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Todos los enemigos vienen de Bruselas

La campaña por abandonar la UE reúne a descontentos de todo el espectro político

Arranque de la campaña a favor del 'Brexit', el 19 de febrero. ANDREW COWIE EFE / Vídeo: Pablo Guimón

Si usted está en Londres y entra en el black cab de Scott Kimber, se arriesga a que este corpulento taxista le formule la siguiente pregunta: “¿Hay algo que podamos hacer desde dentro de la Unión Europea que no podamos hacer desde fuera?”. Se lo plantea, asegura, a todo cliente que ose sacar el tema del momento. A este padre de tres hijos, que lleva 18 años recorriendo con su taxi las calles de la capital, no se le ocurre ninguna respuesta positiva.

Sí se le ocurren, en cambio, numerosos motivos por los que Reino Unido debería abandonar el club. Entre ellos, la amenaza de Uber. Para Scott Kimber, en última instancia, Bruselas es la responsable de los nubarrones que ha colocado en su horizonte la compañía tecnológica californiana que tiene en pie de guerra a los taxistas londinenses. Identifique usted a su enemigo, píntelo de azul y colóquele unas estrellitas amarillas. Esa podría ser la consigna a este lado de la campaña.

Pam Watts, dueña de una planta de reciclaje en Kent, sostiene que la perversa regulación europea que la “ahoga en un mar de burocracia” es la culpable de las dificultades que atraviesa su negocio. Para Sam, de 18 años, trabajador de unos grandes almacenes, la UE es “antidemocrática y comunista”. La misma UE que, para el sindicalista John Boyd, impone el capitalismo salvaje. En el imaginario colectivo de esta parte del país, moldeado durante años por los tabloides y los políticos populistas, Bruselas amenaza todo lo bueno de la identidad británica.

Es viernes por la noche y, mientras Cameron cierra los últimos flecos del acuerdo con sus socios europeos, los partidarios de abandonar la Unión celebran un multitudinario aquelarre en el mismo edificio del centro de Londres donde hace unas semanas los líderes mundiales se reunían en solidaridad con los refugiados sirios. Poco importan aquí los detalles de un acuerdo que no es más que “un cheque sin fondos”. El propio hecho de que tarden tanto en cerrar esa “charada” no hace sino reforzar su posición. “¡Luchemos contra esos burócratas reunidos en habitaciones sin humo!”, se pide, entre aplausos, desde el estrado. “Hemos tenido una pantomima en Bruselas”, proclama el eurodiputado conservador David Campbell Bannerman, “el verdad show empieza ahora en Londres”.

Los asistentes escenifican “una nueva declaración de independencia” del país. Suena Power to the people, el himno emancipador de las masas firmado por John Lennon en 1971. Y se piden fondos para financiar una película sobre el Brexit. El proyecto es de Martin Durkin, responsable de La gran farsa del calentamiento global, un documental que cuestiona la opinión científica sobre el cambio climático.

La velada está organizada por Grassroots Out (GO!), un movimiento de las bases que aspira a aglutinar voces de todo el espectro político. “Esto no es sobre la derecha o la izquierda, es sobre soberanía”, insisten los ponentes. Está el veterano diputado tory Bill Cash, azote de John Major en sus negociaciones sobre Maastricht. Está la eurófoba laborista Kate Hoey. Está el eurodiputado del UKIP Gerard Batten, que recientemente sugirió que todos los musulmanes deberían firmar un contrato prometiendo que no son terroristas. Está el inevitable Nigel Farage, la estrella de la noche, el líder del UKIP que se quedó sin escaño en mayo. Y está el socialista George Galloway, diputado del partido Respect, más conocido por su amistad con Sadam Hussein. “La idea era juntar a políticos de todos los partidos y eso es lo que logró”, apuntaba malévolamente el comentarista John Grace en The Guardian. “Desafortunadamente eran justo todos esos políticos que la gente normal trata siempre de evitar”.

Grassroots Out es uno de los tres grupos que luchan por la designación como campaña oficial. Es un movimiento de vocación antiestablishment, que tiene que ver con fenómenos como el de Donald Trump en Estados Unidos. Apela a la Inglaterra media, al votante descontento que se queja de no ser escuchado.

Los más de mil asistentes al acto del viernes constituyen el ejército que recorre ya las calles de Inglaterra, llama a los timbres de las casas y reparte millones de panfletos con el objetivo de sacar al país de la Unión Europea. El reto, todos lo saben, es ir más allá de los incondicionales. Para que la euforia que se vivió en el acto del viernes se convierta en una victoria en el referéndum, hay que convencer a los indecisos.

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