La costa belga, nueva ruta migratoria hacia Reino Unido

El número de polizones interceptados en el Canal de la Mancha ha aumentado un 300%

"Nosotros les llamamos transmigrantes porque no quieren estar aquí". El término pertenece ya al vocabulario cotidiano de la Policía belga que está siendo testigo del nacimiento de una ruta alternativa que la mafia albanesa ha abierto paralela a la costa del Mar del Norte para los refugiados e inmigrantes desesperados por alcanzar el Reino Unido. Tan solo en enero unas 600 personas, casi en su totalidad varones menores de 40 años, fueron interceptadas como polizones en el puerto de Zeebrugge (Brujas), un 300% más que hace tres meses, según las autoridades portuarias.

El día es inhóspito en la frontera belgo-holandesa. En Zeebrugge, el segundo puerto más grande de Bélgica después del de Amberes, el viento se mete por cada rincón y las dunas de la playa se comen el paseo marítimo empujadas por el fuerte temporal. En el exterior de la pequeña iglesia católica de Stella Maris —un templo blanco y que también comparten los ortodoxos— una quincena de iraníes pasa las horas a la espera de poder colarse en uno de los ferris con destino Hull (norte de Inglaterra). "Cada día hay gente distinta. Son casi siempre hombres de entre 16 y 40 años", explica el párroco Fernand Maréchal, de 67 años, que lleva desde 2012 observando el ir y venir de inmigrantes por esta zona. Maréchal está siendo estos días objeto de críticas y alabanzas de los vecinos por su receptiva acogida a estos transmigrantes en respuesta a las duras peticiones de "no darles de comer" que ha realizado el gobernador de Flandes occidental, el demócrata cristiano Carl Decaluwé, quien ha declinado varias veces hablar con este periódico.

Maréchal hizo de la iglesia un refugio para 80 personas en las duras noches de enero cuando las temperaturas alcanzaron valores negativos. Junto a Médicos del Mundo y a la ONG local CAW ha convertido su casa en un centro de atención médica y de información legal. Y en los próximos días, además, hará de su jardín trasero un lugar con duchas y cuartos de baño para que los transmigrantes que llegan en su inmensa mayoría desde Calais, a 127 kilómetros, se aseen. Renaat Landuyt, alcalde de Brujas, opina que el párroco "se equivocó" y que abriendo la iglesia durante las noches de más frío provocó un "efecto llamada" que él está dispuesto a parar a toda costa, relata a EL PAÍS por teléfono. "Tengo la obligación de evitar que [los migrantes] se asienten aquí", sentencia. Tarea cada vez más complicada ya que las autoridades francesas tienen previsto derribar parte del campamento de La Jungla, en Calais, lo que previsiblemente impulsará a más de 1.500 habitantes —de los 7.000 que viven allí— hacia la vecina Bélgica.

En cifras

B. D. C, Bruselas

  • 60 kilómetros de costa belga.
  • 7.000 inmigrantes y refugiados viven en 'La Jungla', en Calais. Y más de 3.000 en el campo de Dunkerque.
  • En enero de 2016, la policía belga interceptó 600 polizones en camiones que se subían a los ferrys con destino Reino Unido, 450 más que en octubre de 2015.
  • Tan solo 45 policías locales vigilan la zona fronteriza con el norte de Francia. En unas semanas la Policía Federal reforzará el área con 80 efectivos más.
  • Los 'transmigrantes' pagan entre 1.000 y 4.000 euros a la mafia albanesa para subir a un camión a escondidas con destino Reino Unido.
  • Entre 1.500 y 2.000 camiones pasan diariamente por la estación de servicio de Veurne.
  • El ferry desde Zeebrugge hacia el Reino Unido tiene una capacidad de unos 200 camiones, según un trabajador de la compañía P&O.

Ninguno de los iraníes quiere hablar de su situación y todos tienen el rostro tapado con pañuelos, bufandas y capuchas para no ser identificados por nadie: ni Policía, ni mafia, ni familiares. Sólo se les ven los ojos. Hay tan solo una mujer que habla inglés y, a pesar del recelo de sus compañeros de viaje, explica que huyeron de su país "por ser cristianos". Esperan apiñados bajo una marquesina del club de petanca colindante a la capilla mientras beben el té y café que un par de vecinos voluntarios les acercan cada mañana. Tras un buen rato de conversación acaban confesando su intención: subir a un camión que, mediante un trayecto en ferry, les deje en la tierra soñada: Reino Unido. Y así cada día.

Raoul Van Damme, de la compañía de ferrys P&O que conecta Zeebrugge con siete enclaves británicos diariamente, advierte de que colarse "no es tan fácil". En octubre interceptaron a 150 polizones entre la mercancía de los camiones que viajan en sus ferrys, en noviembre a 250, en diciembre a 500 y en enero a 600, según las autoridades marítimas. Aún así, el 2% consigue llegar. La multa por polizón que imponen las autoridades británicas es de 2.500 euros a la empresa P&O. En el puerto de Zeebrugge, explica Van Damme, se inspecciona "cada vehículo" con perros, escáner de temperatura para identificar un cuerpo humano en el interior de una mercancía, rayos X...

Zeebrugge se está convirtiendo en la última parada en tierra antes de Inglaterra, aunque primero los transmigrantes habrán tenido que atravesar los más de 120 kilómetros de costa que separa esta localidad de Calais, en Francia. Muchos pagan los tres euros del tranvía entre los dos últimos pueblos belgas (De Panne-Knokke), y otros merodean por la enorme área de servicio de Verune (a 65 kilómetros de Calais) en busca del traslado perfecto hasta Reino Unido: un camión.

Veurne, centro de la mafia albanesa

El escenario en Bélgica, aunque ya se respira tenso entre los vecinos de esta zona de veraneo, nada tiene que ver aún con los enclaves franceses conocidos como La Jungla, en Calais, y el campo impregnado en lodo y miseria de Dunkerque. De momento sólo hay vestigios de los transmigrantes en su huida hacia Reino Unido: varios sacos de dormir, tiendas de campañas abandonadas, ropas y algún muñeco escondido bajo las ramas de unos árboles en el terreno inundado de lo que un día fue la antigua fábrica de azúcar de Veurne, una localidad de 10.000 habitantes donde los polizones esperan agazapados hasta las 6 de la mañana para dar el salto a algún camión aparcado mientras su conductor —la mayoría de Europa del Este y Turquía— pernocta por 15 euros en un área cercana. "Yo crucé tres países con cinco polizones sin darme cuenta", explica uno de ellos. Él revisa su mercancía dos veces al día por si hay gente en el interior. La multa en Reino Unido, la última parada, podría ser de prisión, explica con las muñecas entrelazadas.

Fonteyne Toon, que con 34 años es jefe de operaciones de la Policía Local de Veurne, asegura que la mafia albanesa cobra entre 1.200 y 3.800 euros por persona para subirles a uno de los 2.000 camiones que paran en esta localidad flamenca, en la que se realiza el intercambio de conductor y se reposta gasolina cada día. Y a las pruebas se remite: las rajas de puñal de unos quince centímetros que exhiben las lonas de los camiones aparcados permiten ver la mercancía "y si consideran que hay sitio, suben a los transmigrantes".

La Policía Federal ha prometido enviar 80 oficiales más a la costa del país, algo que Toon ve ridículo. Mientras tanto, el pequeño cuartel que dirige J. Clawn, de cabellera densa y barba blanca, funciona con 45 efectivos y solo dos patrullan por la noche. Es comprensible que ante este panorama Bélgica sea "el lugar perfecto" para las mafias de tráfico de personas, abunda Toon que explica que "el mayor miedo" es que el área se convierta en un Calais 2.

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