Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Análisis

Una doble insurrección

Los candidatos Trump y Sanders confrontan lo políticamente correcto en EE UU desde posiciones opuestas

Las primarias de EE UU son escenario de una doble insurrección, por la derecha, Donald Trump, y por la izquierda, Bernie Sanders, pero ambas en contra de lo políticamente correcto. Aun de signo ideológicamente opuesto, no por ello carecen de elementos comunes. Nada más lejos de mi intención, sin embargo, que predecir vencedores, puesto que ya es suficientemente difícil adivinar el pasado como para complicarse la vida con el futuro.

La razón de fondo para esa sublevación es básicamente la misma. Lo que Thomas Piketty ha llamado “el fin del ciclo iniciado por Reagan en 1980, con su promesa de restablecer un capitalismo mítico”. Sus resultados son taxativos: los 400 individuos más ricos de EE UU poseen tanto como los 150 millones de abajo, y se embolsaron el 95% de los beneficios derivados de las sucesivas crisis económicas (Agence Global).

Sanders aventajó en New Hampshire a la más formidable maquinaria política del país, Hillary Clinton, en más de 20 puntos, superándola en todas las franjas demográficas, con especial inri entre la clase trabajadora. Y el hecho de que el senador por Vermont se diga socialista solo prueba que en EE UU existe la libertad de expresión. Resistamos la tentación de pensar en Podemos: la insularidad de la política norteamericana probablemente hace que ni haya oído hablar de Pablo Iglesias, y su posición en el espectro político español apenas daría para militar en la derecha del PSOE. Pero, más significativamente, se ha dicho que simboliza el enfrentamiento entre Main Street, la provinciana calle Mayor, y Wall Street, con la que se asocia a Clinton, que debe tantos favores a tantos poderosos.

Trump aún lo tiene más claro: con esa grosería y ese racismo que se toman por plain speaking logra parecer el portavoz de la clase más desfavorecida, con puntos de interacción con Sanders bien patentes sobre el terreno. Trump ha calificado de calamitosa la invasión de Irak (Bush II, 2002); ambos igualmente rechazan el TPP (Trans Pacific Partnership), aduciendo que dañaría el empleo nacional; y están de acuerdo en que los lobistas han corrompido la política norteamericana. Clinton, Hillary, votó en favor de echarse Irak a la espalda con las amargas consecuencias que conocemos, y el giro social de su campaña hacia las posiciones de su rival atestigua que se percata de que sufre una insurrección por la izquierda. Pero, con todo, el calendario electoral le es favorable con sus sólidos apoyos sindicales en Nevada y el encuadramiento masivo del voto afroamericano en Carolina del Sur.

Sanders lo tiene muy mal para derrotar a quien sea: jamás un judío, y encima nada religioso, ha llegado a la final en la carrera a la Casa Blanca; pero las perspectivas de Trump sí son alentadoras porque goza de un panorama desertizado de rivales. En 1964 lo más parecido como candidato al megamillonario, aunque bastante mejor educado, el republicano Barry Goldwater, fue barrido por el demócrata Lyndon B. Johnson (65% a 35%). Y como predicción es suficiente.