El reencuentro de dos hermanas 30 años después de la tragedia de Armero

Un análisis de ADN confirma el parentesco de dos mujeres que fueron separadas tras la erupción del volcán Nevado, en Colombia

El 12 de noviembre de 2015, un día antes de que se cumplieran 30 años de la erupción del volcán Nevado, que sepultó bajo el barro al pueblo de Armero y se llevó por delante a 25.000 personas (la mitad de la población), Lorena Santos se hizo una prueba de ADN. La mujer, de 33 años, oriunda de esta localidad a cuatro horas de Bogotá, quería localizar a su madre. Tres meses después, se ha encontrado con su hermana Jaqueline Vásquez Sánchez, ha descubierto que su verdadero nombre es Suly Janeth Sánchez, que no es hija única. Tiene una hermana.

El primer abrazo, tras tres décadas, se lo han dado en las oficinas del laboratorio de genética Yunis Turbay de Bogotá. En esta clínica privada se cotejaron, de manera gratuita, las muestras de ADN que han propiciado el primer encuentro de dos víctimas de la tragedia de Armero gracias a la iniciativa de la Fundación Armando Armero, la única organización que sigue buscando a los desaparecidos. "Estoy muy emocionada", dice Jaqueline, "y tenía un poco de miedo porque no sabía si me iba a rechazar al verme". A su lado, su hermana, agarrada de su mano y aún algo conmocionada, cuenta que una de las primeras cosas que han hecho al verse ha sido repasarse los lunares: "Tenemos los mismos en los mismos sitios".

De izquierda a derecha, Jaqueline Vásquez Sánchez y sus dos hijos al lado de su hermana Lorena Santos y su hija.

Lorena Santos siempre supo que era adoptada. Tenía un año y medio cuando su cuidadora Marta decidió entregarla a una familia cansada de esperar a los padres biológicos. "Ella estaba en Armero, el resto de la familia vivíamos en Guayabal", explica Jaqueline. De la madre no hay rastro, solo la palabra de un tío que asegura que murió bajo el lodo. "Cuando cumplí 16 años, me pidieron unos documentos para hacer la confirmación y ahí descubrí el nombre de mi mamá", cuenta Lorena. Desde aquel momento comenzó la búsqueda por su cuenta. El año pasado, decidió visitar por segunda vez Armero con motivo del aniversario. Pensó que identificaría a su madre en alguna camiseta de un familiar o en un cartel. No encontró ninguna pista y decidió acercarse a la Fundación Armando Armero.

La menor de las hermanas se hizo las pruebas sanguíneas y quedaron registradas en el banco de ADN con 200 muestras de habitantes de la localidad (de las que 16 son niños huérfanos), de los laboratorios Yunis Turbay. Este centro colabora de manera altruista con la Fundación desde hace aproximadamente un año, cuando Claudia Ramírez, una de las madres que busca a su hijo desaparecido, les pidió el favor. "Colaboramos por la magnitud de la tragedia", afirma Juan José Yunis, subdirector de los laboratorios. "Estamos huérfanos del Estado", denuncia Francisco González, responsable de la organización (su padre falleció en la tragedia). 

Una mañana del pasado enero, en el trabajo, Jaqueline, la hermana mayor, de 39 años, vio en su muro de Facebook un vídeo de Lorena Santos, lo había compartido un amigo suyo desde el perfil Niños perdidos de Armero, vinculado a la fundación, donde se cuelgan testimonios de personas que buscan a sus familiares. "Escuché que decía el nombre de mi mamá, Ilía María Sánchez, y supe que era mi hermana", relata. Su jefe no le creyó y aún a riesgo de perder su trabajo, al día siguiente estaba en el laboratorio preparada para que le sacaran sangre.

Los análisis que han conseguido reunir a estas dos hermanas superan los tres millones de pesos (algo más de 900 dólares) por la complejidad de confirmar este tipo de parentesco. "Hemos hecho pruebas de ADN mitocondrial y después hemos estudiado otros marcadores genéticos. Un proceso mucho más complejo que el que implica relacionar a una madre con su hijo, por ejemplo", explica Yunis. "Un mes he estado esperando", ha interrumpido Vásquez, "¡ya no sabía qué hacer!". 

Jaqueline de Bogotá y Lorena de Ibagué, a casi cuatro horas de la capital, se preparan para recuperar el tiempo perdido. "Estamos en ello", dice la menor. "¿Cómo quieres que te llamen Suly o Lorena?", le espeta un periodista. "Como ella quiera está bien".

El papel del Estado

Ni Jaqueline ni Lorena han querido pronunciarse sobre la responsabilidad del Gobierno de Juan Manuel Santos en el asesoramiento y asistencia a las familias que 30 años después siguen buscando a sus familiares. Claudia Ramírez, Martha Lucía López y Gladys Primo, tres madres que aún esperan a sus hijos, han sido más expresivas. "Bienestar Social jamás nos ha atendido", cuentan las tres a EL PAÍS. "Dicen que se encargan de los menores, pero nuestros hijos ya cumplieron hace tiempo los 18 años".

El único registro que existe de la tragedia de Armero es el denominado Libro Rojo, al que Francisco González denomina "la feria de los niños". Una suerte de censo elaborado por Nidia Rozo, entonces jefe de la oficina jurídica del ICBF en la capital del Tolima, que comenzó a elaborarse según iban apareciendo niños sin la compañía de sus familiares. “Contiene las actas de entrega de los niños a sus familiares durante los primeros 15 días después de la tragedia. Se ponía el nombre, la edad, el familiar que lo reclamaba y su lugar de destino. Recuerdo que solamente quedaron cinco niños abandonados, cuatro se dieron en adopción a familias tolimenses y otro niño se le entregó a un periodista de Caracol”, declaró al diario El Heraldo el pasado noviembre.

Desde el Instituto de Bienestar Familiar explican a EL PAÍS que en aquel momento "no hubo tiempo ni infraestructuras para responder ante una emergencia de esta magnitud". Reconocen que "la atención fue desordenada". Se perdieron muchos documentos y el Libro Rojo, abierto a consulta pública desde 2015, no se satisface las necesidades de los familiares. Las cuentas del ICBF no se parecen en nada a las de la Fundación Armando Armero y su libro blanco en el que calculan la pérdida –o entrega equivocada– de al menos 237 niños, varios de ellos a familias extranjeras.

Ante las demandas de las familias, desde Bienestar Familiar se justifican diciendo que han pasado 30 años y que el equipo de la institución es nuevo. "Nos obvian", denuncia González, "somos una ONG sin recursos pero no vamos a desfallecer y este va a ser el primero de muchos reencuentros". Frente a él, las tres madres y una joven huérfana llamada Johanna Jimena Benavides que busca a sus padres, aplauden: "Seguiremos esperando, esto nos da esperanza".