era capaz de retenerlo a la fuerza pero, después de todo, no podían perderlo antes de que su madre llegase. El comentario en Facebook sobre el descubrimiento de la madre del muchacho sumó casi 500 comentarios en un día relatando la odisea de acompañarlo en la distancia calle por calle.

Este lunes, Juliane fue la primera en seguirlo con la madre ya preparada para encontrarlo, pero perdió el aliento en las laderas del vecino barrio de Santa Teresa. Cayó la noche y Victor no apareció. Rejane lamentaba estar desfallecida y frustrada, mientras un grupo de vecinos contaba la historia de Victor a los guardas de seguridad de los supermercados, a los dueños de los quioscos de prensa, los mototaxistas de la favela y funcionarios del Ayuntamiento que prometieron movilizar hasta a los bomberos si Victor aparecía. Todos se unieron en un grupo de WhatsApp con el objetivo de alertar sobre la vuelta del joven. Y todos, incluso la madre (acogida en la casa de la vecina Paula), se fueron dormir a la espera del amanecer para retomar las búsquedas.

Pero, pocos minutos antes de la media noche, los móviles comenzaron a vibrar. Alguien había visto al chico otra vez y, en seguida, media docena de vecinos se quitó los pijamas y saltó de la cama para seguirlo, a pie, en moto y en taxi. Victor caminaba sin rumbo, pero demasiado rápido, tanto que parecía que iban a perderlo otra vez. El joven, entonces, aceleró aún más el paso a la altura de la estación del metro de Gloria, justo en la esquina de los moto-taxistas que se habían unido a las búsquedas. Dos de ellos, alertados por el grupo de WatshApp, se abalanzaron él y lo derribaron en el suelo, en una escena cinematográfica. Victor, ajeno al maratón organizado a su alrededor, gritaba y lloraba de miedo. Hasta que su madre apareció. Y, mientras ellos se fundían en un abrazo interminable, y los bomberos llegaban para llevarlo al hospital, aquel grupo de personas saboreó entre saltos de alegría y lágrimas la victoria de dejar de ser desconocidos.

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