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Bruselas presenta hoy su oferta formal al Gobierno británico

El BCE reclama una solución de compromiso para evitar incertidumbre

Reino Unido es una especie de freno perpetuo en Bruselas, pero también una potencia diplomática de primera magnitud con una asombrosa capacidad para salirse con la suya. Bruselas ultima una oferta formal al Ejecutivo británico para asegurarse el apoyo del primer ministro, el conservador David Cameron, en el futuro referéndum sobre la UE. Donald Tusk, presidente del Consejo, realizó ayer una última ronda de contactos con varios líderes para pulir la propuesta, que presentará hoy y que incluye una fórmula para reducir la inmigración, junto con salvaguardas para la City.

En Bruselas se distingue ya el aroma de los pactos cocinados e incluso recalentados para satisfacer el paladar de opiniones públicas tremendamente dispares. Cameron necesita vender en casa un acuerdo que convenza a un electorado cada vez más euroescéptico. Y las instituciones europeas deben presentar una oferta que aleje el fantasma del Brexit, la salida del Reino Unido de la UE que se quiere evitar a toda costa, y que a la vez doblegue la resistencia de las capitales más reacias a hacer concesiones a Cameron. La responsabilidad de ese delicado montaje corresponde a Tusk, que ayer conversó con el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; el del Parlamento, Martin Schulz, y el presidente francés —el menos favorable a Londres en este momento—, François Hollande, para afinar el tiro.

Tusk anunció a última hora que tiene previsto presentar hoy su oferta formal para allanar el camino del acuerdo en la próxima cumbre europea, a mediados de febrero. Si entonces hay luz verde, el referéndum británico podría celebrarse en junio.

Hasta la cumbre, lo más probable es que tanto en Londres como en otras capitales y en Bruselas haya mucha gesticulación, con continuos cambios —menores— en ese borrador de acuerdo para lograr el número máximo de apoyos. Y puede que haya también algún que otro encontronazo, a juzgar por la tensión que se desprende de una policrisis —económica, de refugiados, con Rusia en Ucrania y así ad infinitum— que dista mucho de haberse cerrado.

La Comisión dice haber encontrado un enjuague jurídico para permitir que Londres active un “freno de emergencia” para detener la entrada de migrantes —suspendiendo los beneficios sociales, incluso a los que tengan derecho los ciudadanos de la UE— si acredita que el país no soporta la presión migratoria. No hay detalles de esa propuesta, que corre el riesgo de cuestionar los pilares básicos de la Unión y que hace unas semanas era una especie de anatema en los países tradicionalmente migrantes. Está por ver cómo se define esa situación de emergencia a la vista de que Reino Unido no es, ni de cerca, el país con mayor nivel de presión migratoria de Europa, con una tasa de paro que roza el pleno empleo.

Londres ha dado a entender que ese espinoso asunto está encarrilado. Y admite que aún queda “trabajo duro” por hacer, en especial en relación con las garantías que quiere para blindar la City de Londres de los efectos que la mayor integración de la zona euro pueda suponer sobre el mercado único. París desconfía en ese asunto; Londres, por su parte, aborrece el objetivo de “la Unión cada vez más estrecha” y quiere evitar a toda costa que la eurozona imponga reglas saltándose el ya tradicional veto británico por la vía de las mayorías reforzadas, cada vez más en boga en Bruselas.

El presidente del BCE, Mario Draghi, reclamó ayer en la Eurocámara una solución de compromiso, que mantenga a Reino Unido en la UE y que permita al mismo tiempo avanzar en la integración de la eurozona. Las fuentes diplomáticas consultadas apuntan a que la oferta está lista, pero recelan del resultado final: “Cameron se aprovecha de la debilidad de la UE para obtener más concesiones de lo que parecía”. Con la crisis del euro aún por cicatrizar, la perspectiva del Brexit sería demoledora.

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