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ARCHIPIÉLAGO

Y, con ustedes, marzo (Conejo, La Guajira)

Es digno del Lejano Oeste –de mentes embotadas– hacer “pedagogía por la paz” con fusiles al hombro

Siempre estamos a un paso del ridículo, siempre. Estoy hablando de nosotros: de Colombia. Que desde afuera no se ve tan mal como se ve desde adentro, y no pasa de ser otro país que ha tardado demasiado, un par de siglos apenas, en cumplir sus promesas, pero que sin duda ha tenido la desgracia de ser defendido e intimidado por terratenientes mitómanos, y es como si Estados Unidos, por ejemplo, no hubiera puesto orden al Lejano Oeste. Colombia suele estallar por lo mismo de siempre, obstinada y ridícula, como si la rutina la tomara por sorpresa. Y lo digo porque hoy, después de tres largos años de negociaciones en Cuba, el Gobierno está a sólo veintitrés días de firmar –se dijo que sería el 23 de marzo– un acuerdo de paz con la guerrilla: con las Farc. Y por las violentas reacciones de cada día está claro que nadie tiene claro lo que se nos viene.

Hace diez días tres jefes guerrilleros viajaron de La Habana al corregimiento de Conejo, en La Guajira abandonada, para “hacer pedagogía sobre la paz”: entregaron volantes a favor de una Asamblea Constituyente e hicieron “proselitismo político armado” en una escuela que no entendió qué estaba pasando. De inmediato, pues hoy todo pasa de inmediato, la osadía de aquellos hombres de las Farc que aún llevan nombres entre comillas enfureció e indignó a la derecha colombiana: o sea al país. Conejo, enterrado en el sol del lejano norte –desde allá bastan unas zancadas de contrabandista para llegar a Venezuela–, no sólo ha sido la tierra del traficante brutal llamado “Marquitos”, sino el dominio del frente 59 de las Farc. Y “hacer pedagogía” allí no sólo fue romper la palabra de no involucrar a la población, sino recordar, de paso, que estos gobiernos sólo han llegado a una tercera parte de Colombia.

Fue en octubre de 1961 cuando el senador conservador Gómez Hurtado pronunció su famoso “hay en este país una serie de repúblicas independientes que no reconocen la soberanía del Estado colombiano…”: y fue en el aparatoso intento de recobrarlas, luego de traicionar las amnistías concedidas a los guerrilleros de los años cincuenta, cuando las Farc nacieron entre los campesinos para seguir agrietando este mapa. Así ha estado Colombia desde entonces: rota. Y sí que le ha servido a la guerrilla, para jugar por medio siglo a su revolución y para lavarse las manos con sangre, que aquel país que juró liberar de sí mismo haya compartido con ella el desprecio de cualquier ley que no sea la suya. Sí, la Colombia donde ha habido presidentes ha detestado a las Farc con razón. Y con razón las Farc no se han atrevido a dar la espalda.

Qué miedo los unos y los otros. Es digno del Lejano Oeste –de mentes embotadas– hacer “pedagogía por la paz” con fusiles al hombro. Estos años de negociaciones han sido, precisamente, la agotadora búsqueda de un acuerdo elemental: “nadie volverá a hacer política con armas”. Y lo de Conejo fue, pues, una vergüenza. Pero las virulentas reacciones de nuestros líderes peores, “¡Gobierno cómplice…!”, hacen pensar que aquí no hay izquierda ni hay derecha sino una masa de extremas: pocos niegan que las Farc han sido cobardes e infames, pero lo cierto es que el colombiano –si quiere paz– no sólo tendrá que recibir a esos exguerrilleros anacrónicos como a simples ciudadanos, y valorar que desde abril repitan, desarmados, el lugar común de la justicia social, sino que tendrá que defender la Constitución –que la extrema derecha y las Farc quieren cambiar– como sacudiéndose otro ridículo anhelo de los fachos, como haciendo respetar una única república.

Tendrá que entender que esa guerra de cincuenta años está acabando. Tendrá que ver el país como lo ven afuera, y mudarse a Colombia desde su feudo imaginario.