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No vaya al festival NRMAL, haga usted el favor

Poncho Muriedas y Moni Saldaña, parte de los organizadores del evento, dicen que jamás, jamás serán como otros festivales. Por nada del mundo, aunque actúen Deerhunter o Low

En una ciudad de nueve millones de personas como la capital mexicana, atascada por doquier, entranconada, hinchada, en una urbe que mima las colas y desprecia al individuo, unos muchachos amantes de la música han decidido que su festival, el NRMAL, será pequeño o no será. “El nuestro siempre será el festival al que nosotros iríamos”, decía la otra tarde Moni Saldaña, una de las organizadoras del evento. Saldaña es rubia, el pelo lacio, la risa fácil, oriunda de Monterrey igual que el festival NRMAL, que nació en la capital norteña en 2010 y hace unos años se mudó a la Ciudad de México. La joven –apenas pasa de los 25– empezó alimentando el blog de la productora NRMAL y de repente, un año, se puso a organizar el evento. “La primera vez, en la Alianza Francesa de Monterrey, no fuimos más de 1000 personas… No queremos ser masivos”, zanja.

En un capítulo de South Park, la sátira animada creada por Trey Parker y Matt Stone, uno de los cuatro niños que la protagonizan, Eric Cartman, el “fuertecito”, compra un parque de atracciones. Para fastidiar a sus amigos, Cartman lanza un comercial por televisión en el que anuncia y muestra las bondades del parque, las montañas rusas, el tiovivo, los autos de choque… Lanza el comercial solo para decir, al final, que nadie puede entrar, solo él. Guardando las distancias, Saldaña y los suyos manejan un lema que huele sutilmente a Eric Cartman. Salvo que ellos no quieren fastidiar a nadie, al contrario, quieren que los asistentes al NRMAL puedan ver un concierto en primera fila; que puedan verlo dos minutos después de comprarse una cerveza, asunto inimaginable en otros eventos musicales que se celebran en la ciudad. (Este reportero ha recibido denuncias de asistentes a festivales multitudinarios, que exigen un descuento en la entrada, proporcional a los kilómetros que les separan de los escenarios en los conciertos).

Saldaña vino acompañada de Poncho Muriedas, otro de los puntales del NRMAL. Muriedas nació en Tijuana y empezó a programar conciertos a los 17 años. Se asoció con productores de California, luego viajó a Barcelona, asistió a las primeras ediciones del festival Primavera Sound –cuando uno podía comprarse una cerveza y ver un concierto en primera fila dos minutos más tarde–, al Festival Internacional de Benicassim, volvió a México, colaboró en la producción de festivales de cine en el DF… Todo esto para concluir, como defienden, que el NRMAL no es un festival aficionado, sino al contrario, subrayan la calidad con que manejan la producción de los conciertos, que hay artistas que ya preguntan por ellos. “Que sea un festival independiente no significa que no sea profesional. Atendemos cada detalle técnico personalmente. Se trata de que nos consolidemos como comunidad de música emergente”.

Este año el NRMAL celebra su séptima edición y espera reunir a 11.000 asistentes entre el sábado 12 y el domingo 13 de marzo. Es una cifra lejana a los 100.000 que apelmazó el Corona Capital hace unos meses en el Autódromo Hermanos Rodríguez. Este año actúan Low, Deerhunter, Acid Mothers Temple, A Place to Bury Strangers…

Quizá el NRMAL se pierda, igual que ha pasado con tantos otros festivales. Igual Eric Cartman abre las puertas a sus amigos y a los amigos de sus amigos y ya no seremos 11.000, seremos más… Parecería extraño después del camino que han recorrido los organizadores, el tiempo que han empleado en colocar una marca en el mercado, los momentos difíciles que han pasado. En 2011, cuenta Moni Saldaña, el festival casi se cancela por la inseguridad. Meses antes del evento, unos sicarios habían matado a dos estudiantes en el Tecnológico de Monterrey, una de las universidades más prestigiosas del país. “El barrio antiguo, nuestro refugio, se murió. Cerraron el Garage, el café Iguanas, varios locales… pero lo conseguimos, salimos adelante”.

Poncho y Moni abordaron recuerdos la otra tarde durante hora y media, bandas que les habían cambiado de algún modo la vida, pero también otras que querían ver este año, ilusiones de enraizarse en la ciudad, de volver, algún día, a Monterrey, de, en fin, seguir a lo suyo: amar la música. Si los buscas en el NRMAL, igual los encuentras; igual son de esos que aun bajan al barro a ver los conciertos.