Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

La leyenda nazi que fichó el Mosad

Otto Skorzeny fue esencial en la purga de científicos alemanes que desarrollaban el programa militar egipcio

Skorzeny saluda a Hitler en 1943, tras la operación en la que liberó a Mussolini. ULLSTEIN BILD / GETTY

¿Quién rescató a Benito Mussolini, retenido en el hotel Campo Imperatore, lugar recóndito de los Apeninos, e impidió que fuera entregado a los aliados? El ejecutor de aquella hazaña —en la que miembros de una unidad de élite de las Waffen SS lograron llevar sano y salvo al Duce a Viena, sin disparar un solo tiro— no fue otro que Otto Skorzeny, comandante nazi que formó parte de la guardia personal de Hitler y que fue el último en subir al aparato en el que trasladaron al dictador italiano.

A lo largo de la carrera militar de Skorzeny figuran varias condecoraciones por sus éxitos e incluso recibió de manos del Führer la Cruz de Hierro y el ascenso a coronel. Conocido durante la Segunda Guerra Mundial entre los aliados como “el hombre más peligroso de Europa”, su gran envergadura —medía 1,93 metros y pesaba más de cien kilos— y la cicatriz que le cruzaba la parte izquierda de la cara no le impidieron pasar inadvertido y culminar con éxito muchas de las misiones que le encomendaron.

Pero, quizás, su mayor éxito es también uno de los secretos mejor guardados del Mosad, la agencia de inteligencia exterior de Israel, que al parecer lo fichó en los años sesenta para acabar con los que un día fueron sus compañeros en las filas del nazismo. Se entregó a los estadounidenses 10 días después de que Hitler se suicidase y, aunque salió airoso de los juicios de Dachau, cuando los aliados estaban preparando todo para sentarlo de nuevo en el banquillo, en el proceso de Núremberg, logró huir a España.

Skorzeny, como tantos nazis, encontró su refugio en el régimen de Franco y se instaló en Madrid, desde donde formaba parte de la dirección de Odessa, la organización que ayudaba a escapar a los nazis de los aliados pero, sobre todo, de los israelíes y del cazanazis Simon Wiesenthal, enfrascados en una campaña mundial de busca, captura y en algunos casos aniquilación de los responsables del Holocausto judío.

Fue en Madrid donde al parecer agentes del Mosad contactaron con el coronel nazi y donde lo ficharon, inicialmente para acabar con los científicos alemanes huidos que trabajaban en el desarrollo del programa militar egipcio. Su perfil y sus contactos en Argentina, otro país refugio de nazis, donde fue guardaespaldas de Eva Perón, y en Egipto, donde a finales de los años cincuenta trabajó como asesor para el presidente Nasser, le hacían el hombre ideal para Isser Harel, en aquella época jefe del Mosad. El responsable de esta agencia vio en Skorzeny una oportunidad de oro para dar con los asesinos de más de seis millones de judíos en los campos de exterminio nazi.

Según la investigación del corresponsal de la CBS en Washington, Dan Ravid, y del periodista israelí Yossi Melman, de Haaretz —coautores de varios libros sobre el espionaje israelí y las agencias de inteligencia—, fue el héroe nazi quien en 1962 asesinó en Múnich a Heinz Krug, uno de los científicos alemanes que desarrollaba cohetes y misiles para el Gobierno de El Cairo, que Israel temía que los egipcios utilizasen contra ellos. Skorzeny también viajó a El Cairo y recopiló todos los detalles sobre los científicos alemanes. Sus direcciones e información personal fueron utilizadas, entre otras cosas, para enviarles paquetes bomba y eliminarlos.

Skorzeny escribió una biografía que ayudó a alimentar su mito, pero cuando murió en Madrid, en 1975, se llevó a la tumba otra de las incógnitas aún por resolver: si llegó a participar o no, en 1960, en la operación en la que el criminal nazi Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del genocidio judío, fue secuestrado en una localidad cercana a Buenos Aires y trasladado a Jerusalén, donde se le juzgó y condenó a muerte.