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Misoginia en el olimpo universitario

Harvard quiere erradicar los clubes de alumnos masculinos en su lucha contra el sexismo y las agresiones sexuales

Antiguos graduados de Harvard vestidos de gala el pasado 26 de mayo, día de las graduaciones. Mitch Dong, en primer término, miembro del Club Fly.

Tres generaciones de Roosevelt han sido miembros del Fly Club. Dicen que Franklin Delano se llevó un golpe de realidad cuando el Porcellian, el más antiguo y discreto de Harvard, le rechazó. Al fin y al cabo, su pariente y también presidente, Theodore Roosevelt, había sido un porcellian, y porcellian había sido el primogénito de este. Pero en el Fly, del que Theodore también formó parte, F. D. R. fue feliz y allí recalaron tres de sus hijos.

Viejas fotos de jóvenes patricios cuelgan de todas las paredes de la casa, un elegante edificio en Cambridge (Massachusetts). Richard Porteus, graduado en el 75 y actual presidente, explica las cuatro fases que cualquier aspirante debe superar antes de convertirse en uno de ellos. En las distintas estancias parece que el tiempo se detuvo hace un siglo y no se pueden fotografiar, pero Porteus las enseña cortésmente. “La biblioteca conserva un aspecto muy similar al del 1904, cuando el joven Franklin era el responsable de construir la colección”, explica entre librerías imponentes, repletas de ejemplares antiguos.

Otro de los elementos que han sobrevivido a la invención del teléfono móvil es que, después de 180 años de historia, el Fly sigue sin admitir mujeres. Los llamados clubs finales son asociaciones de alumnos distintas de las hermandades porque son más exclusivas, más discretas y están ligadas solo a campus concretos. Ahora, la docena que sigue discriminando por sexo están en la picota. Harvard les ha declarado la guerra dentro de su lucha contra el sexismo y contra algo siniestro: la epidemia de agresiones sexuales en la élite universitaria estadounidense.

Epidemia de agresiones

Hay un relato sórdido en el subsuelo de la universidad más antigua de América, una fábrica de jefes de Estado, premios Nobel y presidentes de multinacionales. Una tercera parte de las mujeres de Harvard afirmó en una encuesta haber sufrido algún grado de agresión sexual desde que ingresó en ella y una de cada 10 haber sido violada. Los datos fueron publicados en septiembre dentro de una encuesta más amplia elaborada por la Asociación Americana de Universidades en septiembre que mostró las cloacas del sistema.

En aquella encuesta, voluntaria y elaborada entre abril y mayo de 2015, participó la crema de la educación estadounidense, más de 150.000 universitarios (no graduados, postgraduados y profesionales) de 27 universidades como Columbia, Harvard, Brown o Yale. Lo que reveló es que la incidencia de abusos sexuales mediante fuerza, amenazas o incapacitación (mediante drogas o alcohol) entre las mujeres no graduadas alcanzó el 23%. Y el 10% afirmó haber sido violada. Y tan solo un 28% de los sucesos “incluso de los más graves” había sido denunciando ante alguna autoridad.

Un grupo de trabajo independiente para la prevención de agresiones sexuales en Harvard, creado tras la encuesta, denunció actitudes “profundamente misóginas” en estos clubes que crean un ambiente nocivo para las mujeres. El 47% de las encuestadas que acudían a fiestas o eventos (en los clubes masculinos como invitadas o en los femeninos) afirman haber sufrido algún tipo de abuso, muchas veces con alcohol de por medio, un porcentaje muy superior a la media. “La estructura de estos clubes —hombres en posiciones de poder que involucra a las mujeres en términos de desigualdad y a veces muy sexuales— explica bien el trabajo que tenemos por delante”, concluyó su informe.  Aunque no considera estos clubes ni el único ni el mayor motivo de las agresiones, pidió a la Universidad, dentro de un amplio paquete de medidas, que actúe contra ellos.

Harvard ya rompió lazos con los que se negaron a convertirse en unisex en 1984, pero la Administración ha advertido ahora a las asociaciones –tanto masculinas como femeninas- de que penalizará los futuros miembros de cualquier entidad que discrimine por sexo vetándoles recomendaciones, cargos en otras organizaciones estudiantiles o equipos atléticos. Aunque no tengan ya ningún reconocimiento por parte de Harvard, los clubes “juegan un papel inequívoco y creciente en la vida estudiantil, en muchos casos promulgando formas de privilegio y exclusión que están en las antípodas de nuestros valores más profundos”, dijo la presidenta de Harvard, Drew G. Faust.

Protesta contra ello Mitchell Dong, orgulloso miembro del Fly, cuyo emblema luce en la pajarita. Es el día de las graduaciones, al final del mes de mayo, y Mitchell se encuentra en el campus junto con jóvenes con chaqué y chistera. “La escuela debe luchar contra las agresiones sexuales, pero no puede prohibir a la gente asociarse en función del criterio que crean conveniente, ¡es uno de los fundamentos de la América libre!”, dice.

“Aquí no hay ningún desprecio a las mujeres, nos relacionamos con ellas en el resto de ámbitos de la vida y hacemos actos con clubes femeninos, pero en este club los miembros han sido hombres tradicionalmente y también valoramos esa parte diferente de nuestra vida”, defiende Porteus. ¿Por qué no entonces un club solo para hombres blancos? “Eso no es justo”, se queja, “no se puede comprar la selección por sexo con la discriminación racial porque la raza es una construcción social y el género es una condición biológica, aunque pueda cambiar”.

Otros argumentos han generado estupor. “Obligar a las organización de un solo género aceptar a miembros del sexo opuesto podría aumentar, en lugar de reducir, las posibilidades de agresiones sexuales”, dijo el presidente del más secretista de los clubes, el Porcellian, Charles M. Storey, a The Crimson, el periódico de la universidad. Luego se disculpó. Allí las mujeres no pueden ir ni de visita.

De las fiestas y ritos de iniciación de los clubes y hermandades existe una buena colección de leyendas. The Boston Globe publicó en noviembre que The Fox se había planteado aceptar mujeres por primera vez en su historia, pero la fiesta con las primeras candidatas se fue tanto de las manos -con desnudos y disfraces de tiburón de por medio- que decidieron cerrar el club durante varios meses.

Algunas entidades femeninas también protestan

Y Harvard se ha topado también con la resistencia de las entidades femeninas. “La violencia sexual es un enorme problema pero esta no es la manera de solucionarlo”, opina Lauren White, de 26 años, que formaba parte de una hermandad pero prefiere no decir cuál. “Se ha llamado a estos clubes bastiones de la riqueza y del privilegio, pero la Universidad de Harvard solo acepta al 5% de los que lo solicitan, tiene un proceso de admisiones inherentemente selectivo”, añade.

Aunque la memebresía suele ser secreta (y vitalicia), los hermanos Kennedy, JFK y Bob, eran miembros supuestamente de otro club solo para hombres, el Fee, mientras que Ted formó parte del Owl.

“Los clubes de un solo género perpetúan unas actitudes de exclusión en el campus que es perjudicial e innecesaria. No creo que esos espacios necesiten ser excluyentes”, discrepa Brianna Suslovick, recién graduada en Harvard en antropología y estudios de género.

Ahora, algunas entidades se están planteando si abren las puertas a las mujeres. “Hay clubes de mujeres y de hombres, ¿qué problema hay con ello? Siempre fue así”, apunta un socio del Oak. Porque en ese santuario del conocimiento llamado Harvard, paradójicamente, en algunos ambientes los por qué se responden con un desde cuándo. Harvard no lo tiene fácil, ya lo dice el lema: “una vez eres porcellian, serás siempre un porcellian”.

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