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Santos y terroristas

La religión a veces es un pretexto entre los yihadistas y una excusa en el pulso geopolítico

Un niño refugiado enseña el martes una pancarta con el mensaje "Lo siento por Bruselas" cerca de frontera greco-macedonia. REUTERS

Cada vez que se reclama a la comunidad musulmana una condena más explícita del terrorismo —ha vuelto a ocurrir— se incurre en el error que supone delimitar una pura abstracción. Porque no existe una comunidad musulmana concreta. Y porque el islam, como otras religiones monoteístas, incita una relación individual con la cuestión metafísica. Semejante conclusión no contradice que haya espacios, ritos y liturgias en comunidad, pero sí previene de la simplificación con que juzgamos a los musulmanes en una suerte de rebaño unívoco, sincronizado, naturalmente obviando que el terrorismo de la yihad les golpea a ellos sistemáticamente y renunciando a los matices de un debate extraordinariamente complejo. Tan complejo que la religión es tantas veces un pretexto entre los propios terroristas, como es una excusa en el pulso geopolítico entre suníes y chiíes cada vez que se menciona en vano la pureza de Alá.

Por eso Donald Trump quiere resolver el terrorismo con medidas elementales y alucinantes. La primera consistía en echar a los musulmanes de EE UU, como si todos llevaran barba o fueran embozados. La segunda radicó en ejecutar a los parientes de los terroristas, de tal forma que Trump extirpaba uno a uno los brotes del mal. Trump, incapacitado como está de ordenar un silogismo, acabaría con la mafia echando a los italianos y hubiera acabado con el terrorismo etarra echando a los vascos.

No tendría gravedad el planteamiento si no fuera porque el magnate mesiánico aspira a la Casa Blanca. Tanto aspira, que va a convertirse en el rival de Clinton y que su pujanza política, arraigada en el populismo, el antiestablishment, la iconoclasia y el onanismo intelectual, no se explicaría sin la coartada del miedo y de la psicosis. Y sin las soluciones radicales que él mismo ofrece para acabar con el terrorismo islámico, ninguna de ellas, curiosamente, orientada a la ruptura de relaciones con Arabia Saudí.

He ahí una realidad, no una abstracción. He ahí un país, un régimen, un Estado, que financia, promueve y generaliza el terrorismo yihadista desde la divulgación del wahabismo, pero ocurre que los países occidentales, tan consternados por el efecto multiplicatorio de los atentados, persisten en arrodillarse a la satrapía saudí. Y perseveran en cultivar a la serpiente, sabiendo que vomita sangre y petróleo.

Resulta embarazoso, discriminatorio, mencionar que entre las víctimas de Bruselas y entre las de París había musulmanes, pero conviene hacerlo porque la suspicacia hacia el vecino que reza a Alá se ha convertido en el veneno que suministran los nuevos redentores de la raza aria —Trump, Le Pen, Orban...— para dividir la sociedad entre santos y terroristas.

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