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Trump se consolida como favorito republicano sin ningún rival destacado

Las divisiones de los moderados refuerzan la candidatura del magnate

Manchester (New Hampshire)
El republicano Donald Trump junto a su mujer y su hija. David Goldman (AP) REUTERS-LIVE!

El magnate neoyorquino Donald Trump ganó este martes en New Hampshire por partida doble. Fue el vencedor inapelable de las elecciones primarias. Y evitó que ninguno de sus rivales republicanos destacase.

El problema para el Partido Republicano es endemoniado. Un heterodoxo —un hombre de negocios y showman novato en la política, un provocador con un discurso agresivo y faltón, mezcla de bufón y demagogo— se consolida como el favorito para la nominación republicana a la Casa Blanca.

La esperanza, por parte de los jefes de partido y de sus votantes más moderados, de hallar una alternativa a Trump, un candidato que detenga su ascenso, se frustra de nuevo.

En New Hampshire, el dominio de Trump es absoluto. Uno de cada tres votantes optó por él. La incógnita era si, en el pelotón de candidatos que aspira a disputarle el liderazgo, alguien sobresaldría. Las primarias aclaran muy poco.

Kasich, en segundo lugar

El meritorio segundo lugar del gobernador de Ohio John Kasich —un político con experiencia gubernamental, pragmático y lejano del estilo bronco que ha dominado el Partido Republicano de los últimos años— refleja una realidad: los exabruptos de Trump, sus ofensas y salidas de tono provocan rechazo.

Pero la tracción del mensaje moderado es limitada. Primero, porque otra parte del electorado —a la derecha, pero también a la izquierda— está descontenta con el statu quo: con las élites políticas y con una recuperación económica que ha dejado maltrecha a la clase media. Y segundo, porque el mensaje moderado es difuso —solo Kasich y el exgobernador de Florida Jeb Bush lo defienden abiertamente— y quienes lo defienden están divididos.

El problema de las élites republicanas, espantadas ante la posibilidad de que Trump se haga con la nominación, es que no encuentran a nadie que la evite.

En New Hampshire ha sido Kasich, un candidato que llevaba meses haciendo campaña en este Estado de la costa Este de EE UU, un territorio amable para él, pero que puede tener dificultades en otros territorios como el Sur o el Oeste.

La semana pasada, después de los caucus (asambleas) de Iowa, la alternativa debía ser Marco Rubio, el senador por Florida que quedó tercero allí, por encima de las expectativas. Pero Rubio falló en el debate televisado del sábado, apareció como un político acartonado, prisionero de sus frases brillantes que repite mecánicamente, nada espontáneo. Y su impulso —el momentum, en jerga política estadounidense— se ha diluido.

Sumados, Kasich, Bush y Rubio superarían a Trump. La aritmética desmiente cualquier idea de que todo el Partido Republicano es de Trump. Pero ninguno de los tres —ni otros candidatos como el gobernador de New Jersey, Chris Christie— está dispuesto a ceder el paso y unirse detrás de un candidato antiTrump.

Mientras esto no ocurra, Trump seguirá dominando y el establishment seguirá buscando quien le desafíe.

Nuevo estilo de campaña

Para complicar la cosas, otro de los integrantes del pelotón que persigue a Trump es el senador por Texas Ted Cruz, un candidato más radical, en muchos aspectos, que Trump, y tan detestado por el establishment como él, si no más. Cruz ganó en Iowa y quedó tercero en New Hampshire.

Es una incógnita quién asumirá el turno de próximo favorito para desafiarle, pero lo cierto es que, después de New Hampshire, Trump vuelve a ocupar el centro del escenario.

Aquí ha obtenido su primera victoria electoral. La que llevaba prometiendo desde que en junio se lanzó, ante la incredulidad del mundo político y mediático, a una aventura insensata en la que, aparte de él y quizá su familia, nadie creía.

Hasta ahora ganaba en los sondeos; ganaba en el cómputo de asistentes a los mítines; ganaba en los minutos de televisión: publicidad gratis, se jactaba él, que le permitía ahorrar los millones que sus rivales republicanos gastaban en anuncios.

En Iowa, el estado que la semana pasada abrió el largo proceso de caucus y primarias, Trump se sometió por primera vez al veredicto de los votantes. Perdió y demostró que era humano.

En New Hampshire ha desmentido a quienes decían que su estilo de campaña —más mítines masivos que encuentros cara a cara con votantes, como es preceptivo— era un despropósito.

El proceso es largo: acaba de empezar. Todos los candidatos confían en la estrategia a largo plazo. Reclaman paciencia a sus seguidores.

De momento Trump ha traducido el nebuloso apoyo de los mítines y sondeos en algo tangible: decenas de miles de votos, personas dispuestas a depositar su confianza en él para convertirse en el próximo comandante en jefe de Estados Unidos.

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