Turquía levanta un muro para sellar su frontera con Siria

Varias provincias colocan bloques de cemento en el límite con el país vecino para evitar el paso de combatientes y refugiados

Desde la ciudad de Kilis apenas se puede discernir donde termina Turquía y comienza Siria, pues la planicie se extiende sin solución de continuidad. Únicamente en ciertas zonas alguna verja, rollos de alambre de espino o carteles avisando de la presencia de minas, remanente de la Guerra Fría, indican el límite entre ambos países.

Durante los cinco años de guerra civil, miles de combatientes se han aprovechado de la porosidad de esta frontera de 911 kilómetros para introducirse en Siria solo el año pasado casi un millar de extranjeros fueron detenidos por ello y lo mismo han hecho en sentido contrario quienes huían del conflicto: durante todo 2015, más de cien mil personas fueron apresadas por las fuerzas de seguridad turcas cruzando esta frontera de forma ilegal. Tras el atentado que, el pasado julio, segó la vida de 33 jóvenes izquierdista en la localidad fronteriza de Suruç, el Gobierno turco anunció a bombo y platillo que sellaría su frontera sur. Pero, desde entonces, se ha avanzado poco pese al incremento de atentados de yihadistas infiltrados desde Siria, tanto en Turquía como en otros países europeos. Solo tras recibir numerosas críticas de sus aliados occidentales, que denunciaban la falta de control sobre la frontera, y después de que Bruselas firmase con Ankara un pacto para controlar los flujos migratorios, las autoridades turcas han acelerado el proceso de edificación de un muro.

A las afueras de la ciudad de Kilis, una docena de albañiles y encofradores fabrican en un taller grandes bloques de hormigón armado de tres metros de altura y dos de anchura. Que, en cuanto están secos, son transportados por camiones hacia la frontera, donde también se construye una carretera por la que patrullan los blindados del Ejército. “En los últimos dos meses hemos colocado 10 kilómetros de muro”, explica a EL PAÍS un ingeniero encargado de la obra que pide ocultar su nombre. Actualmente se están colocando estos bloques de hormigón a lo largo de 135 kilómetros en seis puntos diferentes, incluidos los 80 kilómetros de frontera que comparte Turquía con el territorio bajo control del Estado Islámico (ISIS) en las provincias de Kilis y Gaziantep.

Es un trabajo en nada placentero. Mientras los operarios turcos emplazan los bloques de cemento, los militantes del ISIS están a plena vista, apenas a 200 metros, y en ocasiones disparan hacia ellos. El ingeniero muestra vídeos grabados por él mismo para demostrar que no exagera: “Normalmente, se esconden cuando ven aparecer los vehículos militares que nos escoltan. Pero los combates entre rebeldes y el ISIS se pueden observar a simple vista y a veces también caen obuses y mortero cerca de nosotros, y contra eso no nos puede proteger el Ejército”. “Está claro que es un trabajo arriesgado, pero este muro había que hacerlo sí o sí”, reconoce.

“La seguridad ha aumentado, no sólo por el muro, sino porque se ha reforzado la presencia militar, y ya no pasan tantos yihadistas”, afirma otro empleado en la obra. De hecho, este miércoles, la Gendarmería interceptó a un grupo de 34 personas cargando 15 kilos de explosivo y cuatro chalecos en la localidad fronteriza de Karkamis, frente a territorio controlado por el ISIS. Mecit, otro vecino de Kilis, si bien reconoce que la construcción del muro ha dificultado el tráfico de materiales y personas a través de la frontera, no lo ha erradicado. “Si quieres pasar, pasas. Esto es una ciudad fronteriza y los contrabandistas saben como arreglárselas”, explica junto a la aduana, adonde se ha desplazado para ayudar a un amigo al que han incautado su vehículo por estar implicado en el contrabando de cigarrillos.

En un momento en que las líneas del frente de batalla se acercan cada vez más a Turquía y el avance de las tropas leales a Bachar el Asad arroja decenas de miles de refugiados hacia la frontera turca, este muro se puede convertir también en un nuevo obstáculo para los refugiados. “Un día llegaron unos milicianos rebeldes con pistolas y nos amenazaron para que abandonásemos la obra –relata el ingeniero turco-. Nos dijeron que íbamos a fastidiarles el negocio, ya que son ellos los que trasladan ilegalmente a muchos refugiados a este lado de la frontera”. El paso fronterizo de Öncüpinar-Bab al Salama permanece de momento cerrado a los refugiados, por orden de las autoridades turcas, pero un activista de Alepo explica a este diario que aún es posible cruzar ilegalmente a Turquía pagando unos 1.000 dólares por persona: “Parte de ello es para sobornar a la policía y la gendarmería, pero te arriesgas a que te peguen un tiro, porque algunos soldados quizás no saben que has pagado”.

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