Selecciona Edición
Iniciar sesión

Alemania ya pasó por esto

Los refugiados yugoslavos convulsionaron el país a principios de los noventa

Un Gobierno desbordado por la llegada incesante de refugiados y que impulsa normas cada vez más duras de asilo. Un partido populista de derechas en racha que amenaza la hegemonía conservadora de los democristianos en el poder. Una oleada de violencia xenófoba que se palpa en numerosos ataques a centros de acogida. Y un ambiente social cada día más caldeado en el que aumentan la desconfianza y la división.

Vuelve la violencia xenófoba

La pequeña ciudad de la Alemania oriental Hoyerswerda se hizo tristemente famosa en septiembre de 1991. Una turba de neonazis lanzó piedras y cócteles molotov contra un centro en el que dormían 240 refugiados. Hubo 32 heridos, y el resto fue distribuido en otros lugares del país. Los nazis se enorgullecieron al poder declarar esta ciudad como “la primera ciudad libre de extranjeros” de Alemania. Hoyerswerda fue tan solo un nombre más en una siniestra lista de localidades, la mayoría del este, que ofrecieron la cara más desagradable de una Alemania que acababa de concluir su reunificación. Más tarde llegarían otros casos. Rostock, Solingen, Mölln se unieron a la lista. Los dos últimos sumaron un total de ocho víctimas mortales.

25 años más tarde, los ataques xenófobos no dejan de crecer en Alemania. En 2015, se registraron 1.005, cinco veces más que el año anterior. La semana pasada unos ultras lanzaron una granada de mano a centros de acogida. Por suerte no estalló. El Gobierno alertó de que este ataque –que podría haber dejado muertos- supuso a salto cualitativo en la ola de odio. ¿Teme que la escalada violenta llegue a los niveles de los años noventa?, preguntó este periódico hace un par de meses a Rainer Wendt, presidente del sindicato de la policía alemana. “Temo que cualquier día nos despertemos con una tragedia”, respondió.

Estos elementos podrían resumir la Alemania de los últimos meses; pero también sirven para describir de una forma bastante ajustada la situación que atravesó el país hace un cuarto de siglo. Tomando la frase-talismán con la que la canciller Angela Merkel ha tratado de infundir ánimos a sus ciudadanos, se puede decir que Alemania “ya lo logró” a principios de los años noventa.

La crisis llegó a su apogeo en 1992, año en el que Alemania recibió casi 440.000 solicitudes de asilo, lo que entonces marcó un récord absoluto. Las guerras de Yugoslavia –que, al igual que ocurre ahora con la de Siria, se mezclaron con otros conflictos, sobre todo en África- provocaron un éxodo que Europa creía haber olvidado tras los horrores de la II Guerra Mundial. Para colmo de males, los centenares de miles de desplazados llegaban a una Alemania recién salida de la reunificación que hacía esfuerzos por sacar adelante a sus territorios orientales, en una situación económica calamitosa.

Bosiljka Schedlich recuerda bien aquella época. Ella llegó del país entonces llamado Yugoslavia en 1968. Pero fue en los noventa cuando entró en contacto con infinidad de refugiados desde el centro de apoyo a sus compatriotas que abrió en Berlín. “La situación era muy difícil. No se hacía nada para integrar a los que llegaban. Y reinaba una espiral del silencio por la que no se hablaba de los traumas de la guerra. Alemania ha avanzado mucho en integración desde entonces”, asegura esta intérprete de serbocroata. “Muchos de los que llegaban entonces tenían vínculos familiares, lo que aceleró su integración”, contrapone Friedrich Heckmann, director del Foro de Estudios Migratorios de la Universidad de Bamberg.

Integración es la palabra clave que repite el Gobierno y que marcará el éxito o fracaso de la actual crisis. Heckmann estima que de las cerca de 350.000 personas que llegaron de la antigua Yugoslavia a principios de los noventa, en torno a un tercio se quedaron en Alemania. Otro tercio volvió a su lugar de origen, y los restantes fueron a otros países. Ahora, el volumen del problema es aún mayor: en 2015 llegaron a Alemania más de un millón de personas y, pese al compromiso del Gobierno de reducir considerablemente la cifra este año, no está claro aún que vaya a lograrlo.

Merkel se refirió este fin de semana precisamente a aquellos yugoslavos que abandonaron Alemania tras la guerra. “Tenemos que decir a los que llegan que disponen de permisos de residencias temporales y que, cuando vuelva la paz a Siria y Estado Islámico sea derrotado en Irak, confiamos en que retornen a sus hogares”, dijo.

La oposición ecologista interpreta estas palabras como el fin de la cultura de la bienvenida que Alemania mostró el verano del año pasado. El epitafio simbólico de la conocida como willkommenskultur se habría producido el fin de año en Colonia, cuando un millar de hombres norteafricanos y árabes agredió sexualmente y/o robó a centenares de mujeres. El Gobierno ha aprobado desde entonces normas para agilizar las devoluciones y baraja ahora permitir la expulsión de criminales incluso a países distintos de los que proceden.

La irrupción de Alternativa por Alemania en el mapa político alemán preocupa a los partidos tradicionales. Tras entrar en cinco Parlamentos regionales, este partido populista de derechas se prepara ahora para conquistar otros tres más el próximo 13 de marzo. Hace un cuarto de siglo, ese espacio político lo ocuparon Los Republicanos, que en 1992 llegaron a obtener un 11% de los votos en el Estado de Baden-Württemberg. “Entonces se oían muchas críticas de los conservadores, que temían que con la llegada de extranjeros se perdieran la identidad alemana. Más o menos como pasa ahora”, concluye desde su casa de Berlín la intérprete croata hoy ya retirada.

Más información