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ARCHIPIÉLAGO

Podéis ir en paz (Teatro Colón, Bogotá)

Basta con recordar que el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá viene pasando en plena Semana Santa desde marzo de 1988

Por estos lados Semana Santa daba miedo. Y fue así de grave por los siglos de los siglos, amén, como si Bogotá se resistiera a dejar de ser un pueblo sitiado por los campanarios. Sólo a mediados de los ochenta, cuando en la ciudad llegó a haber 4.236.490 resignados, comenzaron a quedarse atrás los ceños fruncidos, los fríos en las vértebras, la ropa gris comprada para la ocasión, las visitas solemnes a los monumentos, la penitencia, el ayuno, y el silencio nervioso, de lluvioso Viernes Santo, unos segundos antes de la pasión según san Juan. Si se quiere una prueba de que la sociedad colombiana ha ido cambiando, y un día empezó, por ejemplo, a valorar otras puestas en escena aparte del viacrucis, basta con recordar que el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá viene pasando en plena Semana Santa desde marzo de 1988.

Pienso esto después de ver, en el reparado Teatro Colón, una perturbadora obra colombiana que nos desea la visita de nuestros fantasmas de la guerra: Labio de liebre. A un psicopático señor feudal de estos tiempos –un arquetípico paramilitar en nombre de Dios y de la patria– se le aparecen en su refugio europeo, luego de la inevitable “justicia transicional” de los procesos de paz, los espectros de los siervos enruanados que no sólo sometió en vida, sino que mandó a ajusticiar como si sólo fueran las reglas del juego. Y entonces uno sospecha que Colombia tiene que liberar sus espantos. Y que el admirable ensamble del Teatro Petra, que también cumple treinta años de reseñar las perversas costumbres colombianas, ha hecho una importante contribución a la más triste fantasía del país: la fantasía de que esos terratenientes por fin reconozcan su barbarie, y la Iglesia que de tanto en tanto ha bendecido la violencia colombiana –qué tal el cura que llevaba un revólver en su Biblia– sea apenas un refugio.

Sale uno de Labio de liebre con el cuerpo ocupado por la frase que persiguen todos los dramas: “podéis ir en paz”. Pero como además se sale del Teatro Colón, el escenario neoclásico y oficial que se inauguró sobre las ruinas de un coliseo popular y una sala contestataria para traer “el gran arte” a Bogotá –y que desde 1892 fue el símbolo de la llamada “Regeneración” conservadora que le devolvió las riendas del país al catolicismo más sombrío, y dejó en marcha un país de jerarquías y segregaciones–, cruza uno el lobby anhelando que la Historia de Colombia sí esté, como parece, dando un vuelco: cuentan que, cuando vio los bocetos del telón de boca florentino, el presidente regenerador Rafael Núñez fue enfático en que había que pintar personajes de la ópera encima de los indios y de los campesinos.

Semana Santa ha estado cambiando por estos lados: esta vez también hubo menos miedos heredados, el sol fue el sol del infierno y el teatro siguió recordándonos que el viacrucis –el calvario que soportan nuestros ciclistas en las montañas, el suplicio que enfrentan las madres solteras desde niñas, el martirio que siguen encarando los líderes por ser “de izquierda”– no tiene por qué ser la única fábula ejemplar que se comparte en esta parte del mundo. Colombia sigue siendo Colombia, sí, el viernes millones de personas se agolparon en las aceras para ver pasar a Cristo hacia la cruz, pero quizás hoy sea menos grave. “Quizás” es la palabra, claro, porque esta Semana Santa iba a firmarse el fin del conflicto con las Farc. Y no se pudo porque no es fácil deshacerse de los ritos de la guerra.

Las Farc aún no señalan en el calendario de los otros la fecha exacta en la que por fin dejarán las armas: quizás la noticia de que nuevas bandas paramilitares están matando líderes sociales –en nombre de Dios y de la patria– les recuerda al país de siempre.