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Trump y Sanders sacuden el orden político de Estados Unidos

Las abultadas victorias del magnate y del demócrata reflejan el descontento del electorado con las élites

Manchester (New Hampshire) / Concord

La política estadounidense entró este miércoles en un territorio desconocido. Dos candidatos ajenos al aparato de sus partidos, con un mensaje que cuestiona el viejo orden y promueve cambios radicales, ganaron el martes las elecciones primarias de New Hampshire. Las abultadas victorias del magnate republicano Donald Trump y del demócrata Bernie Sanders reflejan el descontento de parte del electorado con las élites. Los jefes republicanos y demócratas buscan cómo frenar el impulso de los vencedores. El proceso de nominación se prolonga hasta junio. Los próximos Estados en votar son Carolina del Sur y Nevada.

Las victorias de Trump en las primarias republicanas y de Sanders en las demócratas de New Hampshire eran previsibles, de acuerdo con los sondeos recientes, pero no sus dimensiones. Sacaron unos 20 puntos de ventaja a sus rivales más cercanos.

Trump, magnate de la construcción y de los casinos y estrella de reality shows, es un hombre sin experiencia política que en el pasado apoyó a los demócratas. Su primera incursión en la política consistió en dar voz al movimiento que cuestionaba que el presidente Barack Obama hubiese nacido en EE UU y, por tanto, tuviese derecho a ocupar el cargo. Ahora promete construir un muro en la frontera con México, deportar a los 11 millones de inmigrantes indocumentados y cerrar las fronteras a los musulmanes.

Sanders, senador por Vermont, se define como socialista y promete la sanidad pública, la universidad gratuita y el fin de los privilegios de Wall Street. Históricamente, la etiqueta de socialista situaba a quien la usase en la marginalidad. Ya no.

El showman aficionado a las teorías conspirativas y el socialista de Vermont, recién incorporado a las filas demócratas, ocupan de repente la centralidad. Sus votantes dejan de ser marginales: ocurra lo que ocurra en las siguientes primarias, son una fuerza insoslayable.

Trump, de 69 años, demuestra que no es un bufón, o no sólo. Hoy es el candidato republicano con más probabilidades de ser el nominado para las presidenciales del 8 de noviembre. Tras los caucus (asambleas electivas) de Iowa, que la semana pasada abrieron el proceso, y las primarias de New Hampshire, acumula más delegados que nadie, y es el favorito para la mayoría de caucus y primarias que quedan. Los republicanos votan el 20 de febrero en Carolina del Sur y el 23 en Nevada.

New Hampshire es la primera victoria electoral de Trump en su breve carrera política. La derrota en Iowa, donde quedó segundo, diluyó su aura.

En New Hampshire se resarció y demostró que, además de atraer a multitudes en sus mítines, de dominar los sondeos y de capturar la atención de las cámaras de televisión, sabe traducir este apoyo virtual en papeletas. Y también que es capaz de retorcer las normas no escritas de la política tradicional. Normas que prescribían que las primarias se ganaban con un trabajo intenso sobre el terreno, con políticas de puerta a puerta y una milimetrada campaña sobre el terreno.

En Iowa, la campaña heterodoxa de Trump —mítines multitudinarios, salidas de tono— no funcionó. En New Hampshire, sí.

Nevada y Carolina del Sur

Sanders, de 74 años, convierte el enfado contra las élites en votos e identificando a su rival, Hillary Clinton, con el establishment. A la ex secretaria de Estado le pasan factura las donaciones recibidas para su campaña —también el demócrata Obama las ha recibido—, así como las aportaciones para su fundación o los discursos que pronunció para el banco Goldman Sachs a precio de oro.

Las encuestas a pie de urna en New Hampshire muestran cómo el senador ha arrasado entre los jóvenes mientras que la ex secretaria de Estado solo se impuso en el electorado de más de 65 años. También inquietará al equipo de Clinton que, por situación económica, el único grupo en el que ha aventajado a Sanders sea entre los que ganan más de 200.000 dólares al año. Los más ricos.

La campaña viaja esta semana a otros Estados, más populosos y diversos, más parecidos a los EE UU reales. Allí Clinton puede recuperar terreno. La demócrata confía en que los latinos en Nevada, que vota el 20 de febrero, y los negros en Carolina del Sur, que vota el 27, actúen como cortafuegos de la sandermanía. Latinos y negros constituyen una de las bases más sólidas de Clinton.

En New Hampshire —una burbuja de bienestar en el noreste del país: 1,3 millones de habitantes, con pleno empleo y con un 91% de blancos no hispanos— ganaron figuras periféricas en sus partidos y en la política estadounidense. Es difícil imaginar personalidades más dispares que Trump y Sanders. El primero es faltón, demagogo, xenófobo, volátil, oportunista. El segundo respetuoso, ideológicamente coherente, próximo a posiciones que en Europa serían socialdemócratas.

Ambos envían una señal de rechazo. Al statu quo, al pragmatismo de los políticos tradicionales, a las dinastías (los Bush en el Partido Republicano, los Clinton en el demócrata), al establishment. Son síntoma de una insatisfacción de fondo que en los últimos años se expresó en movimientos como Occupy o el Tea Party. A la izquierda, con Wall Street y con las desigualdades. A la derecha, también con los cambios demográficos que transforman EE UU en un país menos blanco, más mestizo.