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TRIBUNA

Cambio de personas o cambio de paradigma

En Argentina, la sociedad heredada por la alianza “Cambiemos” dista mucho de estar sana

Después del alivio que produjo en muchos y variados ámbitos el alejamiento del kirchnerismo de los despachos oficiales, sobrevienen las preguntas respecto del futuro de la Argentina. Tras padecer demasiados años el peso de un gobierno corrupto, ineficiente, arbitrario y escasamente republicano, saber que los peores iban a ser reemplazados ya era una buena noticia.

Pero lo cierto es que las huellas de la mala administración sobreviven a los funcionarios. El 10 de diciembre comenzó la presidencia de Mauricio Macri pero en un entorno de alta inflación, crisis energética, cuentas públicas en rojo, índices de pobreza y de indigencia alarmantes, exceso de gasto y de empleados en el estado, justicia politizada, vínculos inaceptables entre poder político y narcotráfico, dudosa eficiencia de las fuerzas de seguridad, una suerte de anarquía social que resiste las leyes producto de una década de desgobierno y debilidad general de las instituciones.

A eso hay que sumar un empresariado prebendario, acostumbrado a recibir tratamiento privilegiado por parte de los funcionarios públicos y una “casta” de políticos que entiende el cargo público, no como un trabajo cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de la población, sino como la vía para garantizar la mejora sustancial de sus niveles de vida personales.

Mientras tanto, la desconfianza rige las relaciones interpersonales y el enfrentamiento como forma de comunicación, el código genético kirchnerista, sigue vigente. Por si este combo no fuera suficiente, al argentino se le ha inoculado populismo durante setenta años y, como consecuencia de ese veneno, hoy una importante porción de la sociedad cree que tiene más derechos que obligaciones, que ese ente abstracto denominado “el Estado” es un barril sin fondo y que su razón de ser es brindarle comodidades.

En síntesis, la sociedad heredada por la alianza “Cambiemos” dista mucho de estar sana. En ese marco, el desafío del nuevo gobierno es enorme. Porque a los gruesos desajustes heredados en casi todos los sectores, deberá sumar un cambio de cultura. Sabemos el debate interno que enfrenta a los que quieren describir la realidad sin anestesia con los que prefieren estirar la receta del optimismo. Pero, si no se explican los daños causados por aquellas prácticas y aquel modelo no habrá argumentos para sustituirlo.

Era imperioso enfrentar el problema del narcotráfico. El país se ha transformado en pocos años en un importante enclave de traficantes y productores, con los negocios que semejante actividad atrae alrededor. El Presidente Macri tuvo expresiones directas respecto de su intención de aniquilar el problema. Sin embargo, la droga no es el único desafío que espera tratamiento.

También hay que terminar con los gruesos lazos que se fueron tejiendo durante los últimos años entre la política y el futbol, y con el libre acceso que tienen los personeros del juego a los despachos oficiales, tanto como la comprobada influencia que alcanzaron ambos rubros en las decisiones de gobierno. Hay que reclamar que, cuando el nuevo gobierno hace referencia a “las mafias”, los incluya porque en esos dos ámbitos también hay mafias que condicionan el normal desenvolvimiento republicano y cuyos tentáculos van más allá del kirchnerismo.

Para todo esto no es suficiente cambiar las personas. Claro que es un gran adelanto reemplazar un corrupto o un ineficiente por un decente y un idóneo. Pero más importante aún es cambiar el paradigma para que la población pueda depositar su confianza en un sistema y no en una persona. Cambiar el paradigma es eso: poner el foco en fortalecer las instituciones, los mecanismos de control y el funcionamiento pleno de los poderes, sin interferencias; no esperar ventajas del funcionario o del Estado, ni obtenerlas por ser funcionario o pertenecer al Estado. El sistema tiene que garantizar la honestidad del empleado público; que sea mejor ser honesto que no serlo (hasta ahora dio lo mismo). En Argentina los nombres siguen siendo el eje de la política. Es más importante quién que cómo y por eso sigue tan enraizada la descalificación personal en la contienda política. Se ataca al individuo y es el sistema permisivo el que fomenta la inconducta y el delito.

Es preciso plantear que el salto institucional no es solo reemplazar a Juan por Pedro. La actual coalición de gobierno ganó las elecciones con la propuesta de “Cambiemos”. Ya cambiamos a Juan por Pedro. Es hora de proponer una consigna superadora: “Maduremos”.

María Zaldivar es politóloga, profesora universitaria y miembro del Club Político Argentino. Twitter @MariaZaldivar