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COLUMNA

En la política, incluso los creyentes necesitan ser ateos

El momento de Brasil, que culminó en las manifestaciones del 13 de marzo, muestra los riesgos de sumarse por la fe: debemos resistir mediante la razón

Manifestantes en la avenida Paulista de Sao Paulo el domingo pasado. REUTERS

No se construye un proyecto político con creyentes. Pero la angustia, en el Brasil de hoy, se da también por la voluntad de creer que algo es verdadero en una vida cotidiana marcada por las falsificaciones. El peligro es que, cuando el guion de los días parece haber sido escrito por publicistas, no cabe razón en ese creer. Se exige fe. Cuando la política demanda sumarse por la fe, debemos tener mucho cuidado. Los partidos que están ahí, tirando hacia uno u otro credo, pueden pensar que les favorece tener una población de creyentes que legitime sus proyectos de poder. Pero la adoración, rápidamente, puede desplazarse hacia otro lugar, un hecho del que algunos ya deben de haber comenzado a darse cuenta después de las manifestaciones del domingo 13 de marzo. O peor aún, a un ídolo de barro cualquiera. Rebajar la política nunca es una buena idea para el futuro. Quien piensa que controla a los creyentes, con sus espirales de amor y de odio, no ha aprendido con la historia ni entiende lo demasiado humano de las masas que gritan.

Hay un enorme descreimiento en los políticos y en los partidos tradicionales, este ya un lugar común. Pero es importante darse cuenta de que aeste descreimiento se contrapone ya no la razón, sino una voluntad feroz de creencia. Cuando los días, las voces y las imágenes suenan falsos, y a eso se suma también un cotidiano corroído, hay que agarrarse a algo. Cuando se elige a un culpable, uno que simboliza todo el mal, también se elige a un salvador, uno que simboliza todo el bien. La adhesión por la fe, ya se manifieste por el odio o por el amor, elimina la complejidad y los matices, reduce todo a una lucha del bien contra el mal. Y eso, que parece ser lo que Brasil vive hoy en día, puede ser peligroso. No solo hacia una dictadura, como temen algunos, sino para que se instale una democracia de fachada, como la que ya vivimos en ciertos aspectos.

Una democracia demanda ciudadanos autónomos, adultos emancipados, capaces de asumir la responsabilidad de sus elecciones y de moverse por la razón. Lo que se ve hoy en día es un deseo de destrucción, que se esparce por la sociedad y señala incluso pequeños actos de la vida cotidiana. El linchamiento, que marca la historia del país y la atraviesa, es un acto de fe. No pasa por la ley ni por la razón. Al contrario, las elimina, al sustituirlas por el odio. Es el odio el que justifica la destrucción de aquel que en un determinado momento encarna el mal. Esto se está ejerciendo en el Brasil actual no apenas en la guerra de las redes sociales, sino de formas mucho más sofisticadas. Esto ha sido estimulado. Quien cree que controla a los que se toman la justicia por su mano no sabe nada.

Tal vez lo más importante, en este momento tan delicado, sea resistir. Resistir a sumarse por la fe a lo que pertenece al mundo de la política. Hincarse en la razón, en el pensamiento, en el conocimiento que se revela por el ejercicio persistente de la duda. Es más difícil, es más lento, es menos seguro y sin garantías. Pero es lo que puede permitir la construcción de un proyecto para Brasil que no sea el de la destrucción. Quienes sufren primero y sufren más con la disolución en marcha son los más pobres y los más frágiles. Es necesario resistir también como un imperativo ético.

En la política, incluso los creyentes tienen que ser ateos.

Pero nunca, desde la redemocratización, al menos, fue tan difícil vencer esta paradoja: al enorme descreimiento se contrapone una enorme voluntad de creencia. Un deseo desesperado de fe. Y esto vale para todos los lados.

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Sería bueno si pudiésemos creer que los cientos de miles que salieron a las calles este domingo quieren el fin de la corrupción en Brasil. La belleza de un país unido contra aquello que lo arrastra hacia el desagüe es una imagen fuerte, poderosa. Pero la masa verde-amarilla, vista de cerca, se delata a sí misma. Quien quiere el fin de la corrupción en Brasil no levanta muñecos de Lula (PT) y de Dilma (PT) y se olvida de todos los demás que no pertenecen al partido que quiere arrancar del Gobierno. Quien quiere el fin de la corrupción en Brasil jamás habría negociado con Eduardo Cunha (PMDB), como hicieron los líderes que organizaron las manifestaciones hace poco tiempo. Ni viste la camiseta de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), más corrupta imposible. Ni se saca selfis con una policía que viola sistemáticamente la ley.

La corrupción es una bandera conveniente para quien nada quiere cambiar, pero tiene que fingir que quiere. Siempre cabe, porque, al mismo tiempo que es un consenso —o alguien va a declararse a favor de la corrupción?—, es difusa. Se elige a los corruptos a destruir, que se convierten en muñecos, en caras a eliminar. Y nada se cambia de la estructura que provoca las desigualdades y permite la corrupción de fondo. Es interesante darse cuenta, al no sumarse por la fe, de que los blancos en las calles son los políticos. En su mayoría Lula y Dilma, contra quienes hasta ahora nada se ha probado. Hay indicios, hay delaciones, hay investigaciones en marcha. Pero nada se ha probado. ¿Y qué importan los hechos cuando lo que vale es la propaganda? ¿Qué importa la verdad cuando la demanda es de creencia?

La cara del Mercado, el otro rostro de la operación Lava Jato, no estaba en las calles como acusada, a pesar de que los exponentes del empresariado nacional están en la cárcel

La cara de los corruptos en las calles, aquellos que simbolizan la corrupción que se dice combatir, es la cara de los gobernantes, un expresidentey su sucesora. Es un único partido, cuando hay varios otros implicados. Los blancos en las calles son aquellos identificados con el Estado. No hay muñecos de exponentes del empresariado nacional, algunos de ellos ya detenidos, juzgados y condenados. Las entidades de clase empresariales que convocaron a sus miembros a sumarse a las protestas de este domingo no clamaron contra sus pares en la cárcel. La cara del Mercado, el otro rostro de esta historia, no está en las calles como acusada, a pesar de que también es protagonista de la trama que la operación Lava Jato está desvelando.

¿Y por qué no está? Para entender la condición por completo, tan importante como ver quién está es notar quién no está.

No hay cómo afirmar lo que cada uno que salió a las calles desea, cuál fue la insatisfacción que lo llevó hasta allí. Son muchas las pasiones, y el espacio público pertenece a todas ellas. Pero es importante observar que el senador Aécio Neves y el gobernador Geraldo Alckmin, dos de los presidenciables del PSDB, entraron en la Avenida Paulista alegremente y salieron hostilizados, lo que tal vez les enseñe algo. Quien recibió una ovación a los gritos de “¡Mito! ¡Mito! ¡Mito!”, al participar en la manifestación en Brasilia, fue el diputado federal Jair Bolsonaro (PSC), exponente nacional de la derecha caricaturesca, que odia a los gais y adora las armas. Y, por encima de todos, como un icono positivo y salvador de la Patria, la figura omnipresente del juez Sergio Moro, en carteles y camisetas. La más notoria de ellas, en inglés: “In Moro We Trust” (en Moro confiamos). Parodia del lema de los Estados Unidos, estampado en los billetes de dólar: “In God We Trust” (en Dios confiamos).

Es importante escuchar el discurso de los líderes de los movimientos que organizaron las protestas, así como percibir con qué partidos se alían en sus aspiraciones políticas. La parte final del artículo escrito por el coordinador del MBL (Movimiento Brasil Libre) y columnista de Folha de S.Paulo,Kim Kataguiri, es particularmente reveladora, al hacer una analogía entre el momento actual y la serie de televisión Power Rangers, para convocar a los brasileños a comparecer a la manifestación: “Con seis años, yo luchaba contra monstruos que eran derrotados y volvían gigantes. Lula, después de haber sido derrotado en el Mensalão, volvió todavía más grande en el Petrolão. Los Rangers se unían y fusionaban sus vehículos para componer el robot gigante. Necesitamos a algunos cientos de miles de brasileños para montar el nuestro”. Debe de creer que consiguió “montar” su “robot gigante” en las protestas del domingo.

Al escuchar a los líderes de las protestas pro destitución de la presidenta con atención es fácil darse cuenta de que lo nuevo es viejo. Tan viejo como la rastrera lucha del bien contra el mal.

Sería bueno creer que la masa verde-amarilla en las calles quiera de hecho el fin de la corrupción en Brasil. Por la razón, no es posible creerlo. Por la creencia, sí.

Sería bueno si pudiésemos creer que la oposición al Gobierno y al PT tenga un proyecto de país que no sea tan solo un proyecto de ocupación y reparto del poder. O de mantenimiento del poder, en el caso del PMDB, partido que hoy está al mando de seis ministerios y de la vicepresidencia de la República. Se necesita mucha fe para creer en eso después de la cena del 9 de marzo entre líderes del PSDB y del PMDB, en Brasilia. Entre ellos, Aécio Neves y José Serra, dos de los presidenciables del PSDB, reunidos con, entre otros, Renan Calheiros, del PMDB, presidente del Senado y blanco de seis contenciosos en la operación Lava Jato. La semana pasada se pidió al Supremo Tribunal Federal la apertura de un séptimo contencioso.

El PSDB y el PMDB se parecen a buitres que, al creer que están comiendo carroña, no se dan cuenta de que junto con ella están devorando sus propias garras


Los presidenciables del PSDB negociando con Renan Calheiros, aquel que horas antes le había entregado a Lula un ejemplar de la Constitución, haciendo la prueba de hasta qué punto se puede manipular las imágenes, profundizar en el escarnio y burlarse de la ley. El PMDB y el PSDB juntos, debatiendo sobre el reparto del poder después de la caída de Dilma Rousseff y del PT. O sobre cómo repartirse los despojos de aquellos cuya muerte ya han decretado. Comiéndose al Gobierno y al PT y dándose las manos durante el postre, seguros de que el futuro es suyo, como ya fue el pasado. Solo con mucha fe se puede creer que esta imagen de botín sería lo mejor para el país. O que representaría el fin de la corrupción. El sábado, tres días después de esta cena y en la víspera de las manifestaciones, el PMDB decidió darle un "aviso previo" a la presidenta Dilma Rousseff y al PT, al anunciar que puede desembarcar del Gobierno para no salir del poder.

Sería fundamental una oposición fuerte y responsable al Gobierno. Siempre lo es para que una democracia funcione. Pero entre los grandes partidos no se ha escuchado una única voz capaz de superar sus pasiones personales y liderar con razón y responsabilidad. Lo que se vio fueron comerciantes deshonestos, carniceros. Buitres que, al creer que están comiendo carroña, no se dan cuenta de que junto con ella devoran sus propias garras.

En la “conducción coercitiva” de Lula, el juez Sergio Moro promovió el linchamiento simbólico, estimuló el deseo de venganza que atraviesa la sociedad brasileña, y no la ley

Sería bueno que pudiésemos creer que el juez Sergio Moro tuvo de hecho la convicción de que la “conducción coercitiva” de Lula no solo cumplía con los requisitos de la ley, sino que evitaría enfrentamientos, como afirmó en una nota pública. Y, más aún, que “se tomaron cuidados para preservar, durante la diligencia, la imagen del expresidente”. ¿Qué tipo de candidez necesitarían Moro y también los fiscales federales para no imaginar que, para Brasil, lo que se convertiría en verdad es que Lula fue detenido ante las cámaras? ¿Y que eso, por sí solo, ya juzgaría y condenaría al expresidente sin juicio ni condena? ¿Qué tipo de inocencia necesitarían Moro y sus pares para no darse cuenta de que la “conducción coercitiva”, untérmino que no forma parte del vocabulario de la población ni es fácil de entender, sería sinónimo de prisión? ¿Y que el espectáculo, con un fuerte aparato policial, como si Lula fuese el propio Al Capone, sería decodificado como la prisión de Lula? Espectáculo, es importante subrayarlo, al cual se invitó a una parte de la prensa, para garantizar la producción y la difusión de la imagen del fuerte poder simbólico.

Es necesario que estos hombres de la ley (¿?) sean ingenuos, lo que tampoco es una buena característica para la profesión. O, lo que es más fácil movilizar, como se ha visto: es necesaria la fe. Nuestra fe.

Lo que pasó aquel viernes, 4 de marzo, en el que Lula fue sacado de casa por policías federales y llevado al Aeropuerto de Congonhas, fue grave. Muy grave. El juez y los fiscales deberían ser los primeros en querer evitar de todos modos esa simbología. La imagen de Lula detenido, para Brasil entero, no muestra que la ley vale incluso para iconos populares y expresidentes. Sino que la ley tampoco vale para iconos populares y expresidentes. Que el abuso y la violación de los derechos, cuya mayor representación son los miles de presos sin juicio tirados en cárceles medievales, así como los negros humillados por las policías en los suburbios, son la regla para todos, o casi todos.

Lo que el juez y los fiscales estimularon en esta escena fueron las ganas de linchamiento. Porque llevar a alguien a declarar de esa manera, producir este tipo de imagen, también es un tipo de linchamiento. Y fueron aplaudidos por una parte de la población por eso, porque atendieron a la saña, legitimaron las ganas de venganza al darles ropajes de ley. Cuando el rito de la ley se sustituye por la venganza, y esta sustitución es permitida por quien es un agente de la ley, es muy grave. Es exactamente en períodos tan delicados de la historia cuando la ley tiene que interpretarse de forma más conservadora. Y sus agentes deben tener la grandeza de dejar de lado sus vanidades personales y reprimir las pasiones que también habitan en ellos.

Sergio Moro y los fiscales, así como los policías federales, no son héroes ni vengadores. Son funcionarios. Y tienen que comportarse como tales si quieren estar a la altura de sus cargos. De ellos solo se espera que hagan bien —y discretamente— su trabajo.

Los fiscales de São Paulo fueron utilizados como cebos y sacrificados. Y cómo sangraron

¿Y qué decir de los fiscales del Ministerio Público de São Paulo, que pidieron la prisión de Lula a tres días de la manifestación del domingo? Ysin ninguna justificación razonable, además de las confusiones “filosóficas”, que se convirtieron en bromas en las redes sociales, cuando, entre otras tonterías, confundieron a Hegel con Engels. Importa poner de relieve que la portada, con foto, quedó garantizada: “La Fiscalía de São Paulo pide la prisión de Lula”. Y la portada es más fuerte que los editoriales y las piezas internas. ¿Cuál es la verdad que se fabrica allí, y que se ha repetido en cada esquina del país? Lula es culpable.

Pero, hasta ser juzgado y condenado, Lula no es culpable. O la ley no vale. Y, atención: si la ley no vale para Lula, tampoco vale para usted o para mí.

Es importante darse cuenta también de que los fiscales de São Paulo, llamados públicamente por algunos “los tres chiflados”, obtuvieron unanimidad en un momento en el que la unanimidad parecía imposible. La solicitud de detención de Lula fue condenada por todas las partes. Pero, por la razón, vale la pena dudar un poco de esa unanimidad. El daño de una solicitud de detención en las portadas ya estaba hecho, ya se había cumplido el servicio. Tal vez sea solo una cosa de “espabilados”, lo de condenar a los agentes menos importantes. No solo para dar la apariencia de imparcialidad, sino, sobre todo, para salvar la imagen de los que realmente importan, que son los agentes de la operación Lava Jato. Este puede ser uno de aquellos casos en que los que se consideraban espabilados, al aprovechar el momento nacional en busca de la gloria, se encontraron con espabilados aún más espabilados. De inmediato “los tres chiflados” se convirtieron en cebos y fueron sacrificados en las redes sociales. Y cómo sangraron.

Cuando la justicia invade el espacio de la política —y la política demanda sumarse por la creencia, en vez de por la razón—, el riesgo es grande. De lo que aquellos que demandan fe no se dan cuenta es de que el riesgo es grande para todos.

Sería bueno creer que Lula, que personificó el principal proyecto de izquierdas de la redemocratización del país, que de hecho encarnó un cambio histórico en Brasil, al ser el primer obrero que llegó a ser presidente, es apenas un perseguido. Sería todo más fácil, si así fuese. Pero solo con la fe. Por la razón no se puede.

Acosado, Lula hizo lo que mejor sabe hacer, aquello que lo ha convertido en uno de los presidentes más populares de la historia. Lula fue Lula, el Lula que habla el lenguaje del pueblo porque entiende al pueblo como pocos. Y, por un momento, la mayoría de los que un día creyeron, porque había en qué creer, fueron tentados, fuertemente tentados, a volver a creer. Porque es más fácil creer. Pero la extrañeza, la extrañeza que viene por el pensamiento, fue inmiscuyéndose. Incluso cuando se la empuja hacia abajo, insiste en salir a la superficie. Y, poco a poco, se va quedando claro: Lula estaba interpretando a Lula.

Hoy en día, Lula es simbólicamente linchado también por parte de aquellos cuya vida su Gobierno cambió radicalmente para mejor

O, mejor dicho: el Lula actual estaba interpretando al Lula de antes. Porque el Lula de antes ya no existe, ni podría, ya que las experiencias vividas cambian a cualquier persona. Y Lula, más que la mayoría, circuló por muchos mundos nuevos desde que se convirtió en presidente, e incluso antes. Así, el discurso se convirtió en una farsa. No en fraude, sino en farsa. E incluso lo que había de verdad, porque obviamente aún existe Lula en Lula, se reveló como un falseamiento al verlo a través de los lentes de la razón, del pensamiento que alcanza el conocimiento por la vía de la duda.

Es un hecho que el Gobierno de Lula incluyó a decenas de millones de brasileños y mejoró la vida de todos. Es un hecho que la miseria y el hambre disminuyeron significativamente en su Gobierno. Es un hecho que Brasil cambió —y cambió para mejor— con Lula. Y esto no es poco, pero no es lo mismo. Esto es enorme.

El “nunca antes en este país”, utilizado por él y satirizado por sus adversarios, es un hecho en varios sectores. Pero no es por eso que lo están investigando. Sino por lo que también puede haber hecho. Por lo que hay indicios de que haya hecho. Así como otros miembros del PT ya han sido juzgados, condenados y encarcelados por lo que hicieron. Esto no es persecución, esto es justicia. Buscar confundir, deliberadamente, una cosa con la otra demanda de fe. Y mala fe.

Para creer en el discurso de Lula es necesario creer como un creyente. Y no viene de hoy la exhortación de Lula a sus votantes a ese tipo de creencia. Lula, como presidente, cultivó una mística, la mística del padre. Y, así, redujo a los votantes a hijos, en vez de ciudadanos. En vez de estimular la emancipación y la autonomía, demandó obediencia. En vez de mostrar que las políticas públicas son derechos, las presentó como bondades. Hijos que adoran no permiten fracturas en la imagen del padre. La pasión, que es un tipo de fe, bajo ciertas condiciones se convierte en odio. Lula se arriesgócuando se permitió ser adorado, y gozar con eso. Así como no se controla a los que se toman la justicia por su mano, tampoco se controla a los adoradores.

Lula es linchado simbólicamente por muchos que lo veneraban, incluso por parte de aquellos que vieron sus vidas mejorar drásticamente durante su gobierno. Para estos, él era un objeto antes, sigue siendo un objeto ahora. Lo único es que antes movía pasión, y ahora odio.

Lula, que entendió a Brasil y a los brasileños como pocos, en cualquier época, se perdió un capítulo. Y no cualquier capítulo, sino uno fundamental: Lula aun no ha entendido las manifestaciones de junio de 2013.

Al lanzar a Dilma Rousseff como su sucesora, Lula ya había sido tomado por un delirio de omnipotencia, ya era él mismo un creyente de sí mismo. Y pocas cosas son más peligrosas para una persona pública que eso. Al partido solo le cabía obedecer. Lula eligió a Dilma y la reeligió, pero a qué precio. También intentó lanzarla como la “madre de los pobres” y la “madre del PAC”. Pero Dilma jamás tuvo esa vocación. Entre todas las mentiras presentadas como verdades en esta realidad en la que un Eduardo Cunha es el presidente de la Cámara de los Diputados y un Renan Calheiros es el presidente del Senado y un Michel Temer es el vicepresidente del país, talvez sea Dilma precisamente la que aporte un poco de honestidad personal al enredo. Es ella, la tan claramente torpe, la tan claramente incompetente, la tan claramente irascible, la que acaba, sin querer, revelándose en actos fallidos sin fin. Como en el más reciente, en el que negó que estuviese considerando la posibilidad de una renuncia, diciendo: “Renuncio a....”

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Cuando el escenario se desmorona y la vida se corroe en lo cotidiano, el deseo de creer aumenta.Cuanto mayor el falseamiento y más frágiles las verdades,mayor es el deseo de creer. Entre las creencias en las que tal vez una parte de la izquierda tenga la tentación de embarcar está la de que este es un momento de estar de un lado o del otro lado. Había al menos una situación que en la dictadura era más fácil, la de que o se estaba en contra o a favor de ella. Era muy fácil saber quiénes eran los enemigos, y los que no eran enemigos eran amigos. La democracia complica las cosas, al aumentar los matices. A pesar de ser mucho más difícil, es mucho mejor que las cosas se vean como de hecho son: complejas. Las nostalgias del blanco y negro pueden ser peligrosas, aún más en un cerebro con ganas de creer.

Rechazar la polarización, no estar de un lado ni del otro, no es no querer mojarse: por el contrario, es una posición

Puedo estar equivocada, equivocarse es un riesgo de quien que se atreve a pensar. Pero rechazo —y la rechazo por el pensamiento— la polarización. Hay muchos, entre quienes me incluyo, que no están ni aquí ni allí. Y, al contrario de lo que dicen unos y otros, no es que no nos mojemos. Hay una posición y hay un posicionamiento fuerte más allá de la polarización. Ya he afirmado, más de una vez en este espacio, que, en mi opinión, la alegada polarización es una falsificación más entre tantas en este momento turbulento del país. El problema de Lula y del PT es mucho más quienes no están en las calles en contra de ellos, pero tampoco estarían para defenderlos. Este rechazar un lado y el otro es activo, es posición.

Repudio lo que Sergio Moro y sus pares le hicieron a Lula no porque él sea un expresidente, sino porque siempre he denunciado el abuso por parte de policías y otros agentes de la ley como práctica de su trabajo con las poblaciones más pobres y desamparadas de los suburbios, el campo y la selva. E incluyo en esta denuncia todas las detenciones ilegales realizadas durante las protestas de 2013 por la tarifa cero, en las de 2014 contra las remociones promovidas en nombre de la Copa del Mundo y en 2015 en contra de la “reorganización escolar” hecha por Geraldo Alckmin. Reconozco lo que los gobiernos Lula-Dilma hicieron en la lucha contra la miseria y en la movilidad social de millones. Así como reconozco su protagonismo en el tema de las cuotas raciales y en la ampliación del acceso a la universidad, entre otras cuestiones de fundamental relevancia.

Pero repudio la violación escandalosa de los derechos en grandes obras en la Amazonia, como Belo Monte. Si se comprueba la trama de corrupción revelada en las delaciones de la operación Lava Jato, es apenas una de las puntas. La violencia promovida por Norte Energia y por el Gobierno Federal, dos esferas que continuamente se mezclaban, está bien documentada desde hace años. Así como repudio que no se respeten los derechos indígenas y que la reforma agraria haya desaparecido de la agenda.

Lamento la falta de inversión en saneamiento básico, una de las principales razones de la propagación del Aedes aegypti y su colección de enfermedades. Así como la inversión insuficiente en educación, el principal instrumento de emancipación de un pueblo, mucho más allá de acceso a los bienes de consumo. También lamento una visión mediocre de la ciudad y de la ciudadanía. Y abomino la ceguera socioambiental de este Gobierno, más criminal aun porque vivimos en tiempos de cambio climático.

Cuando Lula y el PT se quejaron de los abusos de Sergio Moro, de los fiscales y de la Policía Federal, tenían razón en algunos casos, como el de la “conducción coercitiva”. Pero la razón que tienen no hace desaparecer el hecho de que este Gobierno ha puesto a la Fuerza Nacional al servicio de Norte Energia —y de las constructoras— en la ocupación de las obras de Belo Monte por parte de indígenas, ribereños y movimientos sociales de Altamira, en la región del río Xingú, así como en la represión a los mundurukus, que protestaban contra la construcción de hidroeléctricas en el río Tapajós. Ni hace desaparecer cuán cómplice fue este Gobierno con la represión y la detención de manifestantes en la Copa del Mundo de 2014. Mucho menos hace desaparecer la abominación de la ley antiterrorista, una iniciativa de este Gobierno, que está sobre la mesa de Dilma Rousseff para su sanción.

Señalo las contradicciones de los Gobiernos Lula-Dilma desde mucho antes de que The Economist publicase una portada del Cristo Redentor despegando como un cohete (y después otra en la que el mismo Cristo se caía tras un vuelo corto). O de que Newsweek le llamase a la presidenta “Dilma Dinamita” y avisase: “No te metas con Dilma”. Ya criticaba a Dilma Rousseff cuando los sectores que hoy la linchan la exaltaban. Estoy de acuerdo con el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro cuando dice que “Dilma es un fósil”. Mi valoración es que su cabeza está anclada en el siglo XX y no consigue comprender ninguno de los grandes debates que vinieron después. Considero a Dilma Rousseff un desastre, por su miopía sobre los grandes temas de Brasil y del mundo.

Aun así, mientras no haya pruebas de que la presidenta haya cometido ilegalidades, no me parece posible apoyar su destitución. Respeto el voto de la mayoría, incluso no estando de acuerdo con él. Ser un ciudadano es ser adulto, y ser adulto es responsabilizarse del propio voto y luchar por el respeto al voto del otro. Si las pruebas aparecen, y sólo entonces, este proceso puede adquirir legitimidad y, entonces, apoyo.

En este momento histórico, la esperanza es un lujo: es necesaria la construcción de un nuevo proyecto por imperativo ético

Jamás estaría al lado de los que promovieron las manifestaciones del 13 de marzo. Conozco a esos protagonistas de otras décadas. El traje de novedad no cubre el moho de quien siempre ha estado en el mismo lugar. Lo que representan nunca salió del poder en Brasil. Y, cuando se les escucha con atención, es posible oír el sonido de fondo: lo único que quieren es mantener sus privilegios intactos. No será con mi fe.

Algunos sectores del PT han traicionado un proyecto que no les pertenecía apenas a ellos, sino al menos a dos generaciones de izquierdas. Es necesario construir otro, por otros caminos, que pasen por todo lo que se aprendió con 2013. En este momento histórico, lo que sabemos hacer ya no es suficiente. Es necesario encontrar otra forma de hacer. Todo lo que importa está paralizado por esta falsa polarización. Es necesario moverse y hacer lo que importa. En lo cotidiano, día tras día. Esta no puede convertirse en una democracia de fachada. Como ya he escrito, no porque tengamos esperanza. En este momento histórico, la esperanza es un lujo, un superfluo. Es necesario hacer por imperativo ético.

Ante la necesidad de construir un nuevo proyecto para el país, me parece necesario resistir al deseo de creer. Prefiero ser atea también en la política.

Eliane Brum es escritora, periodista y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - o avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas.

Sitio web: desacontecimentos.comEmail:elianebrum.coluna@gmail.comTwitter:brumelianebrum

Traducción de Óscar Curros