ARCHIPIÉLAGO

Costumbres colombianas (Caño Limón, Arauquita)

Quizás sean las guerrillas, las Farc, el ELN, la costumbre colombiana más difícil de explicar

Desde ayer he tenido en la punta de los dedos la frase “cuando estaba en el bachillerato, oí más de cien veces –hasta dejar de oírla– la noticia ‘la guerrilla voló anoche un tramo del oleoducto Caño Limón-Coveñas”. Pero lo cierto es que desde que fue inaugurada, en 1986, aquella tubería de 780 kilómetros –que es la única que se atreve a atravesar a Colombia– ha estado sufriendo atentados brutales: según la guerrilla del ELN, que se atrinchera en su fantasía libertaria luego de quemar el paisaje, siempre ha sido hora de vengarse de que el Estado les haya permitido a los tejanos la explotación de nuestro territorio. El pasado martes 9 de febrero, por ejemplo, volvió a dinamitar el oleoducto para responderle al presidente Santos el ultimátum “se equivoca el ELN si cree que con acciones violentas está allanando el camino a la paz”.

Quizás sean las guerrillas, las Farc, el ELN, la costumbre colombiana más difícil de explicar. Por supuesto, no son el fenómeno de generación espontánea que asquea a aquellos que se lavan las manos a la hora de las responsabilidades, ni ese mal que es una vocación que sirve tan bien a las películas de guerra, sino el grito y el oficio de varias generaciones de siervos sin tierra y sin derechos, el engendro de una sociedad bipartidista que recurrió a “la combinación de todas las formas de lucha” –pero poco lo ha reconocido– mucho antes de que en 1961 el IX Congreso del Partido Comunista imaginara esa solución para Colombia. Pero explicar por qué ha durado lo que ha durado, por qué hemos tardado tanto en ponernos de acuerdo en “no matar”, y muchos niños creen que un día de estos va a tocarles, es descifrar un secreto.

Ni el desarraigo, ni el cinismo de las élites, ni la pobreza, ni la segregación, ni la urgencia de la reivindicación social, ni el negocio de la guerra, ni el negocio de la droga, ni la costumbre del mal –todos tan ciertos, tan determinantes, pero de ninguna manera exclusivos de esta tierra– explican del todo por qué esto ha sido así por medio siglo.

Fue en 1980, en Arauquita, cuando el viudo Carlos Rodríguez vendió su finca de 300 hectáreas a un “misiú” de la OXY –por 20 millones de pesos– para dar paso al segundo yacimiento petrolero más grande del país: Caño Limón. Desde la inauguración del monstruoso oleoducto, que cruza los departamentos de Arauca, Norte de Santander, Cesar, Magdalena, Bolívar y Sucre hasta llegar al puerto de Coveñas, fue claro que daría aire a la acezante economía colombiana, empobrecería a un puñado de culturas (“la gran mayoría abandonó el agro y perdió su identidad…”, dijo un exalcalde), y servirían al viejo ELN, estudiantil y castrista y cristiano desde 1964, para vengar al pueblo de su explotación nacional e internacional.

Se volvió otra costumbre: el febril ELN, sentado, después de medio siglo, en una guerra que es un hábito y un rito, vuela por enésima vez el oleoducto –y las llamas irreversibles y el humo espeso se tragan todo lo que encuentran vivo a su paso– para exprimir el pago de sus extorsiones, carbonizarles el negocio a los explotadores y poner a los feligreses de su lado. Pero hoy además lo hace, dinamita y secuestra y mata, para probarle su capacidad de acabar con todo al Gobierno con el que lleva dos años hablando de una paz negociada que no convence a todos en su comando central. Sí, comprenderemos mejor por qué nos habituamos a la guerra si el ELN se suma a la idea de acabarla. Sí, desde aquí no se le ve mucho sentido a su cruzada: raptar, robar, asesinar para demostrar una hipótesis, una fe.

Es, de cierto modo, el mismo gesto de la corrupción: la certeza de que como este país no es mío entonces no es de nadie, y nadie está mirando. Pero sobre todo es estupidez.