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Schaerbeek, viaje al último refugio de los terroristas del aeropuerto

El barrio, con un 38% de población musulmana, trata de huir del estigma del yihadismo

Jhon Jairo Valderrama, el colombiano vecino de los terroristas. Imagen: Bernardo Pérez. El País Vídeo

Es el barrio donde se alojaban los terroristas que atentaron en el aeropuerto de Bruselas y causaron más de una decena de muertos. También la zona en que encontraron huellas del ya detenido Salah Abdeslam en un piso utilizado para preparar los atentados de París. Pero pese a los síntomas, Schaerbeek, con más de 120.000 habitantes y una importante comunidad musulmana —más del 38% de la población—, se dice sano. Afirma estar libre de un virus, el del radicalismo, que ha tenido su principal incubadora en los últimos tiempos en el distrito de Molenbeek, de donde han salido algunos de los autores de la masacre de la capital francesa.

Cinco kilómetros separan el céntrico Molenbeek de Schaerbeek, situado al noreste de Bruselas. El taxista que trasladó a los terroristas al aeropuerto fue clave para que la policía llegara hasta el piso donde vivían. Allí encontraron un arsenal formado por explosivos, acetona, detonadores y clavos.

Schaerbeek no es Molenbeek, repiten los vecinos de la zona con la misma insistencia con que algunos países negaban ser Grecia en lo peor de la Gran Recesión. "Las diferencias con Molenbeek saltan a la vista. Este es un barrio limpio, la gente se conoce bien y la mayoría son propietarios. Hay armonía entre religiones", defiende Hassan Abied, educador social de 44 años criado en el barrio.

La operación antiterrorista la vivió muy de cerca Jhon Jairo Valderrama, colombiano de 44 años, que sin saberlo pasó las seis semanas que lleva en el edificio de la calle Max Roos en la misma planta que los autores de la masacre del aeropuerto de Bruselas, con los que no llegó a cruzarse. "No vi nada raro pero mis hijas ya no quieren volver a la casa. Ahora están en casa de mi cuñada pero estamos pensando mudarnos", afirma. Valderrama vivió la operación policial del martes pasadas las dos de la tarde: "Les abrí la puerta y nos encañonaron. Iban todos armados. Nosotros estábamos en chancletas y nos evacuaron hasta la Cruz Roja", recuerda.

Valderrama, licenciado en teología nacido en el pequeño municipio de Lérida, a 200 kilómetros de Bogotá, ha vivido casi dos años en Bélgica, donde ahora busca empleo. Regresó en la mañana del miércoles al edificio en que vivía puerta con puerta con los terroristas tras dormir en casa de una conocida. La mayoría de los apartamentos de su edificio están vacíos. Él ocupa la quinta planta junto a sus dos hijas, de 14 y 18 años, y su esposa, colombiana con nacionalidad española.

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Hassan Abied (de azul), educador social en el barrio, junto a la mezquita.

A apenas 200 metros de la casa que ocupaban los terroristas, un grupo de musulmanes salía de rezar en una mezquita. Hassan Abied la conoce bien porque la frecuenta desde la adolescencia. "Nunca he oído allí mensajes de violencia. Los jóvenes que se radicalizan no lo hacen en la mezquita, lo hacen en pequeños grupos", asegura el educador social. Su perfil es claro: "La mayoría de implicados en atentados han pasado por prisión, la delincuencia y el tráfico de drogas", añade. Salah Abdeslam, con antecedentes por delitos menores o consumo de estupefacientes, es el caso más conocido de esa transformación.

Reclutadores para el yihadismo

El educador social Abied, va más allá, y afirma que los radicales no solo no se forman en la mezquita, sino que no ven con buenos ojos la actividad de sus responsables. "Los ven como traidores porque piden que la gente vote en las elecciones y abogan por la convivencia".

Reclutadores que buscan radicalizar a habitantes del barrio también han rondado la zona, tal y como reconoce Hassan Abied. "Hay personas que vienen sobre el terreno. Buscan aislarlos, marginarlos. Inculcarles un discurso de odio en el que la única forma de encontrar su dignidad es empuñar armas de combate", señala. Ante eso, Abied presenta un discurso alternativo en su trabajo de prevención con grupos de jóvenes y colegios: "Hablamos sobre la concepción de la vida, del ser humano. Deconstruimos una interpretación radical del islam para decirles que si todo va mal no significa que la sociedad vaya contra ti", explica.

También en otras cosas Schaerbeek se parece en parte a Molenbeek: "Hay tráfico de drogas, pero como en toda Bruselas", dice Younes, vecino de 17 años. Musulmán y belga de segunda generación, es hijo de marroquíes. Su progenitor iba a subirse al metro camino al trabajo cuando lo cerraron por los atentados. La rabia asoma a sus ojos cuando se refiere a los terroristas: "Son perros, no son humanos", repite con odio Younes, aficionado al thai boxing.

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