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El auge de Donald Trump exhibe la fractura política y social de EE UU

El 'trumpismo' es una reacción airada a la presidencia del demócrata Barack Obama

"La mayoría silenciosa está con Trump", dice este cartel en un mitin en Nueva Orleans (Luisiana) AP

Nadie vio llegar a Donald Trump. Cómo un hombre sin experiencia política, pasó en unos meses de ser una figura de los reality shows a un aspirante serio a la Casa Blanca, es una pregunta que durante décadas ocupará a los expertos. El trumpismo es una reacción airada a la presidencia del demócrata Barack Obama, una lente aumentada y deformada de la virulenta oposición al presidente. También es una respuesta a los cambios económicos y demográficos acelerados. Y, aunque sea un fenómeno muy nuevo, hunde sus raíces en tradiciones de populismo y exclusión de la historia de este país. 

La sucesión de victorias de Trump en las elecciones primarias y caucus (asambleas electivas) le acercan a la nominación para ser el candidato del Partido Republicano a las elecciones presidenciales de noviembre.

El malestar de la clase trabajadora blanca erosionada por décadas de salarios estancados y desigualdades crecientes puede explicar el fenómeno Trump. O el racismo latente en partes de la sociedad. O el temor a los cambios acelerados de la globalización.

La ansiedad

Se ha hablado del descontento, o directamente de cabreo para entender las motivaciones de los votantes.

Una emoción que quizá ayude a entender el ‘trumpismo’ es la ansiedad. Shana Kushner Gadarian, politóloga de la Universidad de Syracuse (Nueva York), es coautora, junto a su colega Bethany Albertson, de Anxious politics (Política ansiosa), un libro publicado el pasado septiembre, en pleno auge de Trump.

“La ansiedad política proviene de una sensación de incertidumbre y es un sentimiento negativo, incómodo”, dice Gadarian en un correo electrónico. “Para muchos americanos que pasan por dificultades financieras, existe una sensación de precariedad que les hace cuestionar la futura seguridad económica de ellos, sus familias y el país. A esto se suma una ansiedad profunda entre ciertos segmentos del público sobre los cambios demográficos y culturales que han ocurrido a un ritmo rápido en EE UU en las últimas décadas”.

Gadarian cita la diversidad racial y el ascenso a la Casa Blanca de un afroamericano o la conquista de los derechos civiles por gais y lesbianas. El país de hace unas décadas es irreconocible.

Ansiedad + enfado: esta sería la fórmula Trump. “Mientras que la ansiedad lleva a la gente a querer sentirse protegida, el enfado le lleva a querer culpar y castigar a quien perciban como responsable de la ofensa”, dice. El castigo ahora puede dirigirse a los musulmanes, a quienes Trump prohibiría la entrada en EE UU, o a los 11 millones de inmigrantes sin papeles, a los que quiere deportar.

Larga tradición

“Trump es un amalgama de populista de derechas, famoso egomaniaco y hombre de negocios que cree que, por haber ganado mucho dinero, es capaz de gestionar la economía americana y gestionar un sistema político", dice Michael Kazin, historiador en la Universidad de Georgetown, en Washington, codirector de la revista ‘Dissent’ y autor de The populist persuasion (La persuasión populista), donde define el populismo más como una retórica que como una ideología. “Hay paralelismos con todo esto en la historia americana”.

Kazin cita a Henry Ford, el magnate automovilístico que cultivaba un discurso antisemita y al que demócratas y republicanos cortejaron para ser candidato en los años veinte. Más atrás, hay semejanzas con el Partido Americano de mediados del siglo XIX, conocido como los Know-Nothing (no sé nada). “Su agenda consistía en dificultar a los inmigrantes convertirse en ciudadanos americanos”, dice. “Se oponían especialmente a los inmigrantes católicos: irlandeses y alemanes. Creían que quitaban el trabajo a los americanos protestantes y les veían como esclavos del Papado”. La ironía es que Trump desciende de inmigrantes alemanes.

Otro posible precedente es, en los años sesenta del siglo XX, el gobernador segregacionista de Alabama, el demócrata George Wallace, que se presentó a las elecciones presidenciales agitando el miedo y el resentimiento de las clases medias blancas ante los cambios sociales de los años sesenta. “Usa las frustraciones de la clase trabajadora blanca por sus problemas económicos y la sensación de que el Estado no se preocupa de ellos y se preocupa solo de otras personas, especialmente de los negros, en el caso de Wallace, y latinos y negros en el caso de Trump. Usa esto para obtener votos de personas que, de otra manera, votarían a los demócratas”.

El antecedente del Tea Party

La socióloga de Harvard Theda Skocpol, coautora de The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism (El Tea Party y la remodelación del conservadurismo republicano), ve una continuidad entre este movimiento, que en 2009 y 2010 capitaneó la oposición a Obama, y Trump. Aunque el Tea Party era sobre todo un movimiento anti-impuestos y contrario al intervencionismo estatal, a sus bases les preocupaba la inmigración y temían a los musulmanes, dice Skocpol.

Skocpol habla de tensiones generacionales en un país en el que el estado del bienestar es generoso para los mayores pero muy parco para los jóvenes y las personas con ingresos bajos. Muchos seguidores del Tea Party no se oponían al intervencionismo estatal, como rezaban los eslóganes del movimiento: defendían los beneficios públicos para ellos —blancos y mayores— y no para las nuevas generaciones, más diversas étnicamente.

El enfado de las bases del Tea Party, según Skocpol, “se explicaba porque el Gobierno de Barack Obama estaba desplazando recursos desde ellos a personas que consideraban no americanos, o no buenos trabajadores”. Puro Trump, que se opone al dogma antiintervencionista de su partido, el republicano, y es contrario a los recortes de las pensiones y la sanidad pública para los mayores de 65 años.

La responsabilidad del Partido Republicano

Michael Grunwald, autor de The new new deal (El nuevo new deal, una crónica del plan de estímulo con el que en 2009 Obama ayudó a sacar al país de la Gran Recesión), cuestiona la explicación únicamente económica del fenómeno Trump. Grunwald recuerda que desde 2010 la tasa de paro ha caído del 10% al 5%; que EE UU lleva 72 meses seguidos creando empleo, con más de 14 millones de puestos de trabajo nuevos; que, aunque los salarios han aumentado muy poco, la gasolina es barata; que el número de personas sin cobertura médica se ha reducido a mínimos históricos; que los costes de la sanidad crecen al ritmo más lento del último medio siglo; y que la inflación es baja. “Aunque la desigualdad es un problema real”, dice, “las familias normales tienen más seguridad y más dinero en el bolsillo”.

El porqué de Trump hay que buscarlo, según Grunwald, en las actitudes recientes del Partido Republicano, que asiste con espanto a su ascenso. “[Trump] es el más atractivo para muchos votantes de las primarias republicanas a quienes, durante siete años, se les ha dicho que Obama era un usurpador ilegítimo que está matando América”.

Trump triunfa porque es el anti-Obama: indignado en vez de calmado, exagerado en vez de realista, un constructor millonario blanco en vez de una activista vecinal negro, que era el trabajo de Obama en su juventud.

Grunwald recuerda que, en las elecciones legislativas de 2014, había candidatos republicanos advertían de que terroristas islamistas podían introducir el virus del Ébola a través de la frontera con México. “Así es como acabas teniendo a Trump”, añade. O, en otras palabras, Trump sería un monstruo nacido de la retórica descontrolada del Partido Republicano.

 

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