Las voces de los activistas se apagan en la guerra en Siria

El ISIS, el régimen de El Asad y los rebeldes asesinan a quienes les denuncian públicamente

“Estoy en Raqa y he recibido amenazas de muerte. No me importa si el Estado Islámico me detiene y me mata. Me cortarán la cabeza, pero mantendré mi dignidad. Es mejor que vivir humillada”. Estas son las últimas palabras que escribió Ruqia Hassan, filósofa y activista siria de 30 años. Eran recogidas en tres tuits en la cuenta de Raqa está Siendo Masacrada Silenciosamente (RBSS). Previamente, Hassan, o Nissan Ibrahim, como se le conocía en las redes sociales, había publicado más tuits. Primero en contra del régimen sirio, y luego, sobre la vida en la capital del autoproclamado califato. Arrestada en agosto, es la primera activista mujer condenada por el Estado Islámico (ISIS) y posteriormente asesinada, hace dos meses. La noticia de su muerte se conoció a principios de enero.

Transcurrido casi un lustro de guerra en Siria, activistas, blogueros y ciudadanos-periodistas son una especie en extinción. Perseguidos por ambos bandos, levantar su voz para protestar les puede valer una condena a muerte. Las redes sociales les sirvieron en marzo de 2011 de plataforma en una breve era dorada que, tras seis meses de manifestaciones populares, desembocó en un conflicto armado. “Secuestraron la revolución; primero,las represiones violentas de Bachar el Asad, y luego, algunos hombres armados de las facciones rebeldes”, dice Ali Ibrahim, activista sirio de 29 años refugiado en Líbano.

En los últimos meses, el ISIS ha lanzado una campaña para matar a cualquier activista. “Hemos tenido que adoptar muchas más medidas de seguridad”, dice vía Skype Mohamed Saleh, cofundador de RBSS y principal referencia para la prensa extranjera en Raqa. Los cafés de Internet, única ventana de comunicación con el exterior, han pasado al estricto control del califato. “No quieren que contemos sus flaquezas, sus fallos o defectos”, explicaba Abu Ibrahim, otro miembro de RBSS.

Riesgos en el exilio

En abril de 2014, cuando Raqa no era aún la capital yihadista, 17 veinteañeros lanzaban la iniciativa de RBSS. Un mes más tarde, perdían al primero de sus miembros asesinado por radicales. Acosados, muchos activistas huyeron a Líbano y Turquía. “Ya no estamos a salvo en ningún sitio”, dice Marwan, activista sirio refugiado en Gaziantep (Turquía).

Las fronteras no son freno para los tentáculos del ISIS. RBSS enterró en diciembre a cuatro de sus miembros, tres de ellos asesinados en el sur de Turquía. Ibrahim Abd al Qader y Fares Hamadi fueron degollados por un infiltrado en su apartamento de Urfa, al sur de Turquía. Y el documentalista Naji Jerf fue ejecutado en Gaziantep.

“Cualquier día pueden matarme”, dice Ali Ibrahim, que teme caer a manos de Hezbolá, aliado del régimen sirio. El activista Shahin, también hace cerca de cinco años que pulula por Líbano. Como Ibrahim huyó en 2011 de los arrestos sistemáticos del régimen con lo puesto y sin pasaporte. Hoy, ambos nutren los bastidores de grandes medios extranjeros como BBC o Al Jazeera que, expulsados de Siria, recurren a estos jóvenes para contar lo que allí ocurre.

Entre los activistas quedan pocas mujeres. Pero aún trabaja en Alepo Zaina Erhaim. En su reciente documental Las mujeres rebeldes en Siria, denuncia los bombardeos del régimen y los abusos en zona rebelde, que se hacen aún más penosos para las mujeres, sometidas a un reglamento machista y discriminatorio.