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ARCHIPIÉLAGO

País virtual (La Esperanza, Timba)

Matar para honrar a los muertos, vengar, una por una, a las víctimas de La Esperanza: ese ha sido el temible error de siempre

11:01 a.m.: hora de dar por sentada la mezquindad aquí en Colombia. Cuando miro por encima de la pantalla de mi teléfono, aquí en la enésima sala de espera, noto que para matar el tiempo un par de barbudos están viendo un video con encono, con sevicia. Se trata de una entrevista de hace siete meses en la que la comediante bogotana Alejandra Azcárate descree de los diálogos con las Farc –en ese entonces, mediados de 2015, el grupo guerrillero acaba de masacrar a once militares en la vereda La Esperanza, en Timba– y se niega a esa paz mientras una entrevistadora primípara que finge ser una estilista le pinta las uñas. “Considero que uno con delincuentes no puede negociar…”, dice la desprevenida indignación de Azcárate, “estamos hablando de gente que ha tenido a un ser humano amarrado a un árbol por años…”. Y es una opinión colombianísima: la misma de siempre. Y se supone que llega hasta ahí.

Pero la entrevista es el tema de la mañana en el país de las redes sociales, que cobra cara cualquier ligereza, porque el inescrupuloso expresidente @AlvaroUribeVel y ese partido hecho a su imagen y semejanza –que como todo partido de derecha se ve de centro en el espejo– no sólo han desenterrado el tal video como si Azcárate los representara, sino que han estado usándolo de propaganda sucia contra el proceso de paz.

Existe hoy una ávida red de militantes que se pregunta dónde es la pelea apenas se levanta: esta mañana hay figuras públicas del país virtual que, por ejemplo, se declaran en contra del cambio climático, impugnan la gordura desvergonzada de James Rodríguez y rechazan el comportamiento –y la apariencia– de aquel ex Defensor del Pueblo envuelto en un escándalo sexual de bajo presupuesto, pero por obra y gracia del uribismo sobre todo hay lapidadores que obligan a la uribista Azcárate a aclarar lo obvio: que ella no autorizó ni a la periodista aquella ni a @AlvaroUribeVel a divulgar la entrevista; que ella está en su derecho de opinar sin volverse “parte de una estrategia” en el ajedrez de los políticos; que en este punto de los diálogos con las Farc, siete meses después de haberse hecho esas uñas, guarda la esperanza de que el terror llegue a su fin, pero le sorprende haber sido matoneada por los que creen en la paz.

En qué país ocurre este pequeño escándalo político que dura un poco menos que la espera en una sala de estas. En qué “pueblo pequeño, infierno grande” se estigmatiza a un colombiano por día. En qué bachillerato.

Se dice al final del tal video, editado como un complot con musiquita triste de fondo, que la controversial Azcárate –“presentadora, reportera, modelo, locutora, actriz, pero ante todo colombiana”– piensa igual que “muchos silenciados por el gobierno”: “¡no a la falsa paz!, ¡al plebiscito digamos no!, ¡salvemos la patria!”, se lee en los créditos finales. Y todo el tiempo piensa uno en qué clase de país se da la propaganda contra el fin de una guerra, con qué cara se atreve la derecha a jurar en vano que el gobierno está silenciando a muchos de los colombianos que no creen en las Farc, cómo es que los uribistas como Azcárate no se dan cuenta de que desde el principio sus líderes han estado usándolos para hacer la ola en un estadio que cree que su ejército va goleando.

Matar para honrar a los muertos, vengar, una por una, a las víctimas de La Esperanza: ese ha sido el temible error de siempre. Cebar a los desesperanzados, emplear a los descreídos: esa ha sido la estrategia de la oposición tramposa de estos años. Y habrá que esperar que los hechos sigan ganándoles el pulso a las conjeturas para que nadie más sea uribista a punta de engaños. Y para que este país virtual que milita en el teléfono deje de andar jugando con la paz.