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MIRIAM LEWIN | SUPERVIVIENTE DE LA ESMA

“Éramos sospechosos por haber sobrevivido”

La periodista fue víctima de violencia sexual durante el año que estuvo detenida en la ESMA

Miriam Lewin en "la capucha", donde vivió un año de horror.

Un calor húmedo y asfixiante que da tregua sólo al recostarse en el suelo de cemento alisado. Como si la única forma de sobrevivir sea abatido, o de rodillas. El altillo del viejo casino de suboficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) es un sitio lúgubre y cualquiera puede dar cuenta de ello apenas ingresa. Se lo conoce como “La Capucha” y en épocas de horror fue conocido por unos 5.000 detenidos. Una de ellos fue la periodista Miriam Lewin, autora del libro “Putas y Guerrilleras”.

Pregunta. ¿Hay algún recuerdo en particular que venga a su cabeza?

Respuesta. Todos. Pero aquí está muy presente el recuerdo de la noche en que recapturaron a un secuestrado que se había escapado, a Horacio Maggio, y a todos los que lo habían conocido los llevaron a desfilar delante de la caja de la camioneta donde estaba su cadáver acribillado en el playón de estacionamiento. A mí no me llevaron porque no lo había conocido. Y después los días en que se llevaban para los vuelos de la muerte.

P. Vivió un año acá ¿Cómo era la rutina?

La Capuchita, un sitio de castigo para los detenidos. El lugar puede visitarse de miércoles a domingo de 12 a 17 horas.

R. El día variaba. En una época me habían destinado a hacer una síntesis de prensa para el Almirante Massera que quería ser presidente, quería ser el heredero de Perón, se consideraba con el carisma suficiente como para seducir a los votantes peronistas y entonces me levantaba muy temprano y hacía recortes de diarios en el otro extremo de este piso que era la pecera que era donde teníamos nuestras oficinas. Vos no sabías bien qué tenías que decir cuando llegabas para ser considerado. Hay que calcular que por acá pasaron 5.000 personas y sobrevivimos alrededor de 250, o sea que las probabilidades que tenías de ser seleccionado para formar parte de esta fuerza de trabajo esclava, al servicio del plan político del Almirante Emilio Eduardo Massera eran mínimas.

P. ¿Dormían acá mismo? ¿Dormían en colchonetas? ¿Sin colchonetas?

R. Había tres posiciones. Una, colchonetas con tabique y antifaz en el piso; después había algunas camas metálicas como las de hospital en las que dormíamos algunos de los que habíamos sido destinados al trabajo esclavo; y, por último, una tercera situación que era la de los camarotes que eran estos cubículos que estaban cerrados con mamparas, algunas de enrejado metálico o con madera pintada…

P. En su libro dice “nos miraban mal los propios compañeros solo por sobrevivir” ¿Qué tuvo que vivir de ese lado?

R. Nosotros siempre decimos que cuando salimos éramos sospechosos. Sospechosos por haber sobrevivido. Nosotros podemos decir que cuando nos llevaban durante la dictadura los vecinos, e incluso algunos familiares, decían “si se los llevaron por algo será” y cuando volvimos vivos nos miraban y nos decían “si sobrevivieron por algo será”. Si éramos mujeres, además de haber delatado a nuestros compañeros, se sospechaba que habíamos tenido sexo con los represores y como éramos jóvenes y bonitas esto era absolutamente dado por garantizado, ni se discutía. Una mujer joven que había sobrevivido era a cambio de haberse “prostituido”. Lo que hay que pensar, entonces, es si ellos pensaban que nosotras habíamos consentido a esta situación, si los del afuera, los compañeros, los organismos de derechos humanos habían pensado que nosotros habíamos consentido. ¿Qué es el consentimiento? Como bien dice el fiscal Pablo Parenti cuando se habla de campo de concentración no se puede hablar de consentimiento. Y la Argentina era una sociedad concentracionaria porque la mujer que salía de un campo de concentración no podía ir a denunciar violencia sexual a la comisaría de la mujer más próxima cual oficina de violencia de la Corte Suprema como existe ahora.

P. ¿Cree que esa herencia machista la recibimos de la dictadura?

R. Yo creo que precede a la dictadura. Creo que es una herencia machista cultural profundamente arraigada que hace que las propias mujeres sean las que más estigmatizan a las chicas que son violadas. Y es lo mismo que nos pasó a nosotras.

P. ¿Eran frecuentes acá las violaciones, los abusos?

La periodista asume que prefiere no visitar la ESMA.

R. Sí, eran frecuentes. Había particularmente algunas compañeras que eran objeto constantemente de este tipo de abusos. Y aquí era todavía más difícil aceptarlo porque no existía, como existían en otros lugares, como en La Perla o en el Vesubio o en la base aérea de Mar del Plata, La Cueva de Mar del Plata donde había un violador específicamente, Gregorio Molina, cuyo fallo fue uno de los primeros, este hombre violaba sistemáticamente a todas las mujeres de la manera más brutal y se jactaba de esto. Acá en la Esma era todo incluso más perverso porque estaba revestido de una pátina de caballerosidad. Ellos eran caballeros navales. Entonces “te invitaban a salir”, te llevaban al mundo exterior, a un restaurante y después te llevaban a un departamento que tenían determinado para estos escarceos sexuales. Ahora yo me pregunto, ¿Qué hubiera pasado si en un campo de concentración las guardianas del campo hubieran sido mujeres y los hombres hubieran hecho uso de su atractivo sexual para mejorar sus condiciones de vida o incluso garantizarse la sobrevida? ¿Qué les hubieran dicho a la salida? Héroes, pero qué pillos. Los hubieran vitoreado en el bar de la esquina, los hubieran recibido con aplausos en el barrio. En cambio como nosotras somos mujeres, si alguna mujer lo hubiera hecho conscientemente, deliberadamente el seducir a un guardián o a un oficial para obtener una sobrevida o una comunicación con su familia o garantías de seguridad y de sobrevida para sus hijos pequeños, entonces es una puta.

P. ¿Qué recuerda de esas salidas?

R. En realidad yo creo que ellos lo hacían para examinar lo que ellos llamaban “nuestro proceso de recuperación” que incluía que nos vistiéramos bien, que nosotras nos maquilláramos, que usáramos aros o pulseras, que nos peináramos bien para que abandonáramos ese estereotipo que ellos tenían de la militante con camisa verde oliva y un jean y borceguíes. Ellos querían que nosotras supuestamente volviéramos a ese modelo de la mujer madre y esposa occidental y cristiana. También nos ponían a prueba, por ejemplo (el capitán de navío Raúl Enrique) Scheller a mí una vez me dijo “estoy cansada de llevarla” y me dio una 9 milímetros para que yo la guardara en la cartera. Y yo estaba en la playa de estacionamiento de un restaurante ahí en la costanera y yo me imaginaba que seguramente estaba descargada y que si yo intentaba escaparme él iba a sacar otra y me iba a fusilar ahí mismo.

P. ¿Lo comprobó?

R. No.

P. ¿Lo hubiese asesinado en caso de comprobarlo?

R. No sé. No sé.

P. Habla de un halo ominoso en la primera parte del libro ¿En qué se convirtió, Miriam?

R. En lo que pude. Yo creo que cada uno superó o no superó el paso por el campo como pudo. Yo siento una enorme responsabilidad histórica que es testimoniar hasta donde me dé la vida. Y tengo una enorme contradicción porque hablando de prisión yo soy abolicionista pero no se me ocurre no siendo la pena de muerte qué otro destino le puedo desear a esta gente. Ellos tuvieron todos los derechos, ellos tuvieron abogados, ellos reclaman ahora prisión domiciliaria. Mientras que a mujeres ancianas, y yo creo que el caso extremo es el de las monjas francesas (Léonie Duquet y Alice Domon), las arrojaron de aviones adormecidas al océano. No les dieron absolutamente ninguna posibilidad y su único delito había sido apoyar a familiares de desaparecidos. Mataron niños de trece, catorce años. Se valieron de su poder para dirimir cuestiones familiares, algunos enviaron a la muerte a sus ex mujeres para conseguir que firmaras el traspaso de la propiedad. Cuestiones infames. No tienen perdón de Dios.