La consulta para la reelección de Morales reabre la brecha en Bolivia

El ajustado resultado del referéndum para cambiar la Constitución y permitir otra reelección de Evo divide al país y supone un paso atrás en los logros construidos

Manifestantes en El Alto expresan su apoyo al presidente Evo Morales. FOTO: JUAN KARITA (AP) / VÍDEO: EFE

La ambición de Evo Morales, el primer presidente indígena de Bolivia, el mandatario que propició el mayor cambio social y económico en la historia del país, ha reabierto una brecha que parecía olvidada. El ajustado resultado del referéndum para modificar la Constitución y permitir una nueva reelección de Morales ha dividido al país y ha supuesto un paso atrás en los logros integradores construidos durante la última década.

El presidente boliviano forzó la convocatoria de un referéndum convencido de su buena gestión y en un momento en que la economía aún va por el buen camino, aunque se vislumbre un frenazo a medio plazo. Pretendía modificar la Constitución para volver a presentarse en 2019 y, de ganar, permanecer en el poder hasta 2025. La realidad, sin embargo, le ha asestado un duro golpe. A falta de los resultados definitivos, la diferencia entre los partidarios de modificar la Carta Magna y los adversarios del presidente se antoja muy estrecha.

Un resultado muy ajustado

Con el 76,1% de las actas verificadas, el no obtenía un 54,7% frente al 45,3% de votos a favor de la reforma.

Los sondeos a pie de urna de dos encuestadoras que se conocieron la noche de la votación apuntaban también a una victoria del no.

La empresa Ipsos daba un resultado del 52,3% en contra de la reforma constitucional frente a un 47,7% a favor .

La encuesta de Mori arrojó una victoria aún más magra del no: 51% frente a un 49%.

Con el 76.1% de las actas verificadas, el no obtenía un 54,7% frente al 45,3% del sí. Los sondeos a pie de urna de dos encuestadoras que se conocieron la noche de la votación apuntaban también a una victoria del no con un 52,3% frente a un 47,7% en el caso de la empresa Ipsos y de un 51% frente a un 49% en el caso de Mori. El propio Morales pidió este lunes “serenidad” hasta conocer los resultados oficiales, un tono más mesurado que el que empleó la noche electoral el vicepresidente, Álvaro García Linera, quien advirtió: “Es altamente probable que esas cifras se modifiquen de una forma drástica, nadie ha ganado ni ha perdido”.

Independientemente de si finalmente gana el sí o el no, lo que sí evidencian los resultados y las reacciones de los implicados es que la división en el país se ha agudizado desde el último triunfo de Morales, en octubre de 2014. Entonces, el primer presidente indígena boliviano venció por tercera vez unas elecciones presidenciales, con el 61% de los votos. Pero lo que hizo diferente aquel triunfo al de 2005 o 2009, cuando también ganó cómodamente (con el 54% y 64%, respectivamente) hace año y medio su discurso tenía un componente claramente integrador. Por primera vez, Morales le hablaba de tú a tú a las clases empresariales del oriente del país, siempre críticas con su gestión. En las grandes ciudades, su apoyo también crecía. No obstante, durante su mandato 2,6 millones de personas se han incorporado a la clase media.

Ese sector de la población que no reniega de las políticas sociales del mandatario, sin embargo, parece haberle dado la espalda a su deseo de perpetuarse en el poder. La buena marcha de la economía no ha sido suficiente para paliar el cambio de ánimo de quienes ven con cierta inquietud las denuncias de corrupción que han asolado últimamente al oficialismo. En las principales ciudades del país, el desplome ha sido considerable, según los primeros sondeos. Las encuestas a pie de urna reflejan que incluso en El Alto, su feudo tradicional, su apoyo cayó de un 70% al 57%.

Morales tendrá que lidiar a partir de ahora con una oposición que, pese a no contar con un liderazgo clave, se siente reforzada con la posible victoria del no. La exigua diferencia en el referéndum espanta cualquier intención de convocar un revocatorio. Los fantasmas de la violencia de 2008 también parecen olvidados.

Noche de tensión

Pero la tensión se volvió a palpar la noche electoral. Todos los líderes opositores, salvo el alcalde de La Paz, Luis Revilla, exaliado de Morales, salieron en tromba a celebrar la victoria del no y reclamaron al Gobierno que reconociese de inmediato los resultados, incluso sugirieron que, en caso de vencer el sí, sería porque Morales había cometido irregularidades. La respuesta del Gobierno, en boca del vicepresidente García Linera, llegó en un tono más arrogante que constructivo: “Paciencia, no vaya a ser que la alegría forzada de hoy se convierta en llanto mañana”.

Batacazo en las principales ciudades

A falta de la confirmación de los resultados oficiales, los sondeos a pie de urna, que podrían tener un margen de error de no más de tres puntos, según el propio Gobierno, dieron buena muestra de que Evo Morales ha sufrido un duro correctivo en las principales ciudades del país.

En La Paz, el no se impuso con 58,6% frente al sí, que obtuvo un 41,4%. En El Alto, el tradicional feudo del oficialismo, el sí venció con el 57%, pero el apoyo se redujo si se compara con las presidenciales de 2014, cuando obtuvo más de un 70%. En Cochabamba el desplome fue morrocotudo: el 62,4% habría optado por no modificar la Constitución frente al 37,6% a favor.

Otro de los lugares donde se palpó la división fue en Potosí, donde generalmente Morales vencía con claridad. Las protestas mineras del año pasado y la actitud condescendiente del presidente hacia sus demandas le han pasado factura. El no venció con 20 puntos de diferencia: 60% frente al 40%.

El tono más mesurado llegó ayer de parte del propio Morales. El no a la reforma de la Constitución, aunque erosiona su poder, no implica un rechazo a la continuación de sus políticas. Consciente quizás de que su desafío ha sido un error, convocó a los gobernadores y alcaldes opositores a trabajar conjuntamente para desarrollar los proyectos en marcha. Si se consolida la victoria del no, aún le quedan cuatro años de Gobierno. Su gran desafío será ver cómo se reinventa, cómo vuelve a atraer, si es posible, a las clases medias y a entusiasmar en las grandes ciudades. En definitiva, consolidar la imagen del líder que cambió el país y no la del que quiso perpetuarse en el poder.

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