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OBITUARIO

Artur Fischer, un inventor genial y humilde

Registró más de 1.000 patentes, entre ellas los tacos de fijación y el flas sincronizado

Cuando Artur Fischer, quizás el inventor más prolífico y famoso de Alemania, cumplió 19 años, tomó una decisión que le debía ayudar a hace realidad el sueño de toda su vida y que le acompañó hasta su lecho de muerte. El joven se alistó en la Wehrmacht para poder hacer una formación de piloto. A causa de su estatura (solo media 1,66 metros) y su miopía, el joven fue rechazado y se convirtió en mecánico en un escuadrón de guerra de la Lutfwaffe, un oficio que lo llevó a Estalingrado.

En 1943, Fischer logró escapar del infierno a bordo de un avión. Después de la guerra dio rienda suelta a su imaginación, creó una firma donde el único trabajador era él mismo y comenzó a utilizar desechos bélicos para construir encendedores e interruptores de telar. El éxito llegó cuando el inventor, que murió el miércoles pasado a la edad de 96 años, quiso fotografiar a su hija recién nacida. “Para hacer fotos en interiores solo existía el flas en polvo. Era peligroso y no se podían hacer buenas fotos porque la gente, del miedo, cerraba los ojos. Primero construí un reflector de luz y luego desarrollé un detonador eléctrico”, solía recordar el inventor.

Así nació, en 1949, el primer flas electrónico sincronizado para las cámaras fotográficas y que fue patentado por Fischer como “flas de magnesio para aparatos fotográficos”. El invento, que fue comprado y comercializado por Agfa, hizo posible que el taller que tenía el inventor en Waldachtal-Tumlingen, su ciudad natal, se convirtiera en una pequeña factoría.

Nueve años después, Fischer, en una tarde de verano, se dirigió a su firma, cogió un trozo de poliamida y dio vida a un invento que revolucionó el mundo del bricolaje: el famoso taco de plástico expansivo que se introduce en la pared para fijar clavos o tornillos. El taco de plástico, que también es conocido como Taco Fischer, sigue siendo su invento más famoso y popular, y la firma familiar sigue construyendo en la actualidad más de 14 millones de unidades al día.

Pero el consorcio, creado por el inventor y que en la actualidad da empleo a más de 4.000 personas, tiene gracias a la creatividad del inventor muchos otros productos en su catálogo. A lo largo de su vida, Fischer registró más de mil patentes. Su espíritu inventivo llegó hasta el mundo mágico de los niños, para quienes diseñó piezas plásticas de juguete con las que podían crear instrumentos.

“Hay que reconocer una carencia”, dijo Fischer cuando intentó explicar cómo le venían a la cabeza sus ideas que le convirtieron en el inventor alemán “más exitoso de todos los tiempos”, un título honorífico que le otorgó la Oficina Europea de Patentes en 2014. “El segundo requisito es adaptarse a un tema que no se conoce, pero para ser inventor hay que ser un hombre honesto”, añadió.

Aunque Fischer ya había cumplido 94 años cuando recibió la distinción de la Oficina Europea de Patentes, el honor le causó una pequeña contrariedad. “Mi trabajo como inventor está lejos de haber concluido”, dijo el anciano, que visitaba todos los días su pequeña oficina, desprovista de ordenadores, pero adornada con un modelo a escala de un avión que él mismo había diseñado cuando soñaba con ser piloto.

Artur Fischer murió en paz y rodeado de su familia, señala un comunicado de la firma. “Siempre se dedicó a su pasión de inventor y desarrolló muchos productos para la empresa”. El inventor fue enterrado en su ciudad natal, en la más estricta intimidad, un último homenaje de sus familiares para un hombre que nunca presumió de su genio ni de su éxito y que siempre repetía una frase que le acompañó a lo largo de su larga y prolífica vida: “No se inventa lo que no se tiene, sino aquello con lo cual uno ha jugado”.