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ARCHIPIÉLAGO

Viento en contra (Duitama, Boyacá)

Todos los reyes, Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Esteban Cháves, tuvieron que irse de aquí porque aquí no hay cómo ganar bien

Hay colombianos que tienen que irse de Colombia: los científicos atómicos, los que dicen la verdad y los ciclistas, por ejemplo. Pero a casi todos la vida, que es lo que el país permita, suele obligarlos a quedarse. Digo esto porque el jueves pasado leí en el diario El Tiempo que el curtido Jonathan Paredes, otro más de los ciclistas explotados por el nefasto, vendehumo, caradura, fallecido Team Colombia –que empezó a morir el día de semejante bautizo, y no les avisó a tiempo a sus corredores que iban a quedarse sin equipo–, sale todas las mañanas a entrenar por su tierra, por Duitama y toda Boyacá, porque “todo se acabó de un momento a otro a final del año y no hubo tiempo de reaccionar”, pero “haré lo que pueda para continuar encima de la bicicleta”, dijo. Y el problema es que, de lograrlo, tendrá que correr aquí. Y aquí el ciclismo es un infierno.

Breve historia del tal Team Colombia: se le ocurre a un funcionario del gobierno que lo mejor para promocionar este país, que no necesita presentación ni mucho menos pendejadas, es inventarse un equipo de ciclismo colombiano como los que ganaban hace treinta años; se lo entrega a un manager italiano de vieja data, al palabrero Claudio Corti, para que haga lo que le venga en gana con todas esas vidas; de 2012 a 2015, no obstante los pobres resultados, invierte al año 3 millones de euros del erario; mes por mes, rompiendo el temible pacto de silencio que firman quienes sólo quieren trabajar en este mundo, los corredores del equipo van atreviéndose a contar que los matonean, que les deben cinco meses de salario, que los dejan a su suerte; se acaba el equipo sin pena ni gloria; se rematan los uniformes a 7 euros cada uno.

Queda oficialmente promocionado, para nadie, este país: “Colombia, 200 años vendiendo su imagen en el exterior”. Y el jueves 31 de diciembre de 2015, “¡feliz año…!”, los corredores maltratados reciben un email en el que se les notifica que quizás a finales de marzo les paguen lo que les deben. Y Paredes, por ejemplo, se pregunta “y ahora qué…”. Si bien le va, en 2016 tendrá que correr en Colombia con un equipo colombiano. Que significa, según se ha atrevido a denunciar el ciclista Juan Villegas –y tuvo que irse, por supuesto, a Estados Unidos–, soportar en silencio las presiones endiabladas para doparse, resistir esas miradas de “estos se creen los únicos limpios” siempre que se diga no: “conozco muchos que se retiraron porque no querían saber nada más de ese engaño que existe en el ciclismo…”, dijo Villegas. Y piensa uno en todos los corredores que se levantan en sus pedales por las diecinueve veredas abruptas de Duitama, de toda Boyacá, frente a los camiones polvorientos y al lado de los árboles puntudos y las montañas y las montañitas de todos los verdes: soportan el desengaño, y que un par de explotadores arruinen su deporte, como soportan el dolor en las piernas mientras suben.

Todos los reyes, Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Esteban Cháves, tuvieron que irse de aquí porque aquí no hay cómo ganar bien: “todo el mundo saca pecho con el ciclismo, pero a veces a los que trabajan, a los ciclistas, no les pagan”, recordó Quintana a El País. Cómo aguanta semejante chasco Paredes, por ejemplo, que ganó hace dos años el Panamericano de ruta en México y el circuito de Cómbita, Boyacá, pero ahora ni equipo tiene. A qué se queda acá si acá a nadie le importa. Creería que a vivir, como los científicos atómicos o los que dicen la verdad, tierra adentro. Que en este caso es su familia y sus vecinos incansables, y este paraje frío y más frío que cumple 477 años de resistirse al sometimiento, y que desde la niebla de la madrugada es recorrido por cientos de ciclistas superiores al ciclismo.