ANÁLISIS

Erdogan rompe puentes con la idea de libertades en Europa

El Gobierno turco acosa a la prensa y a la minoría kurda sin objeciones mientras negocia con la UE la contención del éxodo de refugiados

Recep Tayyip Erdogan, ante el nuevo puente sobre el Bósforo. AFP

Recep Tayyip Erdogan lleva 13 años sin apearse del poder en Turquía. Este domingo asistió a la culminación de la obra del tercer puente sobre el Bósforo, el primero que se tiende entre Europa y Asia en casi tres décadas. Se llamará Selim I, el Severo, en homenaje al sultán que sentó las bases del Imperio Otomano y masacró a decenas de miles de disidentes religiosos. La información previa de este acto encabezaba también la primera página del diario Zaman, el de mayor circulación del país, bajo la tutela de los nuevos administradores nombrados tras la intervención de la publicación el pasado viernes. Hasta entonces Zaman había sido la principal voz crítica contra la deriva autoritaria del presidente turco y de su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, neoislamista).

Esta parece ser la “nueva Turquía” que Erdogan y su primer ministro, Ahmet Davutoglu, prometieron en noviembre después de recuperar la mayoría absoluta que habían perdido en las urnas cuatro meses antes. Hasta que llegó la hora de la repetición de las elecciones, Ankara tuvo tiempo para implicarse de lleno en la guerra de Siria —al ceder a Estados Unidos la utilización de la base aérea de Incirlik en Anatolia para bombardear al Estado Islámico—, y de reanudar las hostilidades con la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) después de más dos años de alto el fuego. Durante ese tiempo, el verano de 2015, Europa se tuvo que enfrentar además a la mayor crisis de refugiados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Después de haber puesto encima de la mesa en noviembre 3.000 millones de euros para ayudar a los 2,5 millones de desplazados por el conflicto sirio que acoge Turquía y la reanudación de las negociaciones para la adhesión, estancadas durante una década, los líderes de la UE se reúnen hoy de nuevo con Davutoglu para pedirle que frene el éxodo hacia Grecia y los Balcanes en pleno invierno. La Unión, escindida en diferencias insalvables entre sus miembros e incapaz de cumplir sus propios compromisos para acoger a los refugiados, intenta ahora llegar a un acuerdo con Turquía readmita en su territorio a los llamados “inmigrantes económicos”, esto es, todos los que no pueden justificar una petición de asilo por procederte de países en conflicto como Siria.

Los dirigentes turcos, duchos en el regateo del bazar, intentarán sin duda obtener alguna nueva compensación. Pero ya han conseguido su principal objetivo: intensificar el acoso a la prensa y a la minoría kurda sin apenas objeciones internacionales. El mismo día en el que el presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, intentaba cerrar un compromiso en Ankara antes de oficializarlo en Bruselas, se produjo la intervención de Zaman sin que nadie pusiera el grito en el cielo en la Unión.

Varias localidades kurdas del sureste de Anatolia llevan meses sometidas a un toque de queda permanente, en lo que constituye un estado de excepción no declarado ante la indiferencia del mundo.  El propio Davutoglu acaba de anunciar que promoverá el levantamiento de la inmunidad parlamentaria de destacados disputados del nacionalismo kurdo aludiendo a vagas acusaciones de terrorismo, las mismas a la que se han recurrido para la intervención del grupo de medios vinculado a imán Fetulá Gülen, fundador de una especie de Opus Dei islámico moderado exiliado en EE UU desde hace más de 20 años.

El mandatario ha impuesto un  nacionalismo autoritario ante el silencio forzado de Estados Unidos y Europa con un aliado inevitable

Los puentes con la idea misma de las libertades y la tolerancia en Europa se han roto en Turquía. La verdadera agenda oculta de Erdogan no era el islamismo teocrático, como muchos temían en Occidente a su llegada al poder, sino un nacionalismo autoritario que ha acabado imponiendo a los turcos ante el silencio forzado de Estados Unidos y Europa con un aliado inevitable en la guerra contra el yihadismo y la contención de la marea de refugiados.